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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Creo que Dios respondió a mis oraciones cuando asistí a la reunión de té que organizó la duquesa de G después del almuerzo imperial. Ahí se encontraban Gülbahar, algunas damas de la corte y la Gran Concubina. La charla en la reunión fue variada, desde moda hasta política; mientras la duquesa y algunas invitadas charlaban sobre sus maridos, aproveché deslizarle una nota a Gülbahar y otra a la Gran Concubina, a quienes esperé a pocos metros de la zona de reunión.
Una vez ahí, les informé sobre mi descubrimiento. Gülbahar estaba estupefacta mientras que la Gran Concubina, en un tono sombrío, dijo: “Así que hay espías del capitán dentro del harén… Vaya, sabía que Ecclesía lo tenía comiendo de su mano, pero no me imaginé hasta que grado”.
“Borg me confrontó al respecto hace unas horas. Logré desviar las sospechas recordándole que su madre me daba los tés fertilizantes. Hasta me atreví a sugerir que esos rumores podrían ser problemáticos para la familia si escalaban. Para mi sorpresa, me dio la razón… Con su bonito insulto incluido”, comenté.
Gülbahar rio quedamente y exclamó: “¡Si tan solo supiera el idiota que se casó con una magnífica actriz!”
Sonreí ante el cumplido de mi amiga mientras la Gran Concubina dijo: “Zorg tendrá mucho qué responder ante esto… Y sé quien puede sonsacarle información. Mi sobrino se va a divertir con él, sin duda”.
Un escalofrío se produjo entre nosotras ante la alusión de Haeghar. Gülbahar y yo sabíamos que el príncipe no sentía simpatía por Zorg, a quien consideraba una amenaza a sus intereses dada la férrea lealtad a Ecclesía. No quisiera ni imaginarme qué cosas le dirá o hará para humillar a Zorg y recordarle su lugar en el intrincado entramado de la corte imperial.

Caminando por los pasillos, comencé a preguntarme si había hecho lo correcto en informar a la Gran Concubina sobre mis descubrimientos. El mero hecho de que Meleke decidiera involucrar al heredero al trono en este asunto era algo que no había visto venir; pensé ingenuamente que solo iba a investigar por su cuenta a todo el personal del harén, siendo una mujer bastante cuidadosa en todos los ámbitos. Sin embargo, el envolvimiento de Haeghar podría no solo complicar el asunto; sería una demostración de que podría desatarse una lucha por el poder que promete ser un baño de sangre.
“Güzelay, querida, ¿a qué se viene esta soledad tuya ahora?”
Puse los ojos en blanco antes de volverme con desinterés hacia mi interlocutor y responderle: “Capitán Zorg, buenas noches. Andaba regresando de una entretenida reunión de té con la duquesa de G. Supongo que mi marido le habrá informado a sumo detalle”.
Zorg, quien estaba apoyado contra una de las columnas del pasillo, bufó por lo bajo. Con una sonrisa llena de burla, me dijo: “Sí, tu marido me comentó eso, no sin cierto disgusto. Me sorprende que hayas aceptado la invitación de la duquesa, considerando la enemistad que mantiene con Ecclesía y los roces recientes que tuvo con tu suegra. Una tontería lamentable, querida”.
Me limité a encogerme de hombros con desinterés. “No puedo rechazar una invitación cuando se trata de la duquesa. Es una oportunidad tan buena que no me podía permitir desperdiciar. Digo, la duquesa desea limar las asperezas con la querida Ennio, o eso me dio a entender en la plática que tuvimos. Nos vemos en el baile imperial, capitán”.
Pude sentir el peso de su mirada mientras reanudaba mi caminata. Al parecer no esperaba mi actitud y mi respuesta. O quizás sí… Oh, no lo sé. Realmente lo que dijera e hiciera ese hombre a esas alturas me importaba tres mil carajos.
Un año entero soporté sus comentarios mordaces y sarcásticos, varios en referencia a mi familia, a mi raza y a mi planeta; no niego que muchas veces lloré en silencio, que estuve a punto de agarrármelo a bofetadas, de gritarle, de lanzarle cosas. Pero tuve que contenerme y aprender a gestionar mis emociones de modo que dejara de darle una importancia que no merecía ni de chiste; no iba a gastar mi valioso tiempo ni mi sanidad mental con gente como él, que solo se regocija en humillar a los demás con comentarios hirientes, induciendo a algunos a considerar opciones extremas.
