Hace dos días, a propósito de su fecha de muerte (5 de junio de 2008), rendí homenaje al escritor venezolano Eugenio Montejo con un pequeño poema (hace un año había hecho un tributo a su memoria, que pueden ver aquí). Esta vez vuelvo para tratar de uno de sus libros que más me han interesado de su obra en general, no de la estrictamente poética: El cuaderno de Blas Coll.
El cuadreno de Blas Coll, publicado por primera vez en 1981, es un libro transgenérico. Como deja ver el narrador y crítico venezolano Eloy Yagüe en su caracterización de este libro: "Narrativa por la manera en que está estructurado el discurso; ensayo por el basamento conceptual y crítico de su contenido; poesía por el manejo del lenguaje que llega a cristalizar en acertadas imágenes".
Contiene, efectivamente, una reflexión poética acerca del lenguaje y su relación con el mundo, lo que es ya un valor innegable en ese libro, pues necesitamos propiciar el pensamiento sobre el lenguaje, su relación con la ficción, y vincular ambos a la vida, hechuras de esta y del mundo que hacemos y nombramos.
Encontraremos en él dos rasgos fundamentales conjugados: lo lúdico y lo reflexivo, que se manifiestan de varios modos. Por el juego de la ironía, que se presenta generalmente como parodia, y el uso de la intertextualidad. También por la oscilación entre la duda y la certeza. A ello habría que agregar las modalidades textuales que se incorporan y van tejiendo este curioso libro construido fragmentariamente; así hallaremos el diario, las anotaciones, brevísimos relatos, la memoria…
Quizás el elemento más revelador de su carácter lúdico es que se trata de un libro compuesto por un autor (¿Eugenio Montejo?) que reúne y organiza los fragmentos dejados en su cuaderno por un tal Blas Coll. Estamos en presencia de lo que se conoce con el nombre de heterónimo, que no es un seudónimo, sino un criatura de la ficción a la que le dota de personalidad e historia propias. Este recurso lo pondría en práctica el poeta portugués Fernando Pessoa, quien creó alrededor de cinco heterónimos, entre ellos, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro. Así Montejo, en esa línea tan magistralmente trabajada por su querido y semejante poeta, creará, además de Blas Coll, a Sergio Sandoval, Tomás Linden y Eduardo Polo.
Y al modo de lo que hiciera por primera vez en nuestra lengua Cervantes con su novela Don Quijote de la Mancha, que se recordará es supuestamente la versión de unos manuscritos de un árabe, Cide Hamete Benengeli, Montejo, haciendo honor a esa estrategia ficcional, nos entrega un cuaderno escrito por Blas Coll, un supuesto tipógrafo, proveniente de la Islas Canarias, que se asentó en un pueblo costero venezolano llamado Puerto Malo, quiso reformar la lengua, inventó una lengua propia -el colly- y terminó sus últimos años en la mudez voluntaria. El escritor venezolano lo reconoce explícitamente: "Hay un juego de heterónimos, lo que yo llamo una voz oblicua en la escritura. No soy yo el que habla allí, es otra persona, es una máscara con quien puedo a veces sentirme cercano, pero a veces no".
A continuación reproduciré algunos fragmentos de El cuaderno de Blas Coll:
De la presentación:
Tarde, muy tarde han llegado a mis manos los restos del Cuaderno de Blas Coll, cuyos fragmentos más legibles trato de recomponer (…)
Casi todos sus papeles de han perdido, tal vez porque la extrañeza que pudieron despertar (..) invitó a destruirlos por parecer inservibles.
Si hubiese dado al menos con el Diccionario privado que llegó a concluir, o con la adaptación de la Biblia y la Odisea, acortadas en cientos de páginas sin sacrificar una línea de sus textos originales (…)
Me he preguntado muchas veces si Blas Coll fue su nombre verdadero. (…) ¿A qué decir que pudo llamarse de otro modo, que su identidad desemboca, como casi todo lo suyo, en una niebla misteriosa?
Del propio Coll:
Estoy hablando ante el mar, tan vasto y dilatado, y reparo en que lo nombro con una sola sílaba.
La palabra Dios en cualquier lengua tiene a ser monosilábica: su tiempo, su duración es el de un latido del corazón que la pronuncia.
No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: Un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino un sueño.
La lengua es la verdadera piel del hombre.
A una determinada actitud ante el lenguaje corresponde (…) una actividad vital propia que procrea la lengua en el comportamiento de sus hablantes.
Toda frase debe reproducir en su construcción, tanto como sea posible, la forma gravitacional de los astros que conocemos. El sujeto debe rotar como el sol.
Que el sujeto pueda ser su propio verbo y el verbo su adjetivo; una lengua cuyas partes se concreten en la redondez del gerundio.
Lo más hermoso del viento entre los árboles es que, a su paso, prefiera hablar sin ninguna consonante; que sólo se sirva de vocales azules.
"El amor está hecho de monosílabos", advierte con razón el poeta Henri Michaux al elogiar la lengua de los chinos. (…) Reparen, sobre todo, qué lejos de ella se encuentra quien monótonamente confiesa: Estoy enamorado.
Cierro aquí esta entrega acerca de este atractivo libro de Montejo, en el que se nos ofrece una especie de utopía del lenguaje.
Referencia:
Montejo, Eugenio (1983). El cuaderno de Blas Coll (2ª ed.). Caracas: Alfadil Ediciones.