Después de una semana de parón forzado, el regreso al asfalto siempre genera una mezcla de incertidumbre y deseo. Anoche, sin embargo, todas las dudas se disiparon con la primera zancada. El entrenamiento no era sencillo: cuestas cortas, de esas que exigen explosividad, corazón y una fortaleza mental que solo los corredores entendemos. En cada subida, sentía cómo los cuádriceps se volvían a activar y cómo la respiración, a pesar de la exigencia, fluía con un ritmo que echaba de menos.
A medida que completaba cada repetición, la sensación de pesadez típica de la inactividad dio paso a una ligereza alentadora. Hay una magia especial en el trabajo de desnivel bajo la luz de la luna; es un esfuerzo honesto donde cada metro ganado es una victoria contra el sedentarismo de los últimos siete días. Me sentí fuerte, con una pisada firme y, sobre todo, con la mente conectada nuevamente con el esfuerzo compartido y la energía del equipo.
Al terminar, el sudor y la fatiga no eran un castigo, sino un regalo. Volver a sentir que el cuerpo responde con energía es la mejor recompensa posible. Esta sesión de cuestas no solo ha servido para ganar potencia, sino para recordarme que la disciplina sigue ahí, intacta. Me voy a casa con el corazón contento y la certeza de que estoy exactamente donde quiero estar: en el camino hacia la próxima meta.