Al día siguiente, a la hora del desayuno, los Eisenberg casi no podían creer lo que los Müller contaron acerca de la celebración de la noche anterior. El líder supremo del nacismo, la razón por la cual estaban confinados dentro de un sótano casi todo el tiempo, había ido a Ragweed a celebrar el nombramiento de Schneider...
—¿Se dan cuenta de lo que eso significa? —preguntó Noah.
—Con su presencia le ha dado una importancia inconmensurable —respondió Franz.
—Y pensar que solo fue por insistencia de su «amiguita» Eva. Estarían aburridos de permanecer en su trono del olimpo —respondió Hanna con ironía.
—De todos modos no creo que vuelva por allá —comentó Angelika, sirviéndose café.
—Él no pero Schneider sí —contestó su marido—, y también vendrá por acá, según dejó claro ayer.
—¿Y acaso no piensa ocupar su cargo? —preguntó Benjamin molesto.
Ese hombre ya lo tenía harto.
—Sí, desde luego que sí, pero le han dado unos días para estar con su familia —explicó Hanna.
Benjamin ya había terminado de desayunar y solo se estaba bebiendo el café, no obstante la simple mención de Schneider en la mesa le quitó las ganas de continuar allí, así que se disculpó y se levantó para regresar a su refugio del sótano.
—¡Ben! —lo llamó Hanna, abandonando la mesa también para ir tras él, pero Benjamin le hizo señas para que lo acompañara y así poder conversar a solas mientras la familia terminaba de desayunar.
—Sabes que él no aprovechará esos días precisamente para estar con su familia, ¿verdad?
Hanna no contestó, así que su marido le tomó la barbilla con delicadeza para poder mirarla a los ojos.
—Cielo... dime la verdad... ¿Qué te dijo anoche? ¿Siguió con sus insinuaciones?
—Ya no son insinuaciones, Benjamin —reconoció Hanna muerta de miedo—. Confesó que yo le interesaba y quiere venir a verme en estos días, pretende cortejarme pero...
—¡Lo sabía! —exclamó Benjamin con un gesto de impotencia—. No podrás rechazarlo —dijo con los ojos húmedos de rabia—, terminará llevándote con él. Si eres lo que desea no descansará un solo segundo hasta tenerte.
—¡No! Yo no quiero —espetó ella con voz firme, tomando el rostro de su marido para mirarlo directamente a los ojos—. Prefiero mil veces morir que irme con él, ni siquiera soporto la idea de que le agrado, me parece una pesadilla. ¡Ni pensarlo!
—¿Y si encuentra alguna forma de doblegarte? Si descubre que tú y yo... podría ser tu fin, Hanna. Si lo hace, si nos descubre, yo asumiré toda la culpa, diré que te obligué a resguardarnos y que tus padres no sabían nada o...
—¡No digas eso! Nadie va a descubrirlos, no tienen por qué hacerlo y en todo caso mis padres y yo asumiremos lo que haya que asumir —respondió ella prendiéndose a su cuello nuevamente.
Ese día, afortunadamente ni Schneider ni ninguna otra persona fue a perturbar la paz de la familia, así que Hanna se dedicó de lleno a enseñarles la tabla de multiplicar a los gemelos. Jared dominaba todas, pero a Joshua le costaba demasiado memorizar la del ocho y la del nueve, así que la maestra se había visto en la necesidad de recurrir al recurso infalible de canciones cuya letra consistía en rimas divertidas, alusivas a las tablas de multiplicación, y al parecer estaban dando resultado.
—Hmmm ¿lo ves? No es nada difícil —dijo Hanna, revisando el cuaderno de tareas de Joshua.
—Lo es, lo que sucede es que recordé la letra de la canción porque tengo buena memoria —respondió el niño.
Todos rieron con el comentario.
—Algún día, si Dios lo permite, ustedes dos llegarán a ser músicos o actores de cine —comentó Judith mientras doblaba la ropa para guardarla en los cajones.
