Hoy salí a correr. En el plan decía 17 kilómetros, pero el cuerpo, la mente y el corazón me llevaron un poco más lejos, casi 20. La ruta fue hacia Plaza las Américas, con un sol fuerte, insistente, de esos que no dan tregua y te obligan a escuchar cada señal del cuerpo. No corrí sola. Me acompañó mi querida Jazmin, aun cuando ella tenía que hacer más kilómetros; decidió hacer al menos esta parte conmigo, aunque no llevaos el mismo ritmo, sabíamos que íbamos juntas en la ruta.
Hoy el equipo no entrenó. Hay días en los que la vida se atraviesa, en los que la situación política del país pesa, afecta rutinas, agendas, ánimos. No somos ajenos a eso. A mí, particularmente, esta realidad me genera ansiedad, me pone nerviosa, me sacude por dentro. Pero si algo he aprendido es que el running se ha convertido en mi refugio, en mi medicina más honesta. Cuando todo afuera parece inestable, salir a correr me devuelve un poco la calma.
Me sentí súper bien durante casi toda la ruta, aunque no voy a negar que en los últimos dos o tres kilómetros el cansancio se hizo muy presente. El calor, el trasnocho, el contexto país… todo suma y, de alguna manera, siempre termina pasando factura. Aun así, salí a disfrutar mis km y cumplir con la tarea impuesta por el entrenador.
Hoy confirmé algo que ya sabía: el running es una de las formas que tengo para regular mi estado de ánimo, para bajar la ansiedad y la zozobra que genera esta situación que no controlo. No gasto mis energías en lo que no está en mis manos, aunque sea importante. He aprendido a soltar lo que no puedo controlar y a aferrarme a lo que sí. Y una de esas cosas es correr, porque a través del running puedo elegirme, sentirme bien y volver a mí.
Dato curioso: tuve que resetear el reloj porque no me estaba marcando bien y medí cuenta cuando ya llevaba 3k 🫠🫠
La felicidad no necesita filtro