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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Un mes y medio pasó desde aquella carta. El general Borg no me volvió a enviar ningún regalo, o una carta en donde explicara su obsesiva afición por Ecclesía, la favorita del emperador. Supongo que eso era normal para esa gente, y sinceramente para mí era lo mejor. Lo que menos querría era ser seducida con segundas intenciones, tal y como le sucedió a la condesa de O, según supe.
La pobre mujer fue seducida por su marido y muy mimada por la familia de éste durante todo el primer año del matrimonio; cuando nació su primer hijo, esa felicidad poco a poco se convirtió en calvario. El conde y su familia poco a poco empezó a retirar sus atenciones a lo largo los siguientes cuatro años del matrimonio conforme iba pariendo más hijos. Ella se resistió a creer lo que muchas le habían dicho en el harén cuando le dijeron que podrían deshacerse de ella una vez que diera a luz a la descendencia de su amo; pensó que ese hombre la amaba, que la familia abogaría por ella para que la liberaran de su condición y volverse a casar ya como mujer libre. Pero pronto se dio cuenta de la realidad de cruel y despiadada de su vida; que ella era solo una máquina para hacer hijos, quienes pronto eran criados por niñeras e institutrices mientras que a ella la empezaron a tratar como si fuera una más del servicio.
El conflicto con mi futuro suegro en aquel baile imperial fue, por decirlo de otro modo, el punto final a aquella vida tormentosa. Por lo que algunos eunucos, con quienes trabé amistad, pudieron averiguar, la desafortunada condesa fue enviada a un burdel, propiedad de la familia, un par de semanas después. En cuanto al conde, éste no se volvió a casar; no tiene interés en ello. Para él, los hijos que tuvieron en común fueron un deber que solo cumplió.
Su historia se convirtió para mí en un recordatorio de que la alta sociedad saturnina es narcisista hasta la médula, con esa obsesión con el poder rayando en lo peligroso, capaz de sacrificar todo con tal de tenerlo todo.
En ello estaba pensando esta mañana mientras caminaba con Gülbahar y la Gran Concubina en los jardines del palacio. Gülbahar había sido pedida como esposa para el sobrino de la duquesa de G, el archiduque Héctor de Von. Según mi amiga me contó, la duquesa quedó demasiado encantada con ella, sobre todo porque Gülbahar también hizo bien su papel de mujer inocente e ingenua, pero muy bien informada sobre la familia de Von. Ambos se casarían en dos meses, por lo cual para nosotras nos veríamos en los lados opuestos de la moneda, debido a la enemistad mortal existente entre la duquesa y la Alta Concubina.
En estos momentos ejercíamos como damas de compañía temporales de la Gran Concubina, puesto que solía otorgarse a las mujeres próximas a casarse.
Gülbahar y yo a veces hablábamos por las noches junto con otras mujeres del harén sobre cómo escapar. Coincidíamos que escapar del palacio era un reto imposible; todo el maldito lugar estaba vigilado por los guardias, quienes no dudarían en matarnos si nos vieran rondando por ahí. Aquilla nos dijo que esa era una orden directa del emperador, pues muchas habían intentado huir solo para regresar como cadáveres.
Todas convenimos que nuestra mejor oportunidad de escapar sería a través de la lectura y la investigación de las leyes saturninas relacionadas con el matrimonio, con la esperanza de encontrar al menos un hueco legal que nos permitiera escapar de ese infierno. Por desgracia, el acceso a la biblioteca imperial, ubicada en el ala este del palacio, solo estaba permitida a los miembros de la corte. Las esposas esclavas solo podían acceder a ella siempre y cuando obtuvieran el permiso del patriarca o de la matriarca de las familias que las adoptaran, y que los temas no estuvieran relacionados con la ley y la política. Por lo tanto, se descartó ese lugar como un medio de investigación, quedándonos con las bibliotecas públicas como las opciones más viables.
