Este fin de semana tuvo de todo un poco, de esos que te llenan el corazón y las piernas al mismo tiempo.
El sábado arranque con el reconocimiento de ruta del chequeo que tenemos el próximo fin. Karla y yo fuimos con el Capi, listas para ver qué nos espera. Y la verdad… la ruta está fuerte. Un desnivel interesante, de esos que te hacen negociar contigo misma a cada paso. Sabemos que nos vamos a medir con corredoras durísimas del trail, gente con mucha experiencia. Nosotras apenas tenemos un año en esto, somos novatas todavía, pero vamos sin expectativas, con humildad y con ganas de saber en qué punto estamos. Más que competir, queremos aprender y crecer.
Hice un pequeño paréntesis del running para algo totalmente distinto, pero igual de especial. Me fui con dos amigas a una actividad de pintar en lienzo para celebrar el Día del Amor y la Amistad. Fue una experiencia hermosa. Teníamos que plasmar algo que representara el amor… y yo pinté la montaña, el Ávila. No sé explicarlo del todo, pero para mí el amor también se siente ahí, en ese verde inmenso que me abraza cada vez que subo, en esa Cruz que me recuerda lo pequeña que soy al lado de su grandeza, pero que en las noches decembrinas, nos guía y acompaña.
Y para cerrar este fin de semana de amor, hoy domingo volvimos a la montaña: 10K por corta fuego, trabajando en zona 2. Troté, caminé, troté, caminé… incluso me tocó parar para que bajara la frecuencia. La instrucción era clara: la mayor parte en zona 2. Disciplina antes que ego. Y al final, objetivo cumplido. Terminamos felices, cansadas y agradecidas. Así se construye esto, paso a paso.
La felicidad no necesita filtro