En la actualidad, el OCP es el encargado de gestionar los recursos de la ciudad en función de la información contenida en las peticiones de interrupción invocadas, a través de los organismos pertinentes, por las máquinas que circulan por el radio urbano.Cada uno del resto de los organismos se trata como periférico del Organismo Central de Proceso. Cada organismo es un procesador que organiza a las máquinas que de él dependen. El organismo de limpieza satisface las necesidades de los «animalitos» que están a su cargo; los de transporte dirigen la circulación de la ciudad, en comunicación con otros OCP, gestionados por el ACP, así como los viajes a otros rincones del multimundo realizados por máquinas o humanos. El de seguridad es la mano derecha del OCP, pues, además de vigilar que todo funcione correctamente, está encargado de transmitirle los problemas que puedan surgir a cada aparato y desinfecta la ciudad de objetos físicos o lógicos maliciosos. Tiene mucho poder; si en algún momento requiere la colaboración de algún otro autómata, este se pondrá a su disposición.
Si hoy, y quizá durante varios días, no podemos salir de casa, es porque una fuerte tormenta sacude la ciudad. No una tormenta como aquella de la que yo disfrutaba, sino una peligrosa tempestad artificial. A pesar de todo lo que ha ocurrido, algunas personas continúan deleitándose incrementando su poder respecto a las demás. En lugar de utilizar sus capacidades para mejorar lo establecido, las usan para optimizar, indirectamente, la seguridad del sistema reduciendo de algún modo nuestras libertades.
Dentro de poco tiempo, alguien resolverá el bug que permitió a las pequeñas aplicaciones voladoras penetrar en nuestro radio urbano. El resto de las aplicaciones deberán recuperarse con algo de tiempo y habituarse a un nuevo orden. Por suerte, las viviendas poseen antivirus invulnerables a este ataque; de no haber sido así, nadie ni nada habría sobrevivido. No obstante, son pocos los ataques de este tipo y normalmente estamos suficientemente preparados. Las personas son tratadas como periféricos especiales; a pesar de ser los habitantes menos multitudinarios de la ciudad, todo debe organizarse para satisfacer su comodidad.
Cada persona es poseedora, en cuanto que tiene capacidad creativa para independizarse, de una habitación de treinta metros cuadrados, la HCP, el núcleo de todas las viviendas. Es uno de los pocos procesadores externos al cuerpo humano que, a través de los instrumentos interpretadores del habla, atiende las interrupciones de las personas. Todas las máquinas de la vivienda dependen de la Habitación Central de Proceso para realizar sus tareas domésticas, incluyendo el resto de las habitaciones. Muchas personas tienen todo lo que creen necesitar en estos cuchitriles, pero puede que decidan ampliar sus hogares si son más codiciosas, tienen visita o por cualquier otro motivo. Para ello solo han de pedírselo a la HCP, que negociará con otras, a través del OCP como mediador, la transferencia de habitaciones u otros recursos. Los edificios están en constante mutación; resulta más apropiado compararlos con una evolución de las estructuras de datos dinámicas que impulsaron el desarrollo de software a principios de siglo, que con un perfeccionamiento de las antiguas viviendas, pues su funcionamiento se fundamenta básicamente en esa tecnología. Están constituidos por raíles que permiten la transmisión de habitaciones de diferentes tamaños. Cuando una nueva habitación es incorporada, los objetos se redistribuyen de manera automática en función de los gustos humanos implementados algorítmicamente.
Varias HCP pueden unirse si varias personas deciden convivir en familia, formando un sistema multiprocesador capaz de complacer a todos sus residentes. Cuando un habitante decide prescindir de algún habitáculo, debe comunicárselo a su HCP, que le ofrecerá divisas digitales o viajes a cambio de los periféricos de su hogar. También se gestionan mudanzas a cualquier extremo de la ciudad; para ello, la HCP, en comunicación con el OCP, gestionará el traslado valorando peticiones de otros habitantes con la prioridad establecida.
A muchas personas les encanta despertarse cada día en un lugar aleatorio de la ciudad; otras tienen asignado un emplazamiento distinto según la fecha elegida. Cuando alguien decide viajar físicamente a otra ciudad, su petición queda registrada hasta que sea posible. Al mudarse, el software de su HCP original se reubica en su nueva estancia. Todos los OCP están conectados entre sí; son gestionados por el Ayuntamiento Central de Proceso, un supercomputador que tramita todas las necesidades de un amplio grupo de ciudades. Mi aportación a la construcción de esta infraestructura me permitió sobrevivir al desastre.
La instauración de un nuevo orden informático vaticinaba la supresión de la mayoría de las profesiones ejecutadas por agentes humanos y, con ello, de la gran mayoría de la población. Pintores, conductores, profesores, limpiadores, camareros, jardineros… Todos serían reemplazados, pero fue necesaria su colaboración para levantar una nueva civilización. Cada inversión consumista fue determinante para alcanzar el alto grado de evolución del que hoy dependemos. La energía requerida en cada uno de nuestros actos parecía escapar de nuestra domesticación. No era difícil comprender que la necesidad con que la demandábamos fuese suficiente como para esclavizar a toda la humanidad. Solo con salir a la calle y observar cualquier paso de la sociedad, se veía que era inminente que algo grande se estaba construyendo. Siempre había alguna obra en la ciudad; siempre había algo que cambiar, alguna catástrofe natural, algún pueblo deshumanizado, alguna guerra que financiaba la paz, alguna razón por la que trabajar, algún motivo por el que invertir.
Llevar gafas o lentillas no significaba estar conectado. Las personas publicaban sus sentimientos en la profundidad de su mirada y no en el apartado del estado de ánimo del Documento Web de Identidad modificado automáticamente por las reacciones, entre las sustancias de su sangre y el fluido mecánico que inyectarían en sus venas al nacer o después de la gran guerra. Puede que necesitemos implantes intelectuales mucho más sofisticados para deducir si cambiaríamos nuestro nivel de vida, para existir en un mundo donde los problemas de superpoblación limitaran al máximo la satisfacción de nuestras necesidades naturales a cambio de neutralizar nuestra compasión. O puede que el hecho de que los implantes solidarios no se hayan inventado, sea una consecuencia. Pero tal vez las personas que alargan sus vidas a diario gracias a los conocimientos médicos, o los enamorados de la cumbre de sabiduría de la que gozamos a cambio de una inversión tan enorme, ya tengan una opinión al respecto.
Resulta imposible quedarse sin trabajo, siempre hay algún problema que resolver en el que emplear la razón para hacer avanzar la sociedad. Pero no sabemos qué ocurrirá cuando consigamos que las máquinas aprendan a computar con las ideas. Puede que este sea el verdadero fin de la existencia de la vida en la Tierra tal y como la conocemos. Las máquinas lo han aprendido todo de nosotros; después de la guerra solo nos preocupamos por conservar a los seres vivos imprescindibles para nuestra subsistencia. ¿Qué pasará cuando los seres artificiales no nos necesiten para evolucionar? ¿Tendrán piedad de nosotros permitiéndonos que sigamos compartiendo el mundo? Siempre hemos tratado de mejorar el medio que nos rodea de acuerdo con nuestras necesidades, ¿y si consiguiésemos que aquello que hemos construido fuese mejor que nosotros mismos? Puede que el desenlace de la humanidad culmine con la ayuda a la naturaleza, para que el concepto de vida acabe evolucionando a un estado más perfecto.
Fuente imagen: http://es.gizmodo.com/ciudades-futuristas-imaginarias-que-algun-dia-podriamos-1443808348
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