—¿Imaginas a estos dos en el cine? —respondió Noah—. Me apunto como su representante artístico. He leído que la madre de Shirley Temple siempre fue su asesora, desde que ella era una niñita, y gana mucho dinero.
—Sí, pero ahora tiene dieciséis años y no es tan popular como antes —comentó Hanna—. Aunque estos dos son todavía más talentosos que ella, ¿eh?
—Gracias, tía Hanna —dijo Jared haciendo una reverencia para agradarla.
Benjamin se levantó de la cama donde había estado terminando de escribir un poema, y se dirigió hacia el medio de la habitación donde se agachó y comenzó a levantar la alfombra y posteriormente algunas tablas sueltas del piso.
—¿Qué haces, cariño? —preguntó su esposa con curiosidad, ubicándose junto a él.
En ese momento ella se dio cuenta de que el espacio debajo de las tablas que Ben había retirado era grande, tanto que permitía guardar algunas cosas. Allí estaban los candelabros menorah y Januquia respectivamente. Benjamin, hizo un poco de espacio con las manos e introdujo la libreta con los versos recién escritos.
—Es nuestro escondite, lo descubrimos hace poco, tu padre dice que allí solía guardar su dinero tu abuelo y pues... ahora nosotros lo usamos con el mismo fin. Tenemos las joyas de mamá, el dinero y los candelabros que logramos rescatar de casa la noche... esa noche.
—Esta pesadilla va a pasar algún día, ya verás que sí —dijo Hanna con una sonrisa mientras lo ayudaba a volver a colocar las tablas y la alfombra en su lugar.
—¡Oigan! —exclamó Noah con la oreja pegada a la radio, elevando la mano izquierda para llamar la atención mientras con la derecha movía el dial para sintonizar mejor la emisora y regular el sonido, debido a que, por razones obvias, no podían escucharlo más alto.
Todos dejaron lo que hacían para prestarle atención.
—Tal parece que el Reich está debilitándose pues las tropas alemanas han perdido extensiones agrícolas y recursos en Europa oriental, incluso el petróleo de Rumanía.
—Entonces habrá más racionamiento y escasez —dedujo Joseph con voz meditabunda.
—Sí, las cosas no pintan fáciles pero de seguro los que más sentirán esas consecuencias son los civiles —dijo Benjamin—. A los nazis no les falta ni les faltará nada.
—¡Ya apártense de esa radio! No quiero escuchar nada de eso. ¿A nosotros qué más nos da?
—Vamos, Deborah, tenemos que estar informados —respondió su marido.
Al día siguiente, antes de marcharse al trabajo en la escuela, Hanna le mostró con orgullo a su marido algunas rosas que había tomado del rosal del patio para trasplantarlas a una maceta. Su intención era darle un poco de color y alegría al sótano.
—¿Son de las que ustedes plantaron aquella vez? —preguntó Joseph analizando las hermosas rosas rojas.
—Sí, papá —respondió Ben con emoción—, ¿no son hermosas?
—Desde luego, fueron cultivadas con cariño.
—Y muy bien cuidadas. Ben me enseñó cómo hacerlo. Éstas las trasplanté yo sola, se verán hermosas aquí —dijo mientras las colocaba en una mesita del sótano—. Ahora debo irme o se me hará tarde para llegar a la escuela.
—¡Adiós, amor! —se despidió Benjamin mirándola partir con su maletín en mano.
—¡Adiós, tía Hanna! —se despidieron los gemelos al unísono.
—Enséñales la canción de la tabla de multiplicar a tus alumnos —aconsejó Joshua—. Conmigo dio resultado.
—Son alumnos más pequeños que ustedes, cariño, así que por ahora solo aprenden a leer, escribir, sumar y restar.
—¡Qué suerte tienen! —comentó el chico.