Para sorpresa nuestra, la noche anterior nos enteramos por medio de una sirvienta del harén, quien tenía un amigo dentro de una biblioteca pública, que los libros de leyes son material exclusivo de la biblioteca del palacio y de la Gran Escuela de Leyes.
Cuando decidimos hablar de ello con la Gran Concubina hace unas horas, ella nos confirmó que, en efecto, los libros de leyes estaban restringidos a los miembros de la corte y a los futuros abogados. Cuando le pregunté por qué no se le debería permitir a una esposa esclava conocer la ley, la respuesta fue honesta: porque para la alta sociedad saturnina, la esposa esclava es una figura sin valor que no merece ni siquiera conocer las leyes.
Aquello hizo que mi sangre hirviera como la lava de un volcán. No solo estaban forzándome a contraer matrimonio con un maldito hijo de puta obsesionado con una tipa que busca imponer a su hijo en el trono, no solo nos ven como seres desechables una vez que les damos hijos cuyos derechos son nulificados. También nos restringen el acceso al único modo de defender nuestra dignidad como seres humanos, y pisotean el derecho del pueblo a su propio bienestar respecto a la ley y a la política.
En pocas palabras, el emperador le teme a un pueblo que supiera defenderse de sus abusos. Le tienen miedo a que alguien se atreviera a cambiar el estatus quo, a que desafíen su rancia autoridad.
Pensándolo muy bien, esa era la razón por la cual Ergane dio carpetazo a la muerte de su esposa y recompensó al hermano de su amante oficial. La difunta emperatriz sabía que un pueblo informado era capaz de exigirle a su gobernante resultados, algo que no podría hacer un pueblo ignorante. Y si descubrió a la amante oficial de su marido en asuntos bastante turbios con el conocimiento de este último, con mayor razón había decidido actuar.
Al no haber tantas opciones disponibles, las mujeres del harén decidimos no solo seguir el consejo de la Gran Concubina de no darles herederos, sino también el consejo de Haeghar de obtener información de las familias que nos adoptaran.
“Vaya… Ahí viene esa altiva de Ralna y su gran amor”, dijo la Gran Concubina con menosprecio mientras veía acercarse, desde lejos, a la aludida acompañada de un hombre de alta estatura, cabellera rubia, ojos azules oscuros y una armadura delgada. En su cinto llevaba una espada de éter. Apenas nos vieron, los dos enseguida hicieron una reverencia. Nosotras de inmediato miramos hacia abajo, un signo de sumisión ante un miembro de la familia imperial, aunque con los oídos muy abiertos. Teníamos que permanecer así incluso ante miembros de la corte.
En la jerarquía imperial, las concubinas del harén estábamos solo por encima de los sirvientes del palacio. Por encima de nosotras estaban los miembros de la corte, quienes a su vez responden a la familia imperial; dentro de esa jerarquía, Ecclesía, como Alta Concubina, estaba por debajo de Meleke dado que no era miembro de la familia imperial a pesar de ser madre de príncipes. Sin embargo, a Meleke le importaba un carajo esa parte del protocolo de las miradas bajas. Siendo la hermana menor del emperador y la encargada del harén, ella tenía el permiso de romper dicho protocolo, de ahí que nos instó a levantar el rostro con un chasquido de dedos.
“Capitán Zorg. Supongo que está disfrutando en este momento de su tiempo libre con su prometida”, comentó la Gran Concubina con fría indiferencia mientras observaba a una Ralna nerviosa que tenía la mirada hacia abajo en señal de respeto.
“Su Alteza”, respondió el hombre con solicitud mientras se incorporaba. “Solo escoltaba a la joven dama Borg de vuelta a su residencia; había venido a ver a su hermano y a la Alta Concubina”.
“Espero que la visita haya sido provechosa”.
“L-lo fue, Su Alteza”, respondió Ralna mientras se incorporaba un poco. “Güzelay, un placer verte”.
