Pasé cada viernes de los últimos dos años, volviendo al mismo muelle a las cinco de la tarde, y en cada ocasión ese delfín aparecía. Tengo la costumbre de salir a trotar por toda la costa hasta llegar a ese punto. Entonces, compro un jugo de frutas en la calle opuesta y camino hasta el extremo del muelle para sentarme en el borde.
No me di cuenta de su presencia hasta que él quiso que lo hiciera. Algún tiempo después llegué a pensar que él ya me había visto antes, pero no había llamado mi atención porque yo me perdía observando al horizonte. Ese día lo noté al fin cuando nadó debajo de mí y asomó su cabeza para silbar.
No me cabía duda de que él, con ese gesto, me estaba saludando. Y yo lo saludé de vuelta silbando también. El delfín estuvo un rato nadando y haciendo piruetas, y no dejó de hacerlo hasta que me tocó irme. La siguiente semana, cuando repetí mi rutina y regresé al muelle, volví a verlo. Cuando ocurrió la tercera semana consecutiva, ya era bastante obvio que el delfín llegaba para encontrarme.
Con el tiempo me acostumbré a su presencia y empecé a descubrir que podía comunicarme con él. Era extraño, pero él parecía entender mis palabras y reaccionaba a lo que decía. Cuando empezaba a hablar, él siempre se quedaba quieto, como si me escuchara atentamente. A veces, incluso respondía coherentemente. En una ocasión, halagué su gracia al nadar y él respondió girando y silbando alegremente.
Yo vivo solo y trabajo unas 60 horas cada semana. Tengo muy pocas cosas en mi vida que me hagan sentir emocionado. A estas alturas, incluso sentarme a jugar en la consola se siente vacío. Un día llegué al muelle con un ánimo destrozado. Mi vida se había vuelto tan estresante y deprimente que estaba a punto de llorar en cualquier momento, y mis lágrimas terminaron cayendo sobre él. Ese día, por primera vez, sentí que alguien se interesaba en mis problemas.
No sé explicar lo que pasó, pero nunca me sentí tan cómodo contando mis desgracias. Él era sensible a lo que yo sentía. Hasta me pareció que lloraba conmigo mientras me escuchaba. A partir de entonces, por extraño que parezca, empecé a considerarlo un verdadero amigo.
Cada vez que algo me preocupaba, se lo contaba a mi amigo, el delfín. Él no podía ayudarme ni ofrecerme algún consejo, pero estaba allí; siempre estaba allí. Podía tener la semana más terrible y estar seguro de que el viernes iba a ir al muelle para contarle todo y él me escucharía. Eso me daba cierta calma. A veces ser escuchado es lo único que necesitas para sentirte mejor.
Esta tarde, como cada viernes, fui al muelle esperando encontrarlo; pero por primera vez desde que lo conocí, él no estaba allí. Yo reaccioné sorprendido y preocupado. ¿Qué podía haber pasado? Nunca había conocido a nadie tan puntual ni comprometido. Esperé pacientemente hasta el atardecer, pero él nunca llegó.
Me alejé del muelle con desánimo. Sentía que había perdido algo importante. Regresé a mi casa recorriendo la costa como acostumbraba. Cuando había avanzado unos cien metros, noté a la distancia, en la orilla, una figura en la arena que llamó mi atención.
No pude evitar acercarme al lugar y confirmar lo que creía haber visto. Y una vez allí, rompí en llanto. Encontré a mi amigo el delfín, pero yacía sin vida, con el costado destruido por las crueles aspas del motor de un barco.
No sé nada sobre las rutas marítimas, pero he vivido aquí lo suficiente como para saber que no pasan barcos cerca de la costa. Por eso sé que mi amigo el delfín, con sus últimas fuerzas, intentó volver al muelle para encontrarme una última vez y despedirse para siempre.

