Capítulos
Prólogo
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Fuente de la imagen: Pexels
Me miré en el espejo. El vestido elegido por la Gran Concubina era de manga larga, de un color verde discreto con perlas costuradas en la zona central del torso. Mi cabellera, aunque corta, estaba peinada con una media cola, la cual lucía un discreto adorno de plata en forma de medialuna. En mi cuello colgaba el collar que el general Borg había enviado de regalo. Los zapatos eran una especie de babuchas que hacían juego con el vestido. Mi maquillaje era discreto, con sombras de bronce delineando mis ojos y mis labios pintados de un color ocre.
Me sentí como si estuviera en una serie turca de corte histórico de época, excepto que yo no era una sultana. El vestido en sí era hermoso y cómodo, aunque prefería adornar mi cuello con un collar que no me recordase cuál será mi lugar en la vida de mi futuro esposo y su familia.
Me pregunto qué impresión tendrán Niloctetes, Ennio, Ralna y el general Borg cuando me vieran. Obviamente se guardarán de hacerme crítica alguna; Aquilla me comentó que Niloctetes evitaba a toda costa cualquier enemistad con la familia imperial, en especial con la Gran Concubina, de quien ya se había ganado el desprecio absoluto hacia él y su familia.
Ruego a Dios que cometan el más mínimo de los errores, algo que le dé a la Gran Concubina de qué quejarse ante el emperador y anular el compromiso. No quiero casarme ni con él ni con nadie; ya he escuchado suficientes historias de maltrato por parte de los nobles que ahora rezo por evitar ese destino aciago a toda costa. Al menos no hasta que encuentre el modo de escapar.

Los jardines imperiales era un área ubicada en la zona oeste del palacio. Era un lugar repleto de flores exóticas de colores vibrantes, árboles frutales. Había banquillos ubicados debajo de los árboles más frondosos, y unas fuentes de agua fresca pegadas a la pared. En el centro de los jardines se encontraba una mesa rectangular llena de comida y bebida de todo tipo. Me han contado que por las mañanas se ve precioso el jardín, pero sin duda por las tardes se ven magníficos, con el sol en su cénit.
La Gran Concubina, vestida con un vestido color púrpura sin manga y una corona de rubíes, se encontraba sentada en la mesa cuando llegué acompañada de Zambo. No vi a ninguno de los Borg a la vista, lo que deduje que quizás llegarían en cualquier momento.
“¡Güzelay, te ves hermosa!”, me dijo la Gran Concubina al verme.
“Gracias, Su Alteza”, respondí mientras hacía una reverencia.
La Gran Concubina me indicó que me sentara junto a ella. Mirando su reloj, comentó: “Los Borg no deben tardar en llegar. Le advertí a Niloctetes que no quiero retrasos, mucho menos desplantes por parte de su hijo”.
Estuve a punto de contestar cuando llegó un mensajero. El pobre hombre estaba muy tembloroso, como si tuviera una mala noticia qué comunicarnos. La Gran Concubina, mirándolo con una severidad que podría generar escalofríos a cualquiera, le preguntó: “Sospecho que los Borg no vendrán. ¿Qué excusa tiene su patriarca?”
Tragando en seco, el mensajero anunció que el general Borg no asistiría al desayuno debido a asuntos de último minuto. El viejo Niloctetes, según nos contó, estaba tan furioso y apenado por aquella situación que lo envió a comunicarle sus disculpas por el desplante de su hijo, solicitando a su vez una reprogramación de la reunión de acuerdo con la disponibilidad de tiempo de la Gran Concubina y bajo la promesa de que su hijo vendría con la familia.
Enfurecida, Meleke se levantó. “Puedo imaginarme cuál es ese maldito asunto de último minuto, y no es precisamente algo relacionado con lo militar”, dijo con voz cortante. “Dile Niloctetes Borg esto: si su hijo continúa desafiando las órdenes de la familia imperial, entonces que se prepare para pagar el precio por sus desplantes. ¿Quedó claro?”.
“¡S-sí, Su Alteza!”
Con una brusca sacudida de cabeza le indicó al mensajero que se marchara. Por mi parte, suspiré aliviada al saber que no iba a lidiar con los Borg. Al menos no hoy.
Zambo se acercó a su señora y, con solemnidad, le preguntó: “¿Me llevo a Güzelay de vuelta al harén, Gran Concubina?”
“No. Sería una pena desperdiciar comida. Dile a la duquesa de G y sus amigas que vengan. Las he visto pasear por aquí hace un rato. Sería bueno para la querida Güzelay empezar a familiarizarse con la corte”.
Zambo asintió. Mientras Zambo se marchaba, la Gran Concubina se volvió y me dijo: “La duquesa de G es una fiera enemiga de Ecclesía. Con ella puedes empezar a familiarizarte con la corte. Sin embargo, Güzelay, he de advertirte que no confíes tanto en ella ni en sus amigas. Nunca sabes cuándo podrán cambiar de bando… O burlarse de ti a tus espaldas”
“Así lo haré, Su Alteza”, respondí con medida. “Le agradezco su consejo”.

