César se levantó de su silla y cerró sus ojos como si no quisiera ver más nunca. La impresión anuló sus sentidos lentamente y lo fue aislando hasta que solo fue capaz de oír su propio pensamiento. Fue como si se desvaneciese. Estaba perdido en su mente, pero se mantenía de pie. Su anatomía no perdió firmeza durante ese instante que duró lo que un chasquido, pero él sintió como una eternidad.
Luego de dejar pasar una docena de sus latidos, comenzó a llorar. Entonces se dio la vuelta, cubrió sus ojos, y discretamente secó sus lágrimas. Dejó escapar más de un suspiro antes de volver a encarar a su familia tras recuperar su aliento.
César recibió en su hombro los menudos y delicados dedos de su esposa. Descubrió de inmediato que ya no era capaz de sentir nada. No le provocaba ninguna sensación el toque de esas frías y sedosas manos. Para él no significaba nada la tristeza o el enojo. En ese momento solo un sentimiento prevalecía en su interior. César estaba decepcionado. Estaba muy decepcionado de sí mismo.
—Papá, perdóname, pero yo soy un chico—dijo Mara—. Nunca he sido una chica, esa no es mi identidad… Este no es mi verdadero cuerpo. Me siento en una cárcel dentro de él.
César estudió detenidamente el rostro de su esposa mientras escuchaba a su hija, y descubrió que ella ya lo había procesado. Clemencia no estaba nada impactada por la noticia, pero pretendía estarlo. Esa confesión no podía sorprenderla. Ella ya esperaba que ocurriera en cualquier momento. Su niña era transexual y su madre lo notaba. «¿En serio era tan evidente?»
César no hubiera podido pronunciar ni una palabra correctamente. Simplemente se quedó en silencio y se alejó lentamente hasta su habitación.
No le volvieron a ver hasta la hora de la cena. Para entonces, César mantenía la actitud de siempre. Actuaba como si nada hubiera cambiado. Eso sí, evitaba cualquier interacción con Mara que involucrase decir más de treinta palabras seguidas. Nunca dijo nada sobre lo que había ocurrido. Él todavía no era capaz de asumirlo.
Transcurrieron unos dos meses antes de que César pudiera acercarse a su hijo y llamarlo por primera vez por pronombres masculinos. En ese momento se forzaba a hacerlo. No tenía alternativa. Sabía que esa mañana su hijo había iniciado un tratamiento hormonal que cambiaría sus rasgos para siempre.
Esa tarde, César se despidió de su hija, y teniendo un nudo en la garganta recibió a su hijo con más lamento que placer. Esa noche César visitó los álbumes familiares, y al ver las fotos de la infancia de su niña decidió dedicarse a llorar por horas. La pequeña Mara Alejandra ya no existía, ahora tenía un hijo adolescente llamado Julio César.
A pesar de haberse encerrado en su burbuja de soberbia y de haber estado ausente en la crianza de su hijo, él lo admiraba. Muchas personas lo tenían en alta estima, y para su hijo eso lo hacía especial. César era un médico exitoso, respetado, y lo reconocían como un hombre honesto.
Pero César no estaba nada convencido de ser una buena influencia. Había fallado en lo esencial de la labor de un padre y esposo. Eso hizo eco en su mente. Si iba a criar a un hombre, debía criar a uno mejor que él, que su padre, y que todos los predecesores en su familia.
Mientras el cuerpo de Julio encontraba su forma, César encontraba una conexión real con su hijo. Los días pasaban y la relación entre ellos se hacía más fuerte y estrecha. La confianza se hizo amplia, y sin darse cuenta ambos se hicieron verdaderos amigos.
César veía en Julio una oportunidad para ser el padre que hubiera querido tener. Y halló una satisfacción enorme al orientarlo y hacerse un pilar de sus ideas. Cada día el cariño se hacía mayor, y el amor paternal más puro brotó por una nostálgica necesidad de auto-retribución.
Para César, Julio reflejaba su propia juventud y le aportó felizmente su experiencia y sabiduría para ayudarlo a encaminarse hacia su mejor destino. César fue testigo del crecimiento de Julio y un guía fundamental para su desarrollo.
Como él, Julio llegó a sufrir por amar a la menos indicada. Ambos eran fanáticos de los slashers, y solían ver películas en las tardes de los domingos. Ambos disfrutaban del mismo tipo de videojuegos. Se encontraban con frecuencia para escuchar el mismo tipo de música, y se daban a la tarea de contarse anécdotas entre risas.
En algún punto, padre e hijo empezaron a vestir de la misma manera. Cuanto más evolucionaba en su transición, más se notaba que los rasgos de Julio parecían ser una copia exacta de los de César. Su hijo era idéntico a él en cuerpo y espíritu.
No pasó mucho antes de que César comenzara a apreciar y a descubrir en Julio algunas de sus ilusiones. Julio era justo el hijo que él quería tener. Poseía muchas de sus mejores cualidades y muy pocos de sus grandes defectos.
Ese era su mejor legado. El chico que crío se convirtió en un buen hombre. Y nada le hacía sentir más gratitud que tener la oportunidad de verlo cumplir sus sueños. Estuvo allí en su graduación, estuvo allí en su boda, y esperaba tener el tiempo suficiente para estar a su lado en cada momento especial de su vida.
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