Hanna se apresuró a marcharse y afortunadamente llegó a tiempo a la escuela. Tuvo una buena jornada de trabajo como siempre, aunque a la hora del recreo prefería estar sola en su salón de clases, corrigiendo trabajos, que junto a sus colegas que no hacían más que comentar sobre la guerra. Algunos decían que los campesinos la pasaban muy mal, que el Heer, es decir, el ejército alemán les robaba los cultivos para cubrir su propia demanda y que si el ejército rojo lograba traspasar las fronteras no les iría mejor con ellos.
A la hora de la salida, cuando Hanna se disponía a regresar a su casa pues ya no era necesario que fuese a diario al restaurante a ayudar a su padre, debido a que ahora había más empleados que antes, la mujer se encontró frente al colegio a Dedrick Schneider esperándola en su auto.
—¡Sube, te estaba esperando! —dijo—. La mujer de Liebehenschel me dijo que eres la maestra de su sobrina, me dio la dirección y aquí estoy. ¿Tienes hambre? Podemos ir a Ragweed a almorzar.
La expresión entre sorpresa y miedo dibujada en el rostro de Hanna no complació a Schneider desde luego, pero intentó disimularlo.
—No, yo prefiero ir a casa, ya no voy tan seguido a Ragweed.
—Entonces iremos hasta tu casa —respondió Dedrick insistente.
Ella subió al auto con aire resignado.
—Estás más hermosa que nunca, Hanna ¡Me encanta el perfume que usas! —dijo acercándose para aspirar la fragancia antes de poner en marcha el auto. Ella retrocedió un poco en el asiento y él, notando su incomodidad quiso disculparse para tratar de enmendar su imprudencia—. Perdona si te importuno con mi actitud, es que no puedo evitarlo... me atraes como un imán.
—Ya hablamos sobre esto, Coronel Schneider.
—Sí, desde luego que hablamos y recuerdo perfectamente haberte dicho que no pensaba desistir, ni lo pensaré jamás, además, comienzo a odiar tu trato frío e informal conmigo. ¿Podrías al menos llamarme por mi nombre de pila? Tan solo te pido eso, Hanna.
Ella no respondió, se quedó mirando sus manos entrelazadas sobre el maletín, de modo que el hombre insistió.
—Me gustaría escucharte mencionar mi nombre —dijo tomándole la barbilla.
—De acuerdo... Dedrick, yo...
En ese momento él no escuchó nada más que su nombre pronunciado por esa hermosa voz, sonaba tan bien, era como música, sin embargo, después de pasado el efecto comenzó a ser consciente de los argumentos que la mujer ponía de por medio para justificar su tajante negativa.
—Mientras dure esta situación yo no tengo cabeza para nada más que mis alumnos, es necesario mantener a los niños ocupados y aislados de los horrores de la guerra.
—A mi lado no te faltará nada, Hanna. Si te casas conmigo podrías seguir con tu profesión, podrías enseñar a los hijos de...
—¿No le parece que está yendo demasiado rápido, Coronel? —preguntó la mujer volviendo a la formalidad.
—Estoy dentro del límite permitido —respondió él malinterpretando la pregunta a propósito, mientras señalaba el marcador de velocidad en el tablero del auto.
—Me refiero a su propuesta —respondió Hanna.
Él sonrió.
—No tengo mucho tiempo, Hanna, pronto debo regresar a Polonia.
—Coronel Schneider...
Él la miró con contundencia para darle a entender que no soportaba su formalidad.
—Dedrick.
—Así está mejor.
—¿Por qué te cuesta entender que no deseo casarme?
—¿Conmigo?
—Con quien sea, la situación está muy difícil y debo confesar que estoy angustiada.
—¿Por qué? —preguntó él mientras disminuía la velocidad ya que se estaban acercando a la casa—. No tienes razones para estar angustiada, afortunadamente estás en el bando correcto, perteneces al lado fuerte y sólido de la contienda.
—Sí, pero hay constantes amenazas de invasión a nuestro país. Dicen que hemos perdido recursos y...
