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Imagen editada con Canva. Fuente de la imagen: Pexels
Me siento en el lecho, vestida solo con una bata de tela delgada, perfumada con almizcle de flores raras. Las sirvientas, diligentes y silenciosas, me ayudaron a prepararme para la gran noche de bodas; una de ellas me ofreció una taza de té “tranquilizante”, del cual Haeghar me aconsejó beber para salvaguardar las apariencias, ante la posibilidad de que sea una droga para adormilarme durante el proceso. Gracias a Dios no era una droga en sí, pues ayudó a relajarme; sin embargo, necesitaba estar preparada para soportar la tortura de ser tocada por un hombre que seguramente se imaginaría estar con otra mujer.
Durante la espera, mi mente divagó en las lecciones de historia que solía impartir con mis alumnos de la preparatoria, así como en las biografías que escuchaba de vez en cuando mientras almorzaba con mi familia. Las mujeres que pertenecían a las altas cúpulas de la sociedad tenían la fortuna de nacer con cucharas de oro, pero muy pocas eran realmente felices con sus cónyuges mientras que otras eran tan desgraciadas que ni el marido se les podía acercar debido a que les caía mal o simplemente porque preferían estar con la amante.
Me acordé de María Josefa de Baviera, la segunda esposa del emperador José II del Sacro Imperio Romano Germánico. El hombre estaba despechado por la pérdida de su primera esposa, además de no encontrarla atractiva físicamente. La pobre mujer fue ignorada por completo por su marido, muy a pesar del argumento absurdo de que ella, siendo una mujer de naturaleza gentil que lo amaba, merecía todo el respeto del mundo.
De repente unos murmullos interrumpieron mis pensamientos.
Levantándome del lecho, me acerqué a la puerta lentamente y pegué mi oído a escuchar lo que decían conforme se acercaban.
Al principio no podía distinguir qué tanto decían; pensé por un momento que quizás estarían hablando de la grandiosidad de la boda y de lo agotador que fue para ellos estar de aquí para allá. Sin embargo, cuando se detuvieron frente a mi puerta, una de las voces se elevó un poco más, diciendo: “Pobrecita. Si supiera que su marido no vendrá…”
“¡Shhh! ¡Podría escucharte!”, le calló la otra voz.
“Está en su derecho de saberlo. Es su esposa”.
“Pero el amo pidió encarecidamente que no se le dijera nada”.
“¿Por qué no? Preferible que sepa que se largó con su amante…”
Los dos continuaron discutiendo un largo rato sobre el tema, intentando deducir cuáles son los motivos por los cuales decidiera recurrir al lecho de Ecclesía. El de la primera voz dijo que el general no tenía mucha paciencia para una mujer virgen dada su afición al sexo rudo, por lo que Niloctetes y Ennio lo dispensaron esta noche a cambio de que se asegure de no dejar preñada a Ecclesía, ahora que ya tenía una esposa que pudiera asegurar el legado familiar.
Sin embargo, fue su compañero quien hizo un señalamiento que me presentó un panorama sombrío respecto a mi existencia: “Creo que olvidas algo, Yago: ella no es una mujer libre. Es una esposa esclava, y esas pobres mujeres lamentablemente no tienen derechos; ni siquiera podrá ver a sus hijos una vez que dé a luz. Otra cosa sería si fuera una mujer libre proveniente de una familia poderosa; entonces ahí sí el general tendría que renunciar a sus amoríos con la Alta Concubina si quiere evitarle problemas a su familia”.
“¿Y qué si es una esposa esclava, Yoros? Merece al menos enterarse en dónde está su marido en este momento. Eso y saber que será vendida al prostíbulo del conde de O en tres años luego de parir los herederos que la casa de Borg requiere para su legado”, resopló Yago.
Aquellas palabras me dejaron helada del pánico. “Tres años…”, musité.
“¡Shhhh! ¡Te he dicho que no hables tan alto!”, protestó Yoros.
Los dos continuaron discutiendo mientras se retiraban de los pasillos, uno quejándose de las protestas del otro.