“Igualmente, señorita Ralna. Espero que se encuentre bien de salud”, le respondí con toda la cortesía que pude, siempre cuidando mis palabras y con muchas ganas de ignorar a Ralna de la misma forma que ésta me ignoraba en las pocas veces que nos encontramos en estos lares.
La Gran Concubina la miró con una mezcla de desinterés y apatía. “¿Y cómo está su hermano, dama Borg? Supongo que está teniendo a alguien de la familia o a algún especialista ocupándose de los preparativos de la boda”, preguntó.
“Mi… Mi madre es quien se ocupa de ello, Su Alteza. Quiere que todo sea perfecto y a la altura de lo que se exige de los protocolos…”
“Mientes”, le cortó la Gran Concubina de forma áspera. “No he visto ningún avance. Si fuera verdad lo que me dices, hasta tu prometido lo habría notado”, le cortó Meleke con una calma que daba escalofríos a cualquiera.
Zorg tragó en seco, pero no intervino para defenderla; era probable que supiera que no era su lugar hablar por Ralna en un asunto que no le concierne en lo absoluto. Gülbahar y yo, mientras tanto, nos manteníamos rígidas, observándolo todo sin poder intervenir. No pude evitar sentir compasión por Ralna; parecía que su altivez característica se había escapado por la ventana al enfrentarse a una Meleke dispuesta a destrozar a toda su familia con un solo pisotón.
“No entiendo la premura de tu padre por casar a una de las jóvenes del harén que recién llegaron; si esperan que todo esto lo pague la familia imperial, entonces no han entendido su lugar en la jerarquía de esta corte”.
“Su Alteza, le aseguro que lo que le digo es la verdad…”, rogó Ralna. “Es… Es solo que mi madre olvidó por completo informarle de sus avances. Yo se lo había recordado hace una semana. L-le aseguro que no entiendo qué pudo haber pasado”.
“Yo creo lo contrario”, intervino una voz.
El príncipe Haeghar se acercaba a nosotros acompañado de un pequeño grupo de sus amigos. Tras nuestro saludo protocolario, Haeghar se volvió hacia Ralna y le dijo: “Ralna, querida, ¿no le has dicho aún a mi tía que tu madre le está informando de todo a la Alta Concubina?”
La mirada de Meleke se ensombreció mientras que Ralna, horrorizada, intentó balbucear algunas palabras de justificación. Zorg quiso intervenir, pero la mirada de Haeghar le detuvo.
Yo estaba confundida. Tenía entendido que a Meleke se le debía de informar de los avances de los preparativos de todas las bodas relacionadas con las mujeres del harén. Ecclesía no tenía autoridad ni voz en ese aspecto, puesto que no era la jefa del harén; por el contrario, Ecclesía le debía respuesta y respeto a la autoridad de Meleke. Cualquiera que sea la razón por la cual Ennio estaba pasándose por el arco del triunfo el protocolo sin duda podría ser cosa de Niloctetes; el viejo resentido aún no olvidaba el jalón de orejas de la Gran Concubuna, tanto de forma privada como de forma pública en la corte. Sin embargo, debía considerar también la posibilidad de que la Alta Concubina haya metido mano también en este asunto, pues se rumorea por el harén que cada día ganaba más poder e influencia, llegando al grado de que su opinión pesaba por encima de los demás miembros de la familia imperial, en especial de Meleke.
Contemplé con detenimiento la escena. La Gran Concubina, con furia contenida, miró a Ralna de arriba abajo, mientras decía: “Supongo que Ecclesía tiene mucho interés en la boda de su idiota favorito con la virgen del harén”.
“Su Alteza, le aseguro personalmente que la matriarca Borg está en la disposición de informarle de su avance. Yo mismo escuché que estaba preparando un informe para entregárselo a usted la semana entrante. ¡Puede preguntárselo al general!”, intervino Zorg.
“¿Al padre o al hijo?”, replicó Haeghar con fría tranquilidad.