La duquesa de G era una mujer de mediana edad; le calculé unos 40, 50 años a lo sumo. Llevaba en la cabeza una peluca exageradamente grande, en forma de corazón, y con pequeñas lunas de oro y plata; verla ataviada con su vestido color amarillo canario me recordaba mucho a esos grabados que vi alguna vez por internet mientras leía sobre María Antonieta y su amor por la moda. Sus compañeras eran mujeres de su misma edad, siempre cotilleando entre sí, aunque de vez en cuando me preguntaban cosas sobre la Tierra. Por supuesto, tuve que ser demasiado cuidadosa con las respuestas; Meleke me había recomendado no aparentar tener mucha disposición y amabilidad ante los miembros de la corte, pues de lo contrario podrían usar en mi contra cualquier acción o palabra, por muy bien intencionada que fuera.
Ignoro cómo y en qué momento pasamos de hablar de temas en apariencia inofensivos a hablar sobre Ecclesía. Las facciones de la duquesa cambiaron drásticamente de una amabilidad cortés a un odio feroz con solo mencionar el nombre de la favorita del emperador.
“Esa mujer…”, bufó con rabia. “No me sorprende que el general Borg esté poniendo a su familia en jaque solo por ella; por lo visto esa serpiente le aconsejó desafiarle, Su Alteza”.
“Quizás lo hizo hasta con aprobación de Niloctetes”, sugirió una de sus amigas, quien se presentó como la marquesa de H. “Ese viejo insufrible de seguro se está vengando del recordatorio de su autoridad aquella noche en la que se reunieron para conocer a la dama Güzelay. Si me permite el consejo, Su Alteza, creo que es fundamental tomar medidas drásticas contra esa familia de inmediato”.
“Niloctetes no es estúpido, Gretel”, replicó con prudencia la vizcondesa de P, mientras bebía un sorbo de té. “Sabe bien las consecuencias de esto; no estaría tan loco para permitir que su hijo hiciera lo que quisiera de forma impune…”
“A menos que estén conspirando contra el emperador”, musité.
Un silencio incómodo reinó sobre la mesa. Noté en sus miradas una mezcla de sorpresa, curiosidad y, en cierto modo, gravedad. Parecía que mi opinión, o más bien pensamiento, no la habían visto venir.
“Esa es una sugerencia muy grave, dama Güzelay, aunque no descartable dentro de esta corte”, dijo la duquesa de G. “Sin embargo, le aconsejo que no lo exprese de forma tan abrupta delante de otros. Puede ganarse muchos enemigos con solo hacer esas acusaciones sin pruebas”.
“No estoy acusando a nadie, Su Excelencia”, dije con honestidad. “Simplemente se me ocurrió eso, dado que al patriarca Borg se le recordó que los desplantes de su hijo no son tolerados por la familia imperial”.
“Aún así debes tener cuidado, Güzelay”, dijo Meleke. “Una ocurrencia de esa magnitud podría provocar enfrentamientos indeseables… O incluso la muerte”.
Asentí la cabeza en señal de acuerdo antes de desviarme del tema con una pregunta sobre qué autores literarios y científicos me podían sugerir para conocer un poco más sobre la cultura saturnina. Mientras escuchaba con atención las recomendaciones de las damas de la corte, mi mente empezaba a trabajar contrarreloj.
Hasta ahora he observado que el harén está situado al lado de la sala del trono y de las habitaciones del emperador, de la Gran Concubina y de la Alta Concubina. Para irse a los jardines, tenía que atravesar amplios corredores en donde se encontraban las habitaciones de los ministros y miembros de la corte, hasta llegar a unos escalones de mármol, por donde bajabas para atravesar la liza de entrenamiento de los guardias. De ahí se llegaba a unas grandes rejas de bronce, las cuales estaban abiertas de par en par, mostrándonos la exquisita vista de los jardines.
Pensándolo con detenimiento, escapar será muy difícil. La zona de los corredores estaba muy vigilada por hombres armados con espadas de un material que mezclaba hierro y plata, quienes estaban de pie todo el día, excepto a la hora del almuerzo, que es el momento preciso del cambio de guardia. Esto dificulta el escape, pues de noche los guardias se agrupan en las puertas del harén, con la instrucción de capturar a cualquiera que intente escapar. El único modo de salir del harén sería por petición de la Gran Concubina y en compañía de algún eunuco, mostrando un permiso escrito, sellado y firmado por Meleke o por el propio emperador.
Mierda…, pensé para mis adentros mientras me recostaba en mi lecho.
Al parecer, la alternativa más próxima a escapar de esta situación es la que me dijo Meleke. Debo casarme con el general Borg, aguantar un pequeño tiempo, estudiar sus puntos flacos y asestar el golpe maestro a la primera oportunidad. ¿Pero por cuánto tiempo tendría que aguantar las humillaciones, el menosprecio, y las burlas de esa gente antes de escapar de este planeta?, ¿por cuánto tiempo tendré que luchar por un resto que nunca obtendré de ese hombre y su familia?
Dios mío, otórgame paciencia, valor y astucia. Salir de aquí no será fácil; escapar de mis enemigos va a ser complicado, pero sé que con Tu ayuda podré lograrlo. En el tiempo que permanezca aquí, otórgame la fuerza de voluntad necesaria para esperar y actuar. No quiero estar aquí, no quiero esta vida que me será impuesta, no quiero quedarme en un lugar donde la traición y el desprecio están a la orden del día. Ayúdame, Señor… Ayúdame…, recé mentalmente mientras el sueño me invadía poco a poco.