Hoy la montaña nos puso a prueba y respondimos con determinación. Nuestra jornada comenzó en la Plaza Los Palos Grandes, con el fresco de la mañana y la silueta del Waraira Repano como meta. Éramos un equipo equilibrado de cinco entusiastas —tres hombres y dos mujeres— unidos por el mismo objetivo: alcanzar la joya arquitectónica de Caracas, el Hotel Humboldt.
El ascenso por Sabas Nieves fue el primer gran filtro; allí, el ritmo de la respiración y el sudor empezaron a marcar el paso. A medida que ganábamos altura, el ruido de la ciudad se desvanecía, reemplazado por el sonido del viento entre los pinos. La ruta no dio tregua, exigiendo fuerza en las piernas y una mentalidad inquebrantable para superar las pendientes más técnicas.
Tras 6 horas de caminata intensa, superando desniveles y compartiendo palabras de aliento, finalmente divisamos la imponente torre circular. Coronar el Humboldt no fue solo un logro físico, sino un premio visual con la ciudad a un lado y el mar Caribe asomándose tímidamente al otro. El esfuerzo compartido fortaleció el vínculo del grupo, demostrando que no hay rampa lo suficientemente empinada cuando se cuenta con la compañía adecuada. Bajamos cansados, pero con el espíritu renovado por la majestuosidad de nuestro Ávila.