La noche era una promesa, y el Waraira Repano se erguía como un guardián silencioso. Esta noche, bajo el fulgor pleno de la luna llena, el ascenso a la Cruz del Ávila se transformó en una experiencia casi mística. El aire fresco de la montaña contrastaba con el calor residual del día, envolviéndonos mientras tomábamos el sendero.
El camino, usualmente sombreado por el sol, se reveló distinto; la luz plateada actuaba como un faro, marcando los contornos del asfalto y la vegetación circundante. Cada paso era medido, rítmico, marcado por el crujir suave de las hojas y el sonido de nuestra propia respiración. Las vistas de Caracas, usualmente un mar de luces, se difuminaban ligeramente, compitiendo con el brillo celestial.
Al llegar al sector Papelón, la silueta de la Cruz se hizo más nítida contra el cielo profundo. La estructura de neón, encendida en su temporada habitual, parecía bañada por una luz propia, magnificada por el astro rey. Estar allí, viendo la ciudad dormir bajo ese resplandor inmenso, ofrecía una perspectiva única: la calma de la cumbre y el pulso lejano de la urbe.
Fue una subida de conexión, donde el silencio y la inmensidad se apoderaron de la experiencia. Un recorrido inolvidable que celebra la naturaleza caraqueña bajo la espectacularidad de la luna llena.
una experiencia maravilla y vivirla en grupo y compartir en familia lpgrunners fue de lo mejor.