Cada vez que la miro se siente igual que contemplar el amanecer. Cuando termina la madrugada y todo se ilumina, empiezan a cantar los pajarillos y el cielo se pinta de rojo y dorado. El color me brinda una calma psicotrópica, y el bostezo de la ciudad precede la hora del desayuno.
En ese momento, aunque sea por un instante, mi día se hace feliz. Es una constante que disipa las sombras y el silencio. No importa cuan breves sean los trinos y el arrebol, siempre volverán a visitarme a la mañana siguiente.
Ella es sublime como ese instante. Ya la he visto muchísimas veces, y todavía me sigue fascinando como la primera. Esa sensación de calma y alegría de una luz que supera la oscuridad a la que siempre vuelvo, es igual a la que siento cuando me dedico a mirarla.
He pasado incontables horas haciendo eso, mirándola, y creo que ha valido cada segundo. A veces me siento incrédulo porque una belleza como la suya, tan abrumadora, parece una fantasía. Pero sé que ella es muy real. Cada uno de sus detalles es una maravilla que se puede comprobar.
Son reales las nubes rojizas que la coronan; son reales sus labios de ópalo rosa; son reales sus ojos almendrados y las perlas de su contagiosa sonrisa. Es real su rostro alucinante y mis ganas de besarlo cada vez que lo veo. Ella es real como el sentimiento creciente que produce con su dulzura.
Y si mirarla llega a causarme tanto regocijo, llevar la experiencia al tacto se me hace la gloria absoluta. Yo la quiero entre mis brazos y asegurar que sea mía; poder susurrarle los «buenos días», y olvidarlo todo, salvo mi afortunado presente existiendo entre sus brisas.
Yo elijo mirarla por su hermoso paisaje y por el brillo que me conforta. Ella no lo sabe todavía, pero se ha convertido en mi lugar más seguro. Es por su cariño que me siento motivado y bendecido. Cada nuevo despertar es un encuentro con una apacible dosis de su atención.
Ella está determinada a querer sin límites, pero su amor ha sido tan desdeñado que ya no sabe qué sentir. Ella a veces es un espejo, y de tanto mirarla terminé aprendiendo mucho sobre mí mismo.
He visto en ella mis amores estériles y mi alma rota por decepciones. Ella está cansada de dar más de lo que recibe. Lo entiendo. Las cicatrices curan endureciendo la piel, y su piel está llena de marcas que no la dejan sentir como quisiera hacerlo.
Como todo cielo herido, ella suele ensombrecerse y es invadida por la lluvia. Nos hemos encontrado en tiempos de tormentas que afectan su costa y la mía. Pero nada me desviará de este camino hasta su colorido Oriente. Sé que cuando nada cubra su exótica belleza, yo habré conquistado la puerta del sol para que siempre me mire de vuelta.