Hay cosas más importantes qué hacer que tolerar a un idiota con un ego inflado, como todos los de la corte. Y una de esas cosas es precisamente escapar de este lugar con vida. Confío en Dios que así sea.

El baile imperial es uno de esos acontecimientos en donde la crema y la nata de la sociedad se reúne para mirarse las caras con falsas cortesías y civilidad, ocultando tras aquellas máscaras el disgusto y el desdén que sienten con solo compartir un solo espacio mientras forjan reafirman toda clase de alianzas, así como encontrar la oportunidad perfecta para presumir poder, dinero y esparcir rumores de todo tipo.
Yo estaba de pie en un rincón, observando a los asistentes con atavíos de los más extravagantes. Parecía que me encontraba en una corte europea de siglos anteriores, con sus intrigas cubiertas y una civilidad que podría convertirse en salvajismo en cuestión de minutos.
Algunos grupos charlaban de temas variados, otros danzaban al ritmo impuesto por el emperador y la Alta Concubina, quienes se encontraban en el centro de la pista danzando con la gracia de dos pavos reales enredados en sus plumajes.
¿Y dónde se encontraban mi marido y su familia? Hasta donde alcancé a ver, se mezclaron con los invitados de la fiesta; mi esposo se encontraba con Zorg y otros amigos, mirando con soslayo a Ecclesía (¿cuándo no?), deseando que fuera él quien danzara con ella. Ralna y Ennio charlaban con damas de la corte; el tema más rebuscado quizás sea el de la boda de Ralna, a llevarse a cabo en un par de meses. Niloctetes estaba charlando por ahí, compartiendo sus recuerdos de gloria en aquellas conquistas que le otorgaron el epíteto de “El Fantasma de la Muerte”.
De repente sentí una mano sobre mi hombro. Era Gülbahar, quien tenía una sonrisa de oreja a oreja. Antes de que pudiera decir algo, me pidió que la siguiera; miré de reojo por si alguien nos estuviera viendo. Tras asegurarme de que todo el mundo estuviera ocupado, seguí a Gülbahar hacia el balcón, por cuyas escaleras descendimos hacia el jardín.
“¡Finalmente lo conseguí!”, exclamó mi amiga mientras caminábamos por las sombras.
“¿Qué cosa?”
Gülbahar se detuvo y sacó del bolsillo de su vestido azul oscuro una tarjeta dorada. Yo estaba sorprendida. “¡El permiso de acceso a la biblioteca imperial!”, musité. “¡Oh, Gülbahar, mujer astuta!”
“Eso y una información bastante interesante sobre cómo acceder sin esto”, dijo Gülbahar con orgullo. “Los sirvientes pueden acceder a la biblioteca de forma libre y anónima a través de un pasadizo que está en los jardines. Mi esposo realmente te tiene mucho respeto; le impresionaste con tu conocimiento de arte y literatura aquel día en el museo. Incluso me comentó hace rato que no se explica cómo pudo el emperador entregarte a los Borg habiendo candidatos más acordes a tu educación refinada”.
“No sé si su respeto es genuino o una forma de manipular las cosas contra los Borg, pero de momento aprecio mucho su información”
“Nuestros maridos están enamorados de otras mujeres, Güzelay; el mío al menos se enamoró de alguien que no está buscando alianzas para intentar imponer a su vástago en el trono”.
Reí quedamente mientras nos adentrábamos a un área de los jardines que no habíamos explorado antes. El olor de las flores nocturnas era embriagador, con sus pétalos brillando en medio de la oscuridad. Un olor en particular me hizo detener un momento. Gülbahar se volvió hacia mí, diciéndome que me apure.
“Dama de noche”, murmuré.
“¿Qué?”
Volviéndome hacia mi amiga, expliqué: “Ese olor… Recuerdo que en la Tierra solía percibirlo en el aire desde el jardín de la casa de mi abuela. Nosotros lo llamamos Dama de noche. Es curioso… ¿Hay alguna planta aquí en Saturno que tenga esas mismas cualidades?”
Gülbahar pensó un momento antes de responderme: “Creo que sí. Lo llamamos Cestrum”.
