Suspendida en el techo, a merced de los filones de ráfagas de aire que se cuelan por la grieta, la telaraña con su carga de polvo que cuelga de ella en una especie de estalactitas, se mece sin voluntad propia.
El deshecho humano arrinconado en el piso, vuelto un ovillo, más allá de la posición fetal, ni siquiera se percató de su existencia. Ni siquiera notaba los hilos helados que llegaban del exterior y chocaban con su cuerpo comprimido.¿Cómo había llegado allí? No lo recordaba. Su mente en pausa, dejó un respiro a ese cuerpo prácticamente desactivado, ausente del espacio que ocupaba.
La desesperanza lo empujaba cada vez más hacia esa insensibilidad progresiva que ya lo estaba liberando de dolores y recuerdos. No puedo verte así. No soporto verte así. Las palabras de ella retumbaron en forma inesperada en su cerebro. Se alejó de la grieta y las heladas láminas de frío que penetraban su piel a través de la delgada tela de su camisa veraniega. Se desenrolló un poco y miró a su alrededor. Su propio hedor competía con el ambiental. ¡Qué frío!. Se friccionó ambos brazos, con unas manos que no parecían sentir.
El pensamiento se hizo palabra:
- Qué frío.
Siguió friccionándose el cuerpo, así echado, sin moverse. Prefiero que grites. Se llevó las manos a ambos oídos para impedir escuchar esa voz que hablaba en su cerebro, pero seguía ahí. Tienes que hacer algo por ti mismo. No puedes seguir así. No voy a permitir que me arrastres.
Se levantó, sin recuerdos inmediatos, recorrió con la mirada el lugar en donde estaba, lo sintió vacío en la semiosuridad, con algo de luz tenue desde una ventana alejada y un hilillo proveniente de la grieta.
Dio unos saltos, pequeños, para despertar sus pies dormidos y pesados; volvió a friccionarse el cuerpo. Escuchó el ladrido de unos perros en la distancia. Miró a su alrededor, percibió entonces unas máquinas. Una tenía cabina. Se subió a ella. Había una chaqueta gruesa. Se la puso y acomodó en la cabina. El estar sentado y sentir el calor de la chaqueta lo hizo sentir mejor. Preferiría verte muerto. Se golpeó la cabeza contra el rústico volante. ¡Muerto!¡Muerto! Volvió a golpearse la cabeza, cada vez con mayor fuerza. Siguieron los ladridos de los perros, tal vez más cercanos, pero no los escuchaba así como tampoco escuchaba las quejas de su estómago, urgido de alimento.
Pronto la sangre brotó de su cabeza y rodó por su cara y el rústico volante. El desmayo alivió sus dolores. El silencio sólo estaba transitado por el roce del viento y los ladridos que se aproximaban.
Se hizo la luz en todo el recinto, al abrirse el portón del cobertizo donde se guardaba la maquinaria de la hacienda. Los operarios entraron con sus chanzas mañaneras, mientras los perros con ladridos furiosos se abalanzaron hacia el tractor.
-¡Don Julián! - gritó uno. Y todos se pusieron en movimiento, al reconocer en el herido a Don Julián, desaparecido desde hacia más de una semana.
DON JULIÁN
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Amigos del Mar Hispano, éste es mi último cuento corto; cuyo real protagonista es el alzeihmer, escondido tras la figura de Don Julián. Una cruda ficción de una realidad aún más cruda y un intento de sensibilización hacia los pacientes de tan terrible enfermedad y sus familias. Y aún más hacia la prevención.
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