Capítulos
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Dos meses y medio pasaron desde el desayuno.
Decir que era un evento incómodo y desagradable era lo menos que podía calificar al encuentro con una familia que me va a “acoger”, por no decir a ignorarme desde el día uno de matrimonio. Bajo la máscara de falsa cortesía fingieron curiosidad por conocerme, pero sus comentarios y su desinterés, así como sus insinuaciones me dieron a entender una sospecha que la Gran Concubina también notó: yo solo era necesitada para dos cosas, la reproducción y como chivo expiatorio por si algunos planes que tengan en mente les sale mal.
Como mejor pude, seguí el consejo de Haeghar. Fingí ser una inocentona, una boba manipulable que podría servir de bufona; los agarré con las manos en la masa con el mismo disfraz que el emperador romano Claudio utilizó bastante bien junto con sus delimitaciones físicas hace siglos atrás. Por supuesto, no faltó mi pequeña ocurrencia de lanzar una pregunta maliciosa deliberadamente disfrazada de curiosidad inocente: ¿qué pasaría con la Alta Concubina una vez que nos hubiéramos casado? Esa pregunta estaba acompañada de la pequeña excusa de la imagen pública que tendríamos como pareja ante el emperador.
Mientras me daba un baño, empecé a reflexionar sobre ese detalle en particular. La pregunta fue demasiado incómoda para todos, en especial para el general, quien no supo cómo contestar mi pregunta de forma adecuada. Su madre y su hermana, Ennio y Ralna, me lanzaron una sutil mirada de molestia, como si les indignara que cuestionara la vida personal del general; el viejo Niloctetes se limitó a sonreír, pero no tuve dudas de que me habrá insultado mentalmente por mi “atrevimiento inocente”.
Una vez terminado el desayuno, Meleke me dijo que no me volverán a ver hasta el día de la boda. Incluso me hizo una observación que anoté en mi mente: que no hiciera preguntas sobre las vidas personales de los miembros de la familia, pues me considerarían como alguien peligroso para sus intereses y cualquier plan que tuvieran en mente.
Incluyendo una conspiración.
También me instó a seguir el consejo de su sobrino Haeghar, quien me pedía que tuviera cuidado con mis respuestas y reacciones ante los Borg en cualquier suceso, así como protegerme de Ecclesía, los hijos de ésta, y de Ik’r Zorg, capitán de la guardia. De ser dable, que fingiera inocencia delante de la corte entera y que tuviera en mente que tendré que enfrentarme a una vida de dolor y sufrimiento ante el maltrato que padeceré en sus manos desde el primer día; sin embargo, sabía que la espera por escapar valdría la pena.
Con un suspiro, me dejo caer en el diván y empiezo a peinarme el cabello con los aceites esenciales que me habían traído las sirvientas del harén.
Fingir algo que no soy en pos de la supervivencia. No me agrada la idea, pero viendo que me encuentro en este hervidero de serpientes venenosas y en medio de una lucha política por el trono, siento que sería lo mejor.
“Dama Güzelay”, escuché que me llamara un eunuco, quien se había parado junto a mí quien sabe en qué momento. En sus manos traía una carta sin remitente. Extrañada, le agradecí por su diligencia y le dije que podía retirarse. Una vez sola, abrí la misiva y empecé a leerlo.

Querida Güzelay:
No me equivoqué contigo al creer que eres una mujer demasiado inteligente y peligrosa para esa familia. No eres alguien que se deje engañar fácilmente por las más caras de la falsa cortesía; de forma astuta has jugado el papel magnífico de una mujer inocente e ingenua, ocultando tras de sí a una mujer que sabe seguir los consejos adecuados.
Debido a que en dos meses y medio te casarás con Borg, debo darte cuatro consejos.
