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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
El día de hoy amaneció muy agitado. Algunas de mis amigas y compañeras del harén me comentaron que el desplante del general Borg causó un tremendo revuelo en la corte gracias a la duquesa de G, quien acusó abiertamente a Ecclesía de instar al general Borg a desafiar a la familia imperial al dejarnos plantadas en los jardines, dado que nunca se había irrespetado a la Gran Concubina de ese modo. La Alta Concubina se defendió, asegurando al emperador que ella no estuvo con el general el día de ayer.
“Dicen que el mismísimo general Borg tuvo que intervenir al ver cómo su amada Ecclesía era atacada”, comentó Gülbahar mientras bebía un poco de té. “Le cubrió la mentira, diciendo que los asuntos que lo obligaron a prescindir de su presencia en el almuerzo fue una reyerta en la frontera norte de Neptuno. Era obvio que sí estaba con ella y con su mejor amigo, el capitán de la guardia, con quien comparte sus afectos”.
“¿El capitán de la guardia?”, cuestioné con curiosidad.
“Ik’r Zorg. Es el mejor amigo del general. Su perro fiel, como muchos dicen por aquí. Un tipo con un sarcasmo bien irascible; un jodido bully, por ponerlo en términos simples”, comentó Fennah.
“Algunos eunucos dicen que los sirvientes los encontraron muchas veces en plena intimidad”, añadió Koahtli.
“Ugh… ¡La cantidad de enfermedades venéreas que han de tener entonces si comparten a la misma mujer que se acuesta con media corte!”, exclamó asqueada Deepika, una concubina de la India. “Yo que tú, Güzelay, busco algún condón. No vaya a ser que en la noche de bodas te pegue alguna enfermedad”.
“Dios quiera que no haya noche de bodas. No quiero tener más traumas de los que tengo tras el secuestro”, dije honestidad.
“¡Chicas!, ¡chicas!”, exclamó Hatshepsut, una concubina neptuniana, mientras se hacía espacio entre Gülbahar y Fennah. “¿Ya escucharon lo que sucedió en la sesión de la corte?”
“De eso estábamos discutiendo justamente, Hattie”, replicó Deepika. “¿Hay alguna novedad?”
“¡Sí que sí! Un eunuco me dijo que el emperador, con tal de no tener más conflictos con la Gran Concubina, no solo aceptó su queja respecto al desplante de Borg, sino que le advirtió al general que, si volvía a hacerle un desplante a la Gran Concubina, lo degradaría de rango y le quitaría el mando del ejército para dárselo al príncipe Haeghar, su hijo mayor”.
Muchas de mis compañeras empezaron a cuchichear mientras yo le pedía más información sobre ese príncipe. Hattie me explicó que Haeghar era el único hijo nacido de la unión con la difunta emperatriz. Por lo tanto, es el heredero al trono, y sería él quien decidiera qué hacer con sus cuatro medios hermanos, todos hijos de Ecclesía, dado que era tradición la práctica del fratricidio para evitar guerras civiles.
“Es un hombre violento e impredecible, el doble de despiadado que el propio Borg”, señaló Gülbahar. “La Alta Concubina particularmente le teme; sabe que, si sucede a su padre en el trono, ella y sus hijos correrían peligro, en especial D’leh, su hijo mayor”
“Entonces Borg es una pieza estratégica para Ecclesía”, dije con gravedad. “Sabe que el general es un hombre bastante popular y temido en el ejército. Usa sus sentimientos para asegurarse de que él le sea fiel por completo. Además, está Zorg, el mejor amigo de ese hombre. Seduce al capitán de la guardia, y a ésta la tendrás en tu bolsillo por cualquier cosa. Joder, entonces no estoy tan equivocada en decir que los Borg y otros nobles podrían estar conspirando contra el emperador en cualquier momento para derrocarlo”.
Las concubinas no terrícolas me miraron con una mezcla de sorpresa y admiración mientras que Hattie, preocupada, me dijo: “Tal parece que conoces más sobre intrigas palaciegas que todas las de este harén en su conjunto”.
“En nuestro planeta, las intrigas palaciegas siempre han sucedido a lo largo de las historias de varias naciones”, explicó Fennah. “Quizás sí seamos extrañas a ese tipo de incidentes dado que nunca lo hemos vivido, pero aquí estamos presenciando la historia de su mundo”.
“¿Historia?”
“Sí. Estamos viendo eventos que podrían dar forma a algún período histórico en concreto”, dijo Deepika. “Ignoramos qué nombre le darán a esto las generaciones futuras, pero no tengamos duda de que las cosas se pondrán feas conforme pase el tiempo”.
“Deepika tiene razón”, dijo Gülbahar. “El emperador no es joven. Tiene 57 años. Si llega a morir súbitamente, entonces tendremos que estar preparadas”.

