¡Feliz Navidad, mis queridos runners! Desde que comencé a correr, salir a rodar cada 25 de diciembre se ha convertido en una tradición para mí, y hoy no fue la excepción.
Esta mañana me levanté a las 7:00 en casa de mi madre, disfruté de un desayuno ligero y salí a completar 16 kilómetros por la vía que conduce a Jají. Al llegar a la mitad del recorrido (km 8, con más de 270 metros D+), me encontré con un río, detuve el cronómetro e hice una sesión de crioterapia natural. El agua estaba fría y mis tobillos tardaron más de dos minutos en tolerar la baja temperatura.
Mis piernas aún sentían la carga del fondo de 22 km del domingo pasado, así que esos 15 minutos fueron reconfortantes. Tras esperar un poco para recuperar el tono muscular, emprendí el regreso a casa con una sensación de felicidad infinita.
También quiero compartirles que ayer cumplí con mi trabajo de pista. Admito que sufrí desde la primera hasta la última serie. Mis músculos todavía no asimilaban el esfuerzo de la semana de alto impacto, pero el plan de mi entrenador era el siguiente:
4x1000 metros: (4:40, 4:39, 4:37 y 4:35)
4x500 metros: (2:14, 2:10, 2:07 y 2:04)
2000 metros (a ritmo de umbral láctico): 9:56
Les confieso que en la tercera serie de 500 metros estuve a punto de rendirme, pero mi entrenador dijo: "No, vas a terminar tu trabajo porque puedes hacerlo". Por un minuto dudé y quise rendirme, pero logré hacer los 2 km a ritmo de umbral.
Estoy convencida de que este entrenamiento lo saqué adelante con la mente, porque las piernas gritaban: "¡No puedes!". En esos momentos siempre recuerdo una frase épica que me ayuda a avanzar: "Sin dolor no hay campeón".
Hoy celebro la Navidad con la satisfacción del deber cumplido y con el corazón lleno de agradecimiento. ¡Seguimos!