Se acerca el final de esta interesante historia dramática. El soldado Cory Baus continúa intentando llegar a su hogar lejos de la guerra. Pero el conflicto es cruel. Esta historia original del escritor Gheyzer J. Villegas (
) presenta un aleccionador mensaje. Si te perdiste alguno de los capítulos anteriores de esta novela, puedes leerlos en el siguiente menú.
Novena parte...
Una sensación escalofriante recorrió su cuerpo. El soldado Baus se puso de pie en medio del fuego cruzado, los demás integrantes de la división S-OBER lo miraron pasmados cuando comenzó a caminar por la calle con la mirada perdida.
Cory no respondía a los llamados, y parecía inmune a las balas, pues a pesar de la intensa artillería desplegada, ningún disparo impactaba en su humanidad.
Baus solo pensaba en su esposa y su pequeño hijo. En su alucinación, los veía parados al final de aquella avenida, saludando con los brazos extendidos, llamándolo con los rostros sonrientes. Ni el olor a pólvora, ni el ruido de las explosiones le hacían salir de su trance.
Desde un rincón en un edificio cercano, el sargento Alchz alcanzó a verlo y ordenó a uno de sus hombres:
—¡Quita a ese idiota de la calle ahora mismo!
No lo motivaba un sentimiento paterno de protección, tampoco el deber de salvar a un compañero. Alchz no tenía inconveniente con la muerte del soldado Cory a quien consideraba un cobarde. Le preocupaba que sus otros hombres se distrajeran de su objetivo por querer salvarle la vida.
Fue un gran riesgo, pero uno de los escoltas de Alchz alcanzó a Baus y lo arrastró lejos de la línea de fuego.
—¡Despierta soldado! —dijo el escolta dándole una bofetada.
Baus lo miró confundido, saliendo de su alucinación, y tocó su propio pecho ensangrentado.
—La sangre no es tuya, es del médico muerto —aseguró el escolta— Toma esta granada, yo te cubriré hasta que lleguemos detrás de las columnas que sostienen el edificio de enfrente. Allí es donde están las ametralladoras. Los haremos caer.
La granada era una preparación especial, un potente detonante reforzado que Alchz ya había utilizado en ocasiones anteriores con una gran efectividad. La fuerza de la detonación era capaz de derribar un edificio entero. Pero era difícil activarlo a distancia. El soldado que lo usó la primera vez, murió por no alejarse a tiempo del artefacto.
La batalla era cruda y especialmente agresiva. Una lluvia de polvo y humo se esparcía por todo el lugar. Las ametralladoras parecían que no paraban nunca a recargar, y cada vez más cuerpos resultaban caídos en ambos bandos.
Cory y el escolta corrieron para rodear el perímetro, buscando una vía de entrada al lugar donde se escondían los enemigos. La granada especial era algo pesada, Baus apenas podía transportarla debido a sus heridas.
Mientras el escolta marchaba feroz a cumplir los deseos de Alchz, Cory pensaba en escapar aprovechando el ataque como distracción. Pronto se adentraron en un callejón que los llevaría a su objetivo. El escolta se arrodillo para enseñarle a Cory a armar la granada.
—Esto es muy importante, presta atención si deseas vivir. Debes conectar estos dos contactos para cerrar el circuito de la carga, pero debes hacerlo cuando te dispongas a detonarla, son contactos muy sensibles, no queremos que esto explote antes. Luego presionas este botón, es el temporizador que enviará el pulso.
—¿Cuánto tiempo tendré para alejarme antes de que estalle? —preguntó Cory con poco entusiasmo.
—Es difícil saberlo —respondió el escolta— es de fabricación no oficial, usamos lo que conseguimos, así que aléjate rápido una vez la actives.
Con mucha cautela entraron a lo que parecía un sótano abandonado. Dentro estaban las columnas del edifico que el escolta quería destruir. Dos soldados enemigos resguardaban la zona. Al ver a los intrusos, comenzaron a disparar sin miramientos.
Cory se arrojó al piso cerca de un vehículo, protegiendo la granada con su cuerpo. Quería evitar que estallara por accidente. El escolta estaba bien entrenado, realizó una maniobra rápida y sacó de combate a uno de los soldados.
—¡Escúchame Baus! Esas de allá son las columnas que tenemos que derribar. Abre la caja y activa la granada.
Cory se hizo el tonto tratando de unir los contactos. El escolta lo miró enfadado y se movió hasta donde Cory estaba para armar la carga él mismo. Una bala enemiga lo alcanzó en el intento. Cayó tendido cerca de Baus, escupiendo sangre y mirándolo con odio. Con las fuerzas que le quedaban, unió los contactos y activó el temporizador.
—Tienes que llevarla cerca de las columnas del centro, si no las derribas, no saldrás de aquí con vida —sentenció el escolta.
Cory lo miró levantarse con su fusil en brazos, no podía caminar, mucho menos correr; pero era su ultima acción para completar la misión. El soldado enemigo quiso aprovechar para dispararle al verlo de pie, pero expuso parte de su cabeza fuera de su escondite. El escolta no dudó en ponerle una bala en la frente.
—¡Hazlo ahora! —ordenó el escolta a Cory y agregó:— dispones de un par de minutos antes que estalle la granada.
Después de decirle esto, murió. Cory miró la granada y entendió que estaba forzado a deshacerse de ella. Ponerla en las columnas del edificio solo haría que el mismo muriera. Así solo le quedaba buscar una salida y arrojarla a otro lugar donde el impacto no le afectara. Divisó una ventana abierta al final del sótano, y corrió lo más rápido que pudo para lograr su plan.
La ventana daba a un corredor libre que subía del sótano a un recinto en un edificio vecino. Cory pensó que podía arrojarla ahí para que estallara, que eso le daría una oportunidad de salir con vida de la explosión. Llegó al recinto, y arrojó la granada con todas sus fuerzas a través de una abertura en un balcón.
Se volvió para escapar, pero una bala le atravesó la pierna haciéndolo caer. La granada estalló con una fuerza tremenda. Todo el concreto del recinto se fracturó, desplomando la estructura sobre el sodado Baus.
Resultó que ese era el lugar donde realmente se agrupaban las fuerzas enemigas. El edificio anterior era solo un señuelo, ese recinto era el verdadero refugio de las ametralladoras. La granada eliminó la amenaza, acabó con el obstáculo que le impedía al sargento Alchz ganar aquella batalla, también acabó con la vida del soldado Cory Baus.