Miré a mis alrededores, buscando el origen de aquel olor, pero Gülbahar sacó de mis ensoñaciones, recordándome que debíamos ir a la biblioteca.

Cuando puse un pie en la biblioteca imperial, mi primer pensamiento fue que me encontraba ante un lugar que parecía todo excepto una biblioteca. Los libros estaban apilados como Dios daba a entender, llenos de polvo y telarañas; información que quizás fuera útil para todo aquél que necesitara resolver sus dudas sobre algo, desperdiciado y menospreciado.
“Ahora entiendo por qué la corte no es muy amiga de la cultura”, me dije a mí misma mientras que, con una lámpara, exploraba aquel lugar desordenado. “Una lástima…”
“¡Güzelay!”, escuché que me llamara Gülbahar, mientras me jalaba hacia ella.
“¿Qué?”
Con el dedo me señaló hacia arriba. Fue entonces que comprendí que estuve a punto de ser atrapada por el lente de un hologramador, el cual giraba de un lado a otro. “Joder… Tienen el lugar hecho un desmadre, pero lo tienen bajo vigilancia”, comenté.
“No son tan eficientes cuando se trata de atrapar intrusos; con solo cubrir el rostro no te podrán identificar”, dijo una voz detrás de nosotras.
Mi amiga y yo nos volvimos, sobresaltadas. De las sombras salió un joven de cabellera castaña oscura, ojos marrones, ataviado con una camisa blanca, pantalones negros y zapatos del mismo color.
“¡Atticus!”, lo reconoció Gülbahar mientras nos acercábamos a nuestro compañero inesperado. “Creí que estabas en la Escuela de Leyes”.
“Todo el mundo lo cree, excepto Héctor”, replicó el joven. Volviéndose hacia mí, me dijo: “Tú debes ser Güzelay, la esposa del general Borg. Yo soy Atticus de Von y Getz, estudiante de leyes y futuro barón de Von y Getz”.
“Encantada”, le respondí con un asentimiento de cabeza mientras le extendía la mano para darle un apretón. El joven, de forma galante, la tomó y la besó en señal de respeto.
“No sabía que el general era un hombre de cultura”, comentó mientras nos miraba a las dos.
“Y no lo es. Estoy aquí sin permiso”, dije.
“¡Je! Me lo suponía. Los Borg no son personas que creen que el arte, la historia y la literatura sean tan dignos de apreciar como la guerra… y el lecho de Ecclesía, en el caso de su marido, me temo. ¿Entraron por el pasadizo de los sirvientes?”
“Ella nada más. Yo entré por la entrada principal. Tengo autorización para llevarme libros de poesía, arte e historia. ¿Y qué hay de ti?”, replicó Gülbahar.
“Recién obtuve el permiso especial para ingresar aquí; ahora mismo voy al área de leyes”.
“¡Justo el área de nuestro interés! Aunque tendremos que figurarnos cómo evadir la vigilancia del hologramador”.
“Y de los robots”.
“¿Robots? ¿Hay robots vigilando este lugar?”, inquirí.
“Solo en el área de leyes, por ser una información valiosa. Lo demás, como puedes ver, está desordenado y polvoriento. ¿Qué libro necesitan? Podría tráerselo”.
“Cualquier código civil o libro de leyes relacionado con el matrimonio, si no es mucho problema”, especifiqué.
Atticus, pensativo, me respondió: “Creo saber cuál les será útil. Esperen afuera, en los jardines, cerca de la fuente. Ahí estaremos seguros”.
Asentí, agradecida, mientras Atticus se adentraba en la jungla de libros desordenados.
Mientras tanto, Gülbahar me explicaba un poco más sobre el heredero de la casa de Von y Getz. El joven tenía la ambición de perseguir una carrera política con la mera y única intención de realizar grandes reformas a algunas leyes que podrían permitir al imperio avanzar hacia lo que él consideraba la modernidad, inspirado en la historia de la difunta emperatriz Ilya.
“Ojalá realmente cumpla con su sueño. Cambiar un imperio no será fácil, menos con gente tan peligrosa como Ecclesía”, dije mientras miraba hacia donde había ido Atticus.
“Sí… Ojalá. Mientras tanto, buscaré algún libro por ahí; necesito justificar mi entrada”.