El primero: mantén tu papel como una mujer tonta y no le procures heredero alguno a los Borg. Sé que mi tía Meleke también te procuró este último consejo, por lo que te insto a seguirlo. Las razones de esta petición son simples: Niloctetes sabe que un hijo ilegítimo de la Alta Concubina podría ser más útil y valioso que un hijo tuyo, quien solo sería un peón más en el juego del poder; el niño podría ser usado como moneda de intercambio por favores especiales y exclusivas de la familia por parte de la Alta Concubina a manera de chantaje. Tu hijo, además, no recibiría de su propio padre el amor y el afecto que sí recibiría el que tuviese con esa mujer, por lo que sería fácilmente desechado al igual que tú.
Si llegas a quedar embarazada, has todo lo posible por ocultar el embarazo y huir de tu matrimonio a la primera oportunidad con la criatura. Acude al Convento de Las Nornas, ubicado en los confines del último anillo de Saturno; ellas te protegerán a ti y al infante, así como te procurarán una forma de huir del imperio en secreto. Tienen relaciones secretas con varios enemigos del imperio, por lo que si puedes recabar información sobre los Borg fingiendo ser una tonta, mucho mejor para ellos.
El segundo: en dado caso de que la familia Borg se involucre en una conspiración contra el emperador o contra mí, su heredero, infórmame y abandona de inmediato el palacio, acudiendo siempre al Convento de Las Nornas para salir del imperio. Todavía tengo en cuenta las palabras que dijiste el día previo al desayuno con los Borg, y no dudo que ellos podrían cometer semejante acto de traición.
Esto me lleva al tercer consejo: Si alguna vez asistes a la cacería imperial anual en la luna Titán, y te abandonan a tu suerte, no regreses al imperio. Preferible que te den por muerta a que regreses. Titán es una jungla muy peligrosa, y necesitarás de todo tu valor y tu valentía para atravesarlo y escapar. Algunas tribus de esa luna tienen nexos particulares con piratas y con los orionianos, rivales del imperio saturnino, a quienes les sería muy útil toda información que poseas del imperio.
Mi último consejo es que cuides tus espaldas de cualquier miembro de la corte y no desesperes. Suena fácil de decir, pero no debes desesperar si la situación se vuelve asfixiante. Veo en ti a una mujer fuerte y valiente; sé que no te rendirás fácilmente. En cuanto a los miembros de la corte, de quienes debes cuidarte más es de Ecclesía, mis cuatro medios hermanos y el capitán Zorg, el mejor amigo de tu futuro esposo. Sé impredecible con ellos y no caigas en sus provocaciones.
Grábate en tu mente estos cuatro consejos y quema esta carta, pues se supone que no debo mediar en asuntos ajenos, especialmente de quienes tengo cierta rivalidad.
Cuídate.
Con sincero respeto,
Haeghar.

Levanté la mirada, pensativa.
Las razones del primer consejo me parecieron en su momento contradictorias. El viejo no era tan tonto como para chantajear a la Alta Concubina sin consecuencias; de hecho, sé por Meleke que Ecclesía suele cuidarse tomando tés anticonceptivos y abortivos cada vez que visita los lechos de sus aliados. Además, Niloctetes no iba a aceptar por nieto a un descendiente ilegítimo de la Alta Concubina, en especial si sabe que su propio vástago no es un tipo muy discreto en sus amoríos; pondría en peligro a toda su familia solo por ese detalle, pues representaría un desafío directo al emperador y pondría en duda la legitimidad de los cuatro hijos que tienen en común.
Sin embargo, Aquilla me advirtió desde el primer día que no todo es lo que parece en la corte saturnina. Por lo tanto, no puedo desestimar ese primer consejo, no sabiendo que Niloctetes es un anciano zorro y muy colmilludo en asuntos de la política.
Ahora, el tercer consejo me llamó la atención. Titán… Esa luna que brilla más que las otras dos que aparecían en el cielo saturnino, tan grande y redonda que me recordaba a la luna de la Tierra. Nunca me imaginé que algo así de brillante pudiera albergar vida.
Si en la Tierra supieran esto, se llevarían grandes sorpresas, pensé mientras me acomodaba en mi lecho y observaba a dicha luna, cuya luz entraba en la ventana.