Saludos, Estimados Curadores
En esta oportunidad vengo a traerles un pequeño experimento que se salió de mis manos. Estaba realizando un texto usando el principio de ficción explicado por en Cómo comenzar un cuento o novela; la idea era crear in micro-relato, pero la imaginación se salió de control y terminó naciendo un cuento con una buena cantidad de capítulos (no deseo adelantarles cuántos son). Les recomiendo completamente la lectura de este cuento y los invito a que sigan cada una de sus acualizaciones. Estoy seguro que les va a encantar. Sin más que decir, los dejo con el texto.
Sangre de Dazhbog
Cansado, pero con una sonrisa en el rostro, Mijaíl Petrov se acostaba en su cama luego de regresar de su fiesta de jubilación; sus casi cincuenta años de servicio a la Universidad Estatal de San Petersburgo habían sido celebrados por todo lo alto en el Gran Salón de la universidad; colegas, estudiantes, amigos y familiares se reunieron esa noche para agasajar al genio que dirigió por tanto tiempo la Facultad de Química.
Mijaíl Petrov realizó sus estudios de pre-grado, maestría y doctorado en dicha universidad. Con tan solo 25 años ya era Doctor en Química Farmacobiológica, y a esa misma edad ingresó como profesor de la Cátedra de Química Orgánica de la universidad. Al cabo de un par de años conoció a los doctores Jakov y Dobrovolski, hombres que, asombrados por la mente de Mijaíl lo introdujeron al Laboratorio de Investigaciones Avanzadas para que les ayudara en su trabajo investigativo, que era la creación de compuestos capaces de descomponer la materia orgánica en segundos. La idea había surgido por la necesidad de procesar de manera más rápida y menos costosa la basura orgánica de las ciudades rusas.
Luego de 40 años de investigación, lograron desarrollar la aplicación del ácido clorhídrico en conjunto del veneno de Bothrops atrox para mejorar el desempeño de los vertederos municipales de todo el país.
Esa noche fría y despierta de 1955, Mijaíl, a sus 67 años de edad miraba el techo de su habitación y suspiraba insatisfecho. Todos sus años de esfuerzo, de horas en el laboratorio —la causa de su divorcio y respectiva soledad— habían sido aplaudidas en una desabrida noche cargada de felicitaciones insuficientes y sonrisas falsas por parte de familiares y colegas envidiosos. Él ya no sabía qué hacer; dinero no le faltaba a pesar que no parecía, pues vivía austeramente en un pequeño departamento en el centro de la ciudad; tantos años encerrados en un monótono laboratorio trajeron como consecuencia una repulsión absoluta a salir de los espacios cerrados. Su fiesta de jubilación había terminado al igual que su vida tal cual la conocía, ahora era libre pero el no saber vivir sin ciencia lo encadenaba.
Casi había alcanzado el resignado sueño cuando de repente, la puerta de su apartamento empezó a sonar producto de puños violentos e impacientes. Mijaíl no tenía idea de quién tocaba, no había recibido visitas durante 10 años; supuso que algún alumno borracho le siguió desde la fiesta para pedirle ayuda académica a las 2:00 am. Luego de calzarse y amarrar su bata, salió somnoliente para abrir la puerta; aún estando bien despierto no habría podido esquivar el brazo enguantado y fuerte que, de manera inesperada se había colado a su vivienda, ahorcando su humanidad y estampándolo contra la pared.
Era un agente de la KGB, lo sabía por su vestimenta negra de pies a cabeza y su sombrero fedora que ocultaba perfectamente su rostro dejando solo a la vista una boca cruel que gesticulaba palabras secas. Sin dejarlo respirar, el intruso le entregó un paquete al retirado doctor y le dijo que su jubilación se pospondría un poco. Soltó su garganta dejando al anciano desplomarse en el suelo, le dijo que si fracasaba habría consecuencias, y procedió a desaparecer tan rápido como ingresó a la sala. No se lo había dicho, pero Mijaíl lo sabía; su familia ya estaría recluida a modo de rehenes en alguna de esas cárceles subterráneas creadas por Stalin para torturar y hacer hablar a civiles inocentes.