Hoy el último fondo del 2025 fue uno de esos entrenamientos que no se olvidan, no necesariamente por lo perfecto, sino por lo retador. Tocaban 22 kilómetros marcados a la ruta y, además, a ritmo de carrera. Desde que me desperté sabía que no iba a ser un día fácil: dormí fatal, no más de dos horas y media, con el cuerpo raro, como con malestar de gripe, y para rematar, el estómago decidió echar broma desde temprano. Los gases estuvieron fastidiosos y, mentalmente, eso pesa más de lo que uno cree cuando sabes que te espera una distancia larga.
Salí igual, porque al final uno no entrena solo cuando todo está alineado. Los primeros kilómetros se me hicieron cómodos, no tanto por la ruta, sino por que iba con la convicción de lograr mi objetivo. Cuando llegué a los 10 kilómetros, Cada zancada era una conversación interna entre “sigue” y “¿qué haces aquí?”., lo confieso, pensé seriamente en tirar la toalla. Ya tenía una excusa perfecta: el sueño, el malestar, el estómago.
Y justo ahí pasó algo clave. En la ruta me crucé con Alberto, uno de los entrenadores del equipo, y me jaló!!, como decimos en el mundo del running. Ese momento fue un empujón directo al corazón. Fue el recordatorio de por qué hago esto y de que no siempre se trata de números, sino de carácter. Seguí.
No logré el ritmo de carrera que mi coach me había pedido, pero aun así cerré con un buen tiempo. Esos 21K para CAF están seguros. Me voy con cansancio, sí, pero también con muchísima fe de que voy a mejorar mi marca actual. Porque días como hoy también cuentan… y mucho.
La felicidad no necesita filtro