Mi cuerpo temblaba mientras una mezcla de horror, dolor y rabia estaba apoderándose de mí. Sentía cómo el aire me faltaba, al grado de que estuviera a punto de desmayarme en el camino hacia el lecho. Con mucho esfuerzo me senté en la cama e hice una serie de ejercicios de respiración, tratando de poner paz a mi mente y reducir la horrible opresión que estaba formándose en el pecho.
Tras un momento de esfuerzo por calmarme, empecé a analizar de forma detallada la situación actual.
Para empezar, me encontraba en una carrera contra el tiempo. Los Borg me tendrán por tres años antes de venderme al conde de O. Ignoro si hubo un trato previo entre ellos con la venia del emperador o es el plan que Niloctetes, Ennio o los dos concibieron para mí, pero lo urgente ahora es evitar esta tragedia.
Debo encontrar el modo de ganarme al menos el aprecio de los Borg, convencerlos de que les convengo más siendo libre que siendo una prisionera. ¿Pero por dónde empezaría?, y sobre todo, ¿con quién empezaría?
Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro.
La primera fuente de información son los sirvientes de la residencia Borg y los del palacio. Podría interactuar y compilar información que me ayudara a conocer mejor a esa familia en todos los aspectos, tanto en términos de debilidades como de fortalezas. Sin embargo, debo ser muy cuidadosa, pues no todo sirviente puede ser de fiar; cualquiera podría denunciarme a los Borg o, peor aún, a Ecclesía, quien no dudaría en decirle a mi marido que ando metiendo mis narices en sus asuntos.
Me dirigí hacia la ventana. Las lunas saturninas brillaban en todo su esplendor, en especial Titán, la más grande de ellas. Lunas bellas, brillantes, acompañadas de todo un séquito estelar. Me pregunto si la Tierra se encuentra entre ese séquito. Mi hogar, tan lejano y a la vez tan cercano… Al menos en mis pensamientos.
Espero regresar a mi hogar. Espero volver a ver a mis padres, a mi hermano y a mi abuela. Espero regresar a mi vida, a aquella que me fue arrebatada por esos traficantes intergalácticos. Por ellos he de luchar; debo encontrar una forma de regresar a la Tierra sin verme perseguida por el imperio; necesito aliados, información, medios de escape.
Pero debo ir paso por paso. Primero, debo pensar en quiénes podrían ayudarme a escapar sin ser vista de este planeta; por obviedad, no puedo confiar en los nobles de la corte, excepto en Gülbahar, quien pronto se casaría con el archiduque de Von. Ella es saturnina, pero vivía en Neptuno antes de llegar al harén. Sus padres eran granjeros; vivían en una villa, vendiendo frutas y verduras en el mercado. Tenía un novio, Iskender, con quien estaba a punto de casarse. Por desgracia, él falleció junto con sus padres durante un enfrentamiento contra los guardias imperiales, quienes exigían los tributos anuales, los cuales incluían la entrega de sus hijas al harén imperial para que “sirvieran al imperio”.
Semejantes palabras, dichas por Gülbahar con una mezcla de dolor, rabia y odio en mi última noche en el harén, me hicieron pensar en la historia de la Tierra. Los romanos obtenían esclavos a través de la conquista y de los tratos comerciales con traficantes a su servicio; les daba igual si sus víctimas provenían del África o de la Galia mientras cumplieran con sus tareas para las clases altas. Los otomanos también hacían lo propio, aunque las mujeres eran su principal blanco a razón de que éstas eran necesarias en el harén.
Los saturninos no son distintos. Ellas reclaman tributos, se apropian de las hijas de sus súbditos para convertirlas en esposas esclavas. Y si piden a mujeres de otros mundos, quienes mejor que los traficantes intergalácticos para hacer el trabajo sucio.