El libro que Atticus nos llevó a los jardines era un compendio de reformas realizadas en los últimos siglos. Era de tamaño grande, pasta roja, con hojas cafés llenas de letras medianas; algunas páginas tenían las puntas dobladas. Sentándonos en la fuente, Atticus y Gülbahar empezaron a revisar el texto mientras que yo vigilaba que nadie nos viera por aquí. A lo lejos se podía escuchar el baile en pleno auge; quizás en estos momentos mi marido esté persiguiendo a Ecclesía cuan hombre enamorado, diciéndole cuánto la ama, la desea, la extraña, entre otros clichés románticos.
“Vaya, vaya… Esto es interesante”, escuché que dijera Atticus.
Me volví hacia ellos. Marcando algunos renglones con el dedo, el joven comentó: “El imperio tuvo una ley de divorcio durante el reinado del bisabuelo del actual emperador, Botanicus II. La ley decía que cualquiera de las partes podía solicitar el divorcio bajo pruebas de infidelidad e incompatibilidad matrimonial”.
“¿Incluyendo la esposa esclava?”, cuestioné mientras me sentaba junto a Atticus.
“No estoy seguro… A ver…”
Pasando unas páginas, Atticus buscó con la mirada alguna ley relacionada con el matrimonio servil. Un par de minutos pasaron cuando exclamó: “¡Creo que encontramos con un tesoro en información!”
“¿Qué?”, musité con interés.
“El matrimonio servil estaba prohibido durante la época de Botanicus. Era severamente castigado con la muerte para aquellos que recurrían a la práctica. Fue despenalizado por su hijo, Selim IV, y era una práctica exclusiva de la familia imperial. Fue bajo su reinado que se abolió el divorcio bajo excusa de proteger la institución del matrimonio”.
“Vaya… Al menos sabemos quién es el autor de toda esta locura de las esposas esclavas”, comentó Gülbahar con amargura.
Con un asentimiento de cabeza, Atticus puntualizó: “Lo interesante de esto es que Jerjes, su hijo y sucesor, decidió que el harén fuera compartido con las familias militares y nobles, otorgándoles derechos de propiedad sobre ellas”.
Me levanté de la fuente y empecé a caminar despacio, repasando mentalmente la información obtenida. Si mi sospecha no erraba, la difunta emperatriz pudo haber pasado horas y horas en la biblioteca, informándose de todo cuanto podía para redactar las reformas necesarias y restaurar la vieja ley de Botanicus, de modo que las mujeres del imperio fueran libres… Incluyéndose.
Una idea hizo detener mis pasos. Recordé todo lo que se me ha contado sobre Ilya hasta ahora. Si bien la difunta emperatriz pretendía impulsar la ley de divorcio y la anulación del matrimonio servil para garantizar a las esposas esclavas un escape legal y más seguro, sus intenciones iban más allá.
“Santa Madre de Dios…”, musité ante una súbita realización.
Gülbahar y Atticus me miraron con extrañeza. Dirigiéndome hacia Atticus, pregunté: “Dime, Atticus, ¿cuál es la posición legal de los hijos de Ecclesía en la línea sucesoria?”
“¿Posición legal? No entiendo”, me replicó Atticus, extrañado.
“Me refiero a que si tienen derecho sobre el trono. En la Tierra ha habido casos de reyes que legitimaron a los hijos que tuvieron con sus amantes reales; algunos de ellos llegaron a suceder a sus progenitores en el gobierno”.
Acariciándose la barbilla, Atticus comentó: “Ya veo… Bueno, D’leh es el segundo en la línea sucesoria por decreto imperial, pero esto es una excepción a la ley que rige sobre los derechos de los hijos de amantes imperiales. Normalmente el emperador puede reconocer al hijo como suyo, más no puede situarlo en la línea sucesoria debido a que habría conflicto de intereses…”.
“A menos que la emperatriz no engendre más hijos y el único descendiente legítimo falleciere o sea destituido como heredero por el propio emperador”, añadió Gülbahar, pensativa.
“Algo así”.
Desvié mi mirada por un momento antes de emitir la siguiente declaración: “Ilya quería reformar las leyes para liberar no solo a las esposas esclavas, sino también a ella misma… y de paso a Haeghar”.
“¿A Haeghar? ¿Por qué?”, cuestionó Gülbahar.
“Quizás yo pueda responder esa pregunta”, dijo una voz.