“Mañana tendremos un desayuno con los Borg en los jardines”, me dijo la Gran Concubina con seriedad unas horas más tarde, durante la hora del almuerzo. “He de suponer que ya sabes qué sucedió en la sesión de la corte”.
“He oído algunas cosas, Su Alteza”, respondí con solemnidad.
“¿Y qué piensas al respecto?”
Reflexioné por un momento. Eligiendo con cuidado mis palabras, le respondí: “Creo, Su Alteza, que esto es solo el preludio a algo más grande… Quizás a un posible derramamiento de sangre”.
Meleke me miró, analizando mis palabras. Handan, quien servía un poco de vino a su ama, permaneció silenciosa, como si reflexionara sobre mis palabras. Tras un momento de silencio incómodo, la Gran Concubina me dijo: “Veo que eres de las que se informan de cualquier evento antes de actuar. Eso es algo considerado un defecto peligroso en la corte”.
“¿Un defecto peligroso? Su Alteza, con el debido respeto, pero muchas veces el estar informada ayuda a tomar mejores decisiones, sobre todo al momento de elegir un bando en una lucha por el poder”.
“Eso no lo discuto, Güzelay. Es bueno estar informada de cualquier cosa que pueda beneficiarte o perjudicarte. Sin embargo, debes ser cuidadosa con la información que manejes; nunca demuestres delante de otros que sabes algo que a ellos podría perjudicarles, pues no dudarían en tomar acción en tu contra”.
“Mi querida tía tiene razón. A la corte no le gusta una mujer informada”, interrumpió una voz.
Meleke y yo nos volvimos hacia la entrada de los aposentos. Handan, con una reverencia, saludó al hombre de larga cabellera oscura, ojos azules cristalinos y de atavíos oscuros. La Gran Concubina no se tomó la molestia de levantarse, aunque yo tuve que hacerlo, pues con solo escuchar su nombre sabía que cualquier irrespeto hacia ese hombre podría costarme mi vida.
“Su Alteza Imperial”, le saludé con una reverencia, mi mirada hacia el suelo.
El hombre, con un tono que combinaba sarcasmo y curiosidad, me dijo: “Dama Güzelay. He oído mucho sobre ti. La virgen del harén y la futura esposa del idiota favorito de Ecclesía”.
“¿A qué has venido, Haeghar?”, cuestionó la Gran Concubina mientras que, con un gesto, me ordenaba sentarme.
“Oh… Yo solo pasaba por aquí y creí que debía pasar a saludarte, aunque no esperaba verte en compañía de una mujer tan bonita como ella”.
La Gran Concubina resopló por lo bajo y le contestó: “Dudo que solo a eso hayas venido, Haeghar. ¿Hay algún asunto del cual quisieras discutir? Podría decirle a Güzelay que se retire o podrías tú venir otro día”.
“No será necesario que se marche. De hecho, siempre he querido saber más de ella y de su opinión sobre mi ascenso al trono”.
Miré de reojo a Meleke, visiblemente asustada. La Gran Concubina, con frialdad, lo observó de la cabeza a los pies, como si analizara sus palabras. “Si no te conociera, diría que alguien te dijo algo de ella. No me sorprendería si me enterase de que tienes ojos y oídos incluso en el harén”, dijo con franqueza.
“No se te escapa nada, tía Meleke”.
Tragué en seco, visiblemente asustada. Sabía que Haeghar era un tipo demasiado impredecible y con problemas de manejo de la ira. Así como podría estar calmado, podría estar tan iracundo que no dudaría en enterrarle su daga a la primera persona que se interpusiera en el camino.
Sentándose frente a nosotras, Haeghar tomó un dátil y se lo llevó a la boca; su mirada curiosa parecía penetrar el alma, y su calma la percibía tan siniestra que me dieron muchas ganas de levantarme y salir corriendo. No obstante, tuve que hacer acopio de valor; sabía que retirarme sería considerado tanto un desafío como una debilidad. La Gran Concubina, quien no le temía a su sobrino, le preguntó: “¿Qué es lo que quieres saber, Haeghar, que ha llamado tu atención?”
Sonriente, miró a su tía directamente a los ojos y respondió: “Un eunuco amigo mío escuchó a las chicas del harén hablar sobre el incidente de la sesión de la corte. Sin duda la situación tiene a todo el mundo muy tenso, empezando por mi padre. El anciano no quiere tener más pleitos contigo, pero tampoco quiere castigar a Borg por su… imprudencia. Teme enojar a esa mujerzuela, la asesina de mi madre”.
Observé de reojo a ambos. Haeghar continuó: “Güzelay tiene razón en una cosa: Borg y su familia son aliados clave en mi contra. Mientras más aliados tenga esa mujer, mayor es la probabilidad de que me derroquen una vez que me corone emperador”.
