Tuve la experiencia de vivir en el exterior, específicamente en la ciudad de Ibarra, Ecuador. No estaba deshaciendo la maleta cuando ya estaba comprando en la tienda mi respectivo paquete de “harina pan”. Técnicamente es harina de maíz pre cocido y el con el cual se elabora, entre varios platillos, uno de los más típicos: la arepa.
En varias ocasiones, amistades ecuatorianas me llegaron a preguntar que desayuné o cené y mi respuesta frecuente: ¡arepa! Tan frecuente así que un día alguien me preguntó si nosotros los venezolanos no nos cansábamos de comer todo el tiempo arepas. La respuesta inmediata fue ¡por supuesto que no! Pero de igual manera (y como es típico en mí) me quede pensando en una respuesta más sustentada.
¿Cómo cansarnos si desde el vientre materno a través del líquido amniótico estamos comiendo arepa? ¡Después a través de la teta! y cuando comenzamos a probar alimentos sólidos lo primero que indica el pediatra es: “dele masa de arepa al muchachito con mantequilla y queso”. El ciclo es de nunca acabar.
Comerlas, sencillamente nos sabe a “mamá”, al calor del hogar, a familia. Es sobrehumano oler una arepa asándose porque huele a Venezuela, nos conecta con las raíces. Esto me lleva a recordar cuando vi la película Ratatouille de Pixar Animation Studios y Walt Disney Pictures la cual evoca la historia de Remy, una rata con un sofisticado paladar cuyo sueño era ser chef.
En esta película, el más temido crítico gastronómico de todos los tiempos, llega a un restaurante que se había hecho famoso, pues según escuchó, el chef (que era Remy, una rata que cocinaba encubierta tras un ser humano) elaboraba platillos que dejaban a sus comensales sin aliento. Se acerca el mesonero y le pregunta con increíble temor al crítico cuál sería su orden, a lo que responde con increíble astucia “dígale al chef que me sorprenda”. ¡Vaya!... el mesonero llega temblando y le da el mensaje al chef.
¿Qué hizo Remy? Se le ocurre elaborar un Ratatouille. A la vista de terceros, un plato más que ordinario, para nada digno de impresionar al crítico gastronómico más temido de toda Francia. Para sorpresa de todos, al primer bocado, el crítico entro en tal shock, que hasta su tenedor cayó al piso. ¿La razón? Cuando era niño el implacable crítico sufría de bullying por parte de sus compañeros del colegio. Para esa época, no existía mejor remedio en el mundo para reparar su corazón adolorido y triste que el Ratatouille de su madre.
Saborear el aparentemente “ordinario” platillo que emulaba uno de los sabores de su infancia, le hizo transportarse a momentos de increíble felicidad a través de la expresión del amor de su madre. Lo simple y ordinario se convirtió en segundos en maravilloso e increíble. Es así como nos sentimos tantos venezolanos con nuestras arepas, y así, cada ciudadano del mundo con sus platos típicos. Esa la magia que tiene el paladar.
Ahora quienes están a tantos kilómetros de casa, hacer arepas, me refiero, a amasarlas, asarlas y sentarse a comerlas, se convierte en una especie de ritual. Un grupo de venezolanos en el extranjero sentándose a la mesa, degustando unas arepas, es mirarse a los ojos y pensar todos al mismo tiempo "gracias Dios por traer a mi mesa a la madre patria”
Por sus varias formas de hacerlas, comerlas y sus miles de formas de rellenarlas, los venezolanos somos unos “arepa lovers”
¡Que viva la arepa!
¿Cuántos venezolanos identificados?