—A ustedes jamás les faltará nada y menos ahora que he logrado una posición aún más relevante —la interrumpió Dedrick con la mirada seria, llena de orgullo mientras se bajaban del auto—. Herr Himmler confía en mí y lo que es mejor, el propio Führer me vio con buenos ojos. No es fácil que él salga de su búnker, Hanna y sin embargo estuvo en mi celebración.
—Fräulein Braun lo convenció ya que estaba aburrida —le recordó Hanna, pero él parecía obnubilado con sus recuerdos.
—Lo importante es que se llevó una buena impresión de mí, y a propósito... ¿te fijaste en lo bien que se ven juntos Fräulein Braun y el Führer? Ella lo ama y le transmite toda su...
—¡Mamá, ya llegué! —gritó Hanna al llegar a la puerta de la casa, haciéndole una seña con la mano a su compañero para pedirle que aguardara un segundo—. ¡El coronel Schneider tuvo la amabilidad de traerme!
—¿No tienes llave de tu casa? —preguntó él un tanto extrañado.
—Salí tan apresurada esta mañana que las olvidé.
A partir de allí y mientras estaba en sus días libres, Schneider se aseguraba de buscar a Hanna todos los días para llevarla hasta su casa, a veces se desviaba hacia una heladería o simplemente la llevaba a la plaza para pasear. La pobre se sentía completamente invadida y asediada por el recién ascendido oficial, y solo deseaba que se marchara de una vez por todas.
Para colmo, uno de esos días, cuando Hanna llegó a la escuela, la directora la sorprendió solicitando su presencia en su oficina para anunciarle que, muy a su pesar, se había visto en la necesidad de despedirla, y las razones para el hecho no sonaron convincentes. Esta nueva situación desde luego llenó de tristeza y desconcierto a la pobre muchacha que tanto amaba su profesión.
—No lo entiendo ¿qué sucedió? —quiso saber la maestra.
—Son órdenes superiores, Fräulein Müller. Al parecer están haciendo recortes en el presupuesto debido a... ya sabe, la guerra. Se están haciendo ajustes en el presupuesto porque se necesitan recursos...
—Pero... ¿qué sucederá con mis alumnos entonces? ¿A quién más despidieron?
La mujer respondió con un encogimiento de hombros sin mirarla a los ojos, estaba enfrascada revolviendo un montón de papeles sobre su escritorio.
—Ellos estarán bien, no se preocupe, Fräulein Müller, reubicamos a los niños en otros cursos con otros docentes.
—¿Quién más fue despedido? —insistió Hanna mientras se secaba con rabia una lágrima rebelde.
—Ahora tengo demasiado trabajo y le ruego me disculpe.
Hanna llegó a su casa con la moral por el suelo y aunque se prometió no llorar, no pudo evitarlo al ver a su mamá que le preguntó por qué había regresado tan temprano a casa. Ella no quería contagiar de su tristeza a los Eisenberg, así que decidió no bajar al sótano por un buen rato cuando al menos ya se hubiese mermado toda la ira que sentía. Su madre le dio una infusión de valeriana para calmar sus nervios y Hanna lloró tanto, acostada sobre su cama que se quedó dormida.
Para colmo, en la noche Dedrick visitó la casa de los Müller, pero afortunadamente fue a despedirse pues al día siguiente, muy temprano, partiría en el primer tren hacia Polonia.
Al enterarse del porqué del semblante decaído de Hanna, el hombre lamentó la noticia con una actuación tan falsa que a ella y a su madre no les quedó duda alguna de que había sido el causante de la injusticia. Ambas eran lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de que, de forma sutil, él comenzaba a manifestar sus influencias, y al analizar con más detenimiento sus conversaciones, Hanna puedo deducir que lo que él quería era dejarle una razón menos para rechazarlo, pues ya no tenía la escuela y sus amados niños en los que enfocar su atención.
—Voy a extrañarte ahora más que nunca, Hanna —dijo el hombre en el umbral de la puerta aquella noche después de cenar en la casa—. Seguiré escribiéndote y en cuanto tenga oportunidad de venir, no lo pensaré dos veces.