“Tu padre quiere impedir a toda costa un derramamiento de sangre. Incluso Ecclesía ha acordado respetar la línea de sucesión a cambio de que respetes su vida y la de sus hijos”, apostilló Meleke.
Haeghar soltó una carcajada que me hizo sentir escalofríos. De inmediato bebí un par de sorbos de vino para calmar los nervios; su mera presencia me incomoda y me inquieta al mismo tiempo. Handan, quien regresaba de las cocinas imperiales, traía unos postres. Con reverencia, sirvió primero a Haeghar, luego a la Gran Concubina y de último a mí. Le di las gracias a Handan en voz baja, a lo que la anciana asintió.
El príncipe, mirándome con curiosidad, me preguntó: “¿Qué impresión tuviste del viejo Niloctetes? He escuchado que mi tía tuvo que imponer su autoridad para evitarte más incomodidades”
Con precaución, respondí: “Creo que el viejo general solo había hecho bromas de mal gusto, Su Alteza Imperial”.
“¿Y por qué no le respondiste? El viejo merecía todos los insultos habidos y por haber. Te insultó al llamarte “vieja” y “aguantada”.
Lo miré con desafío y le respondí: “Yo no le doy importancia alguna a los comentarios pasivos agresivos de la gente, mi señor. Simplemente me apego a lo que mi padre me enseñó: a no darle gusto a la gente de cabrearme”.
Haeghar bebió un poco de vino mientras que Meleke añadió: “La actuación de Güzelay esa noche fue la más prudente, Haeghar. Niloctetes buscaba alguna reacción de ella para… divertirse, quizás. Además, para mí fue una buena oportunidad para recordarle que sus comentarios no son siempre bienvenidos”.
Mirándome de reojo, el príncipe dijo: “Puede ser, mi querida tía, puede ser… Sin embargo, esa mujer, la Ecclesía, le habrá dicho a Niloctetes o al propio general que te desafíen, sabiendo que mi padre no les hará nada más allá de débiles advertencias”.
“Esas débiles advertencias como usted les llama, Su Alteza, han sido prudentes”, me atreví a decir.
Haeghar me miró con una mezcla de curiosidad e interés. “¿Por qué consideras que fueron prudentes, querida?”
Armándome de valor, le dije: “Porque el emperador sabe tan bien como usted y la Gran Concubina que el equilibrio del poder es muy delicado. Aunque el emperador busque limar asperezas con su hermana, toma en cuenta que Ecclesía no le está siendo infiel solo por el placer de serlo. Si lo vemos con detenimiento, se dará cuenta de que todo está fríamente calculado por ella. Sabe que la mejor arma de una mujer de su posición no solo es su inteligencia, sino también su propio cuerpo. Tiene comiendo de su mano al ejército y a la guardia, y quizás a los consejeros del emperador. Está buscando proteger y, de ser posible, imponer a su propio hijo en el trono”.
El príncipe se acarició la barbilla mientras que Meleke desviaba la mirada. Los dos reflexionaron mis palabras mientras que yo bebía un sorbo de vino.
Ambos sabían que lo que había dicho era verdad. Para mí, en particular, eso no sería nada nuevo si me acojo a la historia. Me acordé justamente de una reina de España, Isabel Farnesio, famosa por sus intrigas palaciegas y por querer asegurar un porvenir a los siete hijos que tuvo con Felipe V de España, haciéndole la vida imposible a sus hijastros. También me acordé de Margaret Beaufort, la madre de Enrique VII de Inglaterra, fundador de la dinastía Tudor; ella también hizo mil cosas por su hijo y asegurarle así el trono en la Guerra de las Dos Rosas, una de las guerras civiles más cruentas de la historia inglesa.
Si Haeghar ascendiese al trono ahora, era probable que se enfrentara a una corte que favoreciera más a D’leh que a él.
Y eso que D’leh tampoco era una perita en dulce. Zambo me había contado que D’leh intentó abusar de una chica del harén hace unos años junto con sus hermanos Ortrus y Arcone. De hecho, me advirtió que tuviese cuidado tanto con ellos como con Oranna, la mayor de los cuatro; esta última ha cometido abusos contra las esposas esclavas de varios nobles, por no decir que les hacía bullying.
Esta corte es un auténtico hervidero de serpientes, santo Dios, pensé con resignación.
“Te conviene escuchar los consejos de mi tía”, declaró Haeghar tras unos minutos de silencio. “Ves más allá de lo aparente, y eso te convierte en una persona peligrosa para Ecclesía y para los Borg, así como para cualquiera de sus aliados”.
“Supongo que para usted también”, me atreví a sugerir.
“Bueno… Personalmente aprecio a las personas como tú. Muy poca gente en la corte se atreve a ver más allá de las falsas cortesías. Y sospecho que Niloctetes también se dio cuenta de ello aquella noche”.