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Contemplo con horror cómo todo el mundo reaccionaba mal a los buzones de quejas instalados en los templos de la Magna Grecia y Asia Menor. Zeus se la pasaba lanzando rayos aquí y allá, Poseidón inundaba poblaciones enteras, Apolo y Ártemis mataban a cuantos podían con sus flechas, Deméter condenaba a más de cuatro a morirse de hambre eterna, Atenea transformaba a gente en animales, dejándoles con ceguera; y mi amada Afrodita haciendo que mujeres se enamoren de sus padres o sus hijos.
Era una locura, un caos, una especie de momento "¿qué carajo?" que nunca pensé ver en años.
¿Quién diría que yo, el dios de la guerra, sería la única persona que no me tomaría tan a pecho lo que diga la gente? Digo, me han criticado, ridiculizado, insultado y hasta golpeado en muchísimas ocasiones; se han quejado de que llevo el caos, el hambre, el horror, la incertidumbre a donde quiera que vaya, aún cuando saben que mi trabajo es solo representar lo que forma parte de la mera naturaleza humana.
Me parece irónico, porque esas mismas reacciones que veo ahora las tuve cuando murieron varios de mis hijos a manos de los protegidos de otros dioses, en especial de los de Atenea. Y mucho peor cuando supe que el cobardica de Halirrotio violó a mi hija Alcipe. Pero ahí estaba justificado: eran mis hijos, a quienes amaba mucho. ¿Qué padre no reaccionaría así?
"Sabía que esto no era buena idea", escuché que dijera Hermes, quien se me acercó junto con Hefesto, el ex marido de Afrodita.
"Debo decir que me sorprende. Esas reacciones las esperaría de ti, Ares, pero no de los demás", puntualizó Hefesto.
"Bueno, he recibido muchas quejas toda la vida, Hefesto", le respondí con franqueza. "Y hasta me habitué a ellas. Lo que me sorprende es que el viejo no se lo tomara así; siempre ha dicho que le importaban un carajo los seres humanos".
"Los odia, Ares. Los ha odiado siempre desde lo de Prometeo. No me extrañaría si los buzones eran la oportunidad esperada para matarlos a todos. Por cierto, Hermes me comentó que fuiste a ver al tío Hades; una lástima que se negara a ayudarnos a calmar a todos".
"¿A quién más pude haber recurrido si no al hermano mayor de nuestro padre?"
"Está Heracles, por ejemplo. O Perseo, o Belerofonte...", respondió Hermes.
"Sabes bien que aún no le perdono a Heracles la muerte de Cicno".
"¿Debo recordarte que tu hijo murió por encomienda de Apolo? Asaltaba a cuantos podía en las cercanías de Delfos; era comprensible que Apolo estuviera cabreado y ordenara matarlo".
"Una movida muy cobarde, siendo él el mejor arquero del Olimpo".
"¿O sea que estuvo bien que Cicno asaltara a medio mundo en Delfos?", me preguntó Hefesto.
"No, pero Apolo pudo haberse hecho cargo él mismo de la situación. O haberme dicho lo que estaba pasando".
Hefesto se rio mientras que Hermes añadió: "Dudo mucho que hayas llamado la atención de tus críos. Nunca fuiste un padre muy responsable".
"Te sorprenderías, Hermes. Te sorprenderías".