—Aquí tienes —respondió Hanna, devolviéndole la gorra que él había colgado en el perchero.
—Por ahora, una vez más, el deber me espera en Polonia y tengo que llegar organizándolo todo en mi nuevo trabajo. Tengo que entrevistarme con los guardianes, dar un recorrido por las instalaciones y poner en orden lo que haga falta, pero... no dejaré de pensar en ti un solo instante —concluyó antes de inclinarse sobre Hanna y, sin darle tiempo a ella de reaccionar, le robó un beso.
Fue un movimiento tan rápido y certero que a ella no le dio tiempo de reaccionar, y cuando lo hizo ya había pasado. La sonrisa descarada en el rostro del militar le dio a entender que no se arrepentía y que por el contrario, su accionar no era sino la demostración de que no pensaba aceptar negativas.
—Eso es para que no puedas olvidarme mientras estoy lejos —dijo el hombre sin dejar de sonreír.
—Fue un atrevimiento —se quejó Hanna con el ceño fruncido sin poder evitar el reclamo.
—Solo me dejé llevar por mis sentimientos —respondió Schneider, volviendo a acercarse a ella para tomar sus manos.
—Estamos en el umbral de la puerta, esto perjudica mi reputación —le recordó la muchacha para intentar persuadirlo.
—El que se atreva a decir cualquier cosa que te perjudique, lo pagará caro —respondió él con cierto brillo en sus fríos ojos grises que la hizo estremecer—. Lo que siento por ti es más que una simple atracción. ¡Te amo, Hanna! Quería que lo supieras antes de marcharme.
—Me siento halagada por tu declaración... pero no puedo corresponderte —dijo al fin la mujer, decidida a ponerle fin al asunto, pero él no estaba dispuesto a ceder, y lo que más sacaba de quicio a Hanna, era que Schneider tenía una forma desquiciante de ejercer su voluntad, simplemente se hacía el desentendido.
—Por los momentos —respondió volviendo a sonreír mientras le acariciaba el rostro—, pero ahora podrás meditar y pensar en lo que te he dicho, ya que permanecerás más tiempo en casa.
Por un momento Hanna estuvo a punto de decirle que no estaba derrotada, que se dedicaría de lleno al restaurante de su padre, ya que le habían negado la posibilidad de ejercer su profesión, pero afortunadamente se contuvo por temor a que luego se la tomara contra Ragweed.
—Yo nunca me rindo y ahora menos —susurró el hombre mientras se acariciaba los labios—. ¡Hasta luego, Hanna! Espera mis cartas y llamadas. Después de que ponga en orden todos los asuntos que tengo pendientes, me dedicaré de lleno a mi vida privada y entonces vendré a buscarte.
—¡Adiós! —se despidió Hanna muy seria al tiempo que el hombre besaba el dorso de su mano.
—¡Hasta luego! —respondió el oficial antes de abordar su auto y marcharse rumbo a la casa de sus padres.
Al día siguiente abordaría el tren que lo llevaría directamente a su nueva morada, Auschwitz, un lugar que ya era considerado por sus prisioneros como el infierno en la tierra, pero que estaba a punto de ser regentado por un demonio mucho más cruel e inhumano.
Dedrick estaba loco de felicidad, se sentía pleno, no solo Himmler y el Führer habían asistido a su fiesta de ascenso, sino que había terminado confesándole a Hanna lo que sentía por ella y para colmo la había besado...
No podía describir con palabras la sensación que eso le provocó, simplemente se sintió más poderoso aún. Pronto Hanna descubriría que no tenía mejor opción que aceptar su amor.
La escuela y esos mocosos eran su único refugio para evadirse de la guerra y, gracias a sus contactos, ella ya no podía continuar ejerciendo su profesión. Sabía que ella era una mujer sensible, frágil, que se estremecía de pavor cuando mencionaban la guerra y sus avances, pero él se encargaría de demostrarle que a su lado podía sentirse protegida y segura.
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