Zorg se quedó callado mientras que Haeghar se volvió hacia la Gran Concubina y le dijo: “Mi querida tía, es evidente que mi padre ha cometido un lamentable error en compensar a los Borg con una mujer que no tiene experiencia en el terreno del amor. Conozco a algunos interesados en la bella Güzelay que podrían presentar mejores credenciales. Gente que conocen su lugar dentro de la corte y que no están bajo el influjo de la Alta Concubina”.
La tensión estaba en el aire. Gülbahar y yo contemplábamos la escena con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Joder, ni siquiera en los mejores dramas coreanos había experimentado tantas emociones en un solo momento como ahora. Mientras tanto, Meleke miró a Zorg y a Ralna de arriba abajo, como si los estudiara de forma detallada; la hermana de mi futuro esposo temblaba del horror al darse cuenta de que había incurrido a la furia de la hermana del emperador, dejando en entredicho la reputación y el honor familiar.
“Dile a tu madre que espero su informe mañana al amanecer. Si no la veo ahí, no tendré de otra que informar al emperador que anule el compromiso. ¿Me entendiste, Ralna Borg?”, dijo la Gran Concubina con una voz firme y tranquila.
“¡Sí, Su Alteza! ¡Y una vez más, mis disculpas por este penoso malentendido!”, exclamó Ralna, atemorizada, con una reverencia antes de marcharse con Zorg detrás de ella.
Los observé desde la distancia, reflexionando con detenimiento todo lo que ha pasado.
La mirada de Ralna parecía genuinamente de alguien que se sentía acorralada cuando había sido atrapada con las manos en la masa. Bien pude intervenir por ella, pero mi instinto, ese en el que siempre mi padre me pidió que confiase, me instó a la prudencia; desconozco si los Borg solo estaban probándome para ver cómo actuarían después de la boda, o si estaba la mano de Ecclesía en esto. Sabía que Meleke desconfiaba por completo de Ecclesía y que ésta poco a poco crecía en poder e influencia al grado de intervenir en asuntos que no le concernían, incluyendo mi matrimonio con su amante.
Si Niloctetes le pidió ayuda a Ecclesía o desplegó su lealtad completa hacia ella, sin duda el pasar sobre la autoridad de Meleke fue la prueba definitiva.
“Si la duquesa de G se entera de esto, de seguro se intensificará más el drama”, escuché que me dijera Gülbahar.
“Ni que lo digas, amiga mía. Ni que lo digas…”, repliqué, pensativa. “Aunque creo que los Borg ya eligieron un lado en esta lucha por el poder. Y nosotras estamos en medio de ello, por desgracia”.

“¿Creen que Ecclesía intente arrebatarle el harén a Meleke?”, cuestionó Aglaia esa noche, mientras nos amontonábamos en el área donde dormíamos Gülbahar, Fennah y yo.
“Es probable”, respondí en voz baja. “Lo que sucedió esta mañana es una prueba de ello. Los Borg están apoyando a Ecclesía al informarle a ella y no a Meleke sobre los avances de la boda”.
Todo estaba oscuro, con la brillante luz de las lunas como únicas fuentes de iluminación. A estas alturas del partido, todas ya estaban enteradas del acontecimiento gracias a los chismes y rumores esparcidos por todo el palacio. Algunas empezaron a imaginarse la regañina que Ralna recibiría de Ennio, Niloctetes, y su propio hermano al haber expuesto a la familia. Algunas hasta se burlaron de ella sin compasión; su altivez no la ayudó ni siquiera a enfrentarse a Meleke con dignidad, haciéndole ver como la cobarde que realmente era.
“Habría que ver cómo se portará Ennio mañana y cuál será la reacción de la Gran Concubina ante semejante desplante”, puntualizó Gülbahar. “Estoy segura de que Meleke le exigirá al emperador que mantenga un ojo en Ecclesía y solicite castigo a los Borg por saltarse las reglas”.
