Hoy fue uno de esos entrenamientos que, aunque no salen exactamente como están escritos en el plan, terminan dejando aprendizajes mucho más profundos. La pauta era clara: casi 20 kilómetros en zona 2, ritmo controlado, paciencia y cabeza fría. Sin embargo, desde temprano mi cuerpo tenía otros planes. Después del kilómetro 5 me di cuenta de que, a pesar de bajar el ritmo, la frecuencia cardíaca no lograba regularizarse en esa zona. En vez de frustrarme, tomé una decisión consciente: soltar el reloj y correr por sensaciones.
A partir de allí mantuve un ritmo bajo, escuchando mi respiración, sintiendo cada paso y conectándome con mi cuerpo. En el kilómetro 7 me encontré con un compañero, el señor Tomás, y desde ese punto hasta llegar a la plaza, casi en el kilómetro 20, corrimos juntos. Fueron kilómetros llenos de conversación y humanidad: hablamos de la vida, de amores y desamores, de la infancia, de las decisiones que tomamos, del día a día, de mi decisión de ser trail runner, de sus hijos y también de la enfermedad y la muerte de mi papá. Una charla profunda, sincera y muy sanadora.
Durante todo ese tramo mantuve la frecuencia entre zona 3 y 4. No era lo indicado por mi entrenador, pero llegué tranquila, sin dolor en el pie derecho que me ha estado molestando, y con una sensación de disfrute que pocas veces se logra. Tomé un gel en el kilómetro 10 y, al llegar, le expliqué todo a mi coach. Me preguntó cómo me sentía, y la respuesta fue simple: bien. Estiramos, tomamos fotos y regresé a casa a descansar. El resto del día fue para recuperar, bajar revoluciones y prepararme para comenzar mañana nuestra semana de Navidad. Un entrenamiento distinto, pero muy valioso.
La felicidad no necesita filtro