Los Müller salieron temprano a la iglesia ese domingo, Hanna necesitaba prepararse para el paso que estaba a punto de dar con su prometido aquella tarde. Arrodillada en su banco, después de tomar la sagrada hostia, ella cerró los ojos para orar mientras, de forma inconsciente, tocaba y giraba el anillo de compromiso en su mano izquierda.
En aquel recinto todo era calma, tranquilidad y paz, una paz que tanto se necesitaba en momentos como los que se estaba viviendo. Los rezos silenciosos, el olor a incienso y la voz parsimoniosa del sacerdote invitaban a la relajación, pero aquella sensación de bienestar duraría muy poco pues cuando el acto religioso estaba por concluir y los feligreses intercambiaban felices el tradicional abrazo de paz, el sonido de una voz que gritaba instrucciones con altanería y que posteriormente se fue mezclando con otras igualmente feroces, interrumpió el ritual...
Una docena de soldados irrumpió en la iglesia, comandados por un hombre déspota que no vaciló en patear una cesta con alimentos que muchos de los feligreses habían acumulado para los menos favorecidos, lo hizo para abrirse camino por el pasillo central hasta el sacerdote y sus dos monaguillos que lo miraban con asombro a él y a su tropa.
—¿Qué sucede? ¿Cómo osan irrumpir de esa manera en la casa de Dios? —preguntó el sacerdote.
—La casa de Dios, dice.
El líder de la tropa miró a sus hombres riendo con sorna, luego giró abruptamente de nuevo hacia el sacerdote y lo abofeteó sin ningún pudor ante el asombro de todos los presentes. Los monaguillos se apresuraron a socorrer al cura.
—Esta estructura pertenece al Reich, así que no me vengas con tonterías, Becker. Pero tú sí eres un hombre de Dios, ¿no es así? —preguntó el líder mientras encendía un cigarrillo con indiferencia—, se supone que los religiosos están llamados a hacer lo correcto.
—¿Qué está sucediendo? —preguntó Hanna desde su banca, comenzando a temblar—. ¿Qué pretenden hacer con el padre Becker.
—Será mejor que nos vayamos de aquí, Franz —dijo Angelika levantándose del banco, pero su esposo la tomó del brazo y la jaló para obligarla a sentarse de nuevo.
—¡Lo mejor es que no llame la atención, señora Müller! —aconsejo una mujer hablando en susurros en el banco de atrás, manteniendo la cabeza baja como todos los demás.
—Entonces me pregunto ¿por qué no hiciste lo correcto? —continuó el soldado.
—No sé a qué se refiere —respondió el clérigo sosteniéndose aún el labio partido tras la bofetada.
—Hmmm... no lo sabes —dijo el líder de la tropa caminando alrededor del sacerdote—, entonces no sabes que es completamente ilegal esconder judíos.
A este punto los monaguillos abrieron los ojos en señal de sorpresa, y los feligreses ahogaron un grito.
—No sé de qué está hablando —insistió el sacerdote.
—Y para colmo miente —dijo el líder sacando la pistola parabellum del cinto. Los feligreses se levantaron del asiento temiendo lo peor, algunos permanecieron sentados, cubriéndose la cabeza—. ¿No se supone que los curas no deben mentir?
—¡No le haga daño, por favor! —suplicó un caballero en la fila de adelante.
—¡Cállate! —gritó uno de los soldados golpeando al hombre con la culata de su rifle.
—Se acabó la función, Becker —continuó el líder—, Ya sabemos que estos dos angelitos que te ayudan no son precisamente cristianos, ¿verdad muchachos? —dijo señalando con la pistola a los monaguillos.
—Tienes a más de ellos, ¿verdad? ¿Ocultas a toda una familia de hebreos?
—¡No, por favor, las cosas no son así! —suplicó el sacerdote—. Ellos son mis monaguillos, no sé de qué está hablando.
—¡Son judíos! —gritó el hombre fuera de sí, disparándole en la cabeza a uno de los muchachos, manchando de rojo la túnica y el rostro del sacerdote.
—¡Samuel! —gritó el otro muchacho abalanzándose sobre el cuerpo de su hermano—. ¡Asesino! —espetó mirando con odio al oficial—. ¡Hermano! ¡NOOOOOOO!
—¡Cállate, maldita rata judía! —espetó el déspota, disparando también contra él.
La estancia se llenó de gritos que posteriormente fueron silenciados cuando la tropa apuntó a la feligresía con sus armas en una clara amenaza.
—¡Registren la sacristía! El resto de la familia debe estar adentro —ordenó el hombre, tomando al sacerdote por la nuca—. Tú vienes con nosotros. Te encanta ayudar a los judíos, ¿no? Pues te llevaré a un lugar que está lleno de ellos.
—Alguien debió haberlos delatado —dedujo Franz con la cabeza abajo.
Hanna y Angelika (también con el rostro hacia abajo para no mirar la horrible escena) lloraban en silencio, pero una ráfaga de disparos provenientes de la sacristía las hizo sobresaltar.
El líder de la tropa condujo al sacerdote afuera de la iglesia para subirlo al camión que los había llevado hasta allá. Cuatro soldados salieron de nuevo al altar, provenientes de la sacristía, llevando consigo a dos personas adultas y un niño de unos siete años.
—¡Izan! ¡Samuel! —gritó el padre tratando de arrojarse sobre los adolescentes muertos.
—¡Mis hijos! —gritó la mujer.
Pero la fuerza de los soldados les impedía acercarse hasta los cuerpos, los fueron conduciendo a empujones hasta fuera del templo.
—¡Ya ven lo que le sucede a los traidores! ¡Espero que hayan aprendido la lección! —dijo el líder de la tropa cuando regresó al interior de la iglesia para dirigirse a los feligreses y, haciendo gala de su naturaleza sádica, dedicó un último mensaje antes de marcharse—. ¡Ah! Casi lo olvidaba. ¡Pueden ir en paz! —concluyó esbozando en el aire la señal de la cruz.
Cuando los Müller salieron de la iglesia no quisieron llegar directamente a la casa pues estaban muy afectados, sobre todo Angelika que no dejaba de sollozar.
—Eran solo unas criaturas y los asesinaron cruelmente. ¡Ni siquiera respetaron la iglesia! ¿Qué será de sus padres y ese niño ahora, Franz? ¿Y el padre Becker?
—Probablemente los envíen a un campo de concentración —respondió el hombre, quitándose el sombrero para abanicarse con él pues hacía mucho calor ya que era verano. Luego se secó la transpiración con un pañuelo.
Hanna se alejó un poco de sus padres y se dedicó a observar un grupo de palomas que se alimentaba de las migajas que habían caído de una hogaza de pan, que una niña estaba comiendo junto a su padre.
La mujer no dejaba de observar a las aves mientras reflexionaba. El grupo estaba formado por individuos variopintos, algunos ejemplares eran pardos, otros negros y unos blancos, sin embargo todos se alimentaban sin hacer distinción, sin privilegios, y eso que solo se trataba de animales.... ¿Por qué la vida de los seres humanos era tan injusta y difícil? Sentía tanta envidia