Había una sombra melancólica
sobre una alfombra de hojas marchitas.
Aleteaban a mi paso las gráciles hadas
y las aves me saludaban con sus trinos.
De cada lado del valle
se alzaban montañas de esmeralda
con destellos primaverales de oro y aloque.
El camino parecía serpentear hasta el infinito.
Mis ojos deslumbrados se regocijaron
con el arrebol de una tarde moribunda.
Estaba arrebatado por la belleza a la vista,
pero en el corazón germinaba un mal augurio.
“Sigue al trote, Celerino.
La noche casi nos arropa”.
Nada puede ser tan hermoso sin esconder algún peligro.
Mis sentidos agudos y mi mano en la empuñadura
no esperaban con incertidumbre
sino con la certeza de que una emboscada
rompería con la falsa calma de aquel lugar maldito.
Y los trinos cesaron de súbito
dejando la compañía de un sutil viento sereno
que arrullaba el andar de Celerino.
Del sol quedaba apenas un rastro de brillo.
Entendí rápidamente que estaba atrapado
y debía enfrentarme en un duelo a muerte
con aquello que estaba al asecho
en esa sierra que se deslustraba a mi paso.
Hubo un reptar estrepitoso
y antes de que pudiera reaccionar
mi noble corcel recibió el impacto.
Fui derribado y quedé besando el pasto agrio.
Una gota de sangre bajó de mi mejilla hasta mis labios.
Gruñí, sentí temor, pero expresaba pura ira.
Mi armadura pesaba más que nunca
y supe entonces que solo me hacía estorbo.
Alcé la vista, me erguí en alerta,
y desenvainé con brutal furia.
La bestia volvió a mí, se alzó con un rugido,
y ante su embestida ataqué, luché, y puse fin a mi temor con firmeza.
Su sangre salpicó mi rostro y escuché un quejido…
Miré esos ojos profundos que hacían eco de las estrellas.
Finalmente, con espanto y dolor,
descubrí la verdad que no había entendido:
Ella nunca fue raptada, ella se había convertido en la bestia.