Pensándolo con mayor detenimiento, la emperatriz Ilya, quien era hija del depuesto rey Venetos de Neptuno, buscaba combatir ese destino. Por ello quería implementar la ley de divorcio y el cierre definitivo de los conventos prisión, así como eliminar la figura del matrimonio servil, los tributos humanos y criminalizar los prostíbulos de los nobles, según me contaron algunas sirvientas. Ella quería rescatar a las mujeres, indistintamente si eres saturnina, neptuniana, jupiteriana, plutoniana, uraniana, terrícola o de otro mundo; ella quería justicia para todas aquellas que lo perdieron todo.
Hablando de Ecclesía, la Gran Concubina me narró, durante la celebración de despedida la noche anterior, cómo es que Ecclesía llegó a ocupar su puesto de Alta Concubina.
Miembro de la aristocracia rural saturnina gracias a la dedicación de su familia al comercio, Ecclesía Padernelis llegó a la corte como dama de compañía de la madre de la duquesa de G. Para ese entonces, Ergane recién había sido coronado emperador y había desposado por la fuerza a Ilya. Ergane se encaprichó tanto con Ecclesía que la hizo su amante, nombrándola Alta Concubina; Ilya desconfiaba por completo de ella desde un principio, pero no podía hacer nada contra los deseos de un emperador acostumbrado a que nada se le negase.
Pronto los Padernelis empezaron a acumular un poderío social y comercial sin precedentes gracias a los exclusivos contratos que el emperador les otorgaba, originando enemistades con otras familias aristocráticas y de la corte. La Madre Emperatriz Adelaide, famosa por su sabiduría y su visión política, veía en Ecclesía y su familia a gente particularmente peligrosa, sobre todo después de que se aprobara la ley de los conventos prisión, impulsada por esa familia, bajo la vaga excusa de “proteger la institución matrimonial” y “castigar a los que debilitan dicha institución obligándolos a dedicar sus vidas en adoración a la Madre de Luz, Madre de Sombra”.
La Madre Emperatriz, devota ella misma de la diosa, sospechaba que algo turbio se estaba gestando con la creación de esa ley, pues ya existían conventos y templos dedicados a la diosa, cuya adoración era libre y voluntaria. Estos lugares representaban una salida legal para terminar con un matrimonio forzado sin problema alguno, en especial para las esposas esclavas cuyas familias decidieran otorgarles la libertad con solo enviarlas allá y cubrir los gastos de su marcha a sus lugares de origen, o que ellas mismas, en su huida, recurrieran a la Ley de la Anulación al pisar los suelos de los conventos y los templos.
Con tal de ayudar a su nuera a promover aquellas leyes y minar la influencia de los Padernelis, la Madre Emperatriz inició en secreto una investigación en contra de los Padernelis y de aquellas casas nobles y militares que les apoyaban, en especial aquellas familias que eran dueñas de prostíbulos en el imperio, con la ayuda de una vasta red de espías. También investigó a los amantes de la Alta Concubina, incluyendo a mi marido y al prometido de Ralna, el capitán de la guardia. Por lo poco que Meleke me pudo contar, su madre falleció de supuestas causas naturales al año de haber iniciado la investigación; un par de años después Ilya fue asesinada. Para Meleke y compañía, sus muertes tenían un mensaje bastante claro: que no se metieran en sus asuntos.
Acomodándome en el lecho, pensé una vez más en mi situación. No tenía muchas opciones; si quería ser libre sin ser perseguida por el imperio, debo fingir que soy una mujer tonta e inocente, una más que podrían usar a su antojo. Mientras esté bajo ese disfraz, buscaría aliados dispuestos a ayudarme; sin embargo, debo ser cuidadosa, pues no todos los sirvientes son de fiar.
Podría empezar con el tal Yago, aunque desconozco por completo su apariencia. No creo que el hombre haya dicho las cosas que dijo sin razón; en su tono de voz podía notar una intención. ¿Era de buena fe o tenía motivos ulteriores?, ¿acaso actuaba por su cuenta o Ecclesía quiso mandarme un mensaje de superioridad?
“Esto va a estar muy cabrón”, musité mientras cerraba los ojos.