“De nada le servirá. Ecclesía lo tiene tan embrutecido que hará caso omiso a su hermana”, respondió Hattie. “Un eunuco me dijo esta mañana que la duquesa de G se quejó ante el emperador por la agresión de la princesa Oranna a una sirvienta suya. Ecclesía, quien estaba ahí, le respondió que la sirvienta había recibido castigo porque no le había dado reverencia. La duquesa le dijo que su sirvienta sí le había dado la reverencia y que había testigos del incidente, hasta un hologramador. Aún con todo y pruebas, el emperador no hizo nada”.
Varias murmuraron entre sí, sorprendidas ante el relato de Hattie. Fennah, preocupada, musitó: “Definitivamente hay que largarnos de aquí, y con vida de ser posible. Esta mierda puede explotar en cualquier momento”.
“He observado con detenimiento los pasillos y las salidas. Es imposible. Hay muchos hombres armados”, comenté. “Incluso los jardines están fuertemente custodiados hasta de noche, según me comentó la Gran Concubina”.
Algunas se acercaron a las ventanas y levantaron levemente las cortinas; una de ellas caminó presurosa hacia el resto y comentó: “Güzelay tiene razón. Hay guardias dando sus rondas en estos momentos…”.
“¿Pero qué está sucediendo aquí?”, nos interrumpió una voz.
Era Ursus, uno de los hombres de confianza de Zambo, quien entró por un pasadizo cuya entrada se abría solo por dentro. Tenía una lámpara de éter en mano. Aglaia, quien era amiga de Ursus, se acercó a él y le susurró algunas palabras en el oído. Ursus nos miró a todas por un momento antes de dirigirse hacia las puertas para colocar y encender un silenciador.
Volviéndose hacia nosotras, apagó su vela de éter, se acercó y nos dijo: “Tengan cuidado con sus murmuraciones, muchachas. Los guardias allá afuera podrían estar escuchándolo todo con solo pegar sus oídos. Algunos de ellos son informantes de algún noble, en especial de esa Ecclesía. Ahora, hijas mías, vuelvan a la cama. Mañana sin duda será un día bastante agitado”.
“¿Por qué?”
Con un suspiro, Ursus explicó: “Por lo que supe de algunos sirvientes, el emperador está furioso con los Borg por no haber informado a la Gran Concubina sobre los avances, como dicta el protocolo. Incluso mandó a llamar a la Alta Concubina y al viejo Niloctetes para confrontarlos delante de la Gran Concubina”.
“Supongo que lo negaron por completo, como suele suceder”, dijo Fennah.
“El príncipe Haeghar estaba también presente, Fennah. No se atrevieron a negar nada. La Alta Concubina se disculpó con la Gran Concubina por no haberle informado antes del incidente, pues ella había creído que la matriarca de los Borg había cumplido con esa parte del protocolo”.
“Como siempre, intentando salvar su asqueroso culo”, dijo Aglaia.
“¿Y cómo reaccionó Niloctetes?”, pregunté, ansiosa.
“El viejo sin duda estaba aterrorizado ante lo que había hecho su esposa. Le rogó al emperador y a la Gran Concubina su perdón por el penoso malentendido, y le prometió a la Gran Concubina que al amanecer su esposa la verá, tal y como lo había demandado por medio de su hija Ralna”.
“Al parecer Ecclesía no es tan poderosa como lo creía”, dijo Hattie.
“No te confundas, Hattie. Ecclesía es demasiado astuta, al igual que Niloctetes. Los dos saben cuál es su juego, y la Gran Concubina también lo sabe. Ahora, hijas mías, vayan a dormir”.
Todas nos retiramos a descansar, con el pensamiento de que el siguiente día quizás defina mi futuro con esa familia. Ruego a Dios que la boda no se efectúe, y de ser ese mi destino, que al menos me otorgue la fuerza para soportar esa vida que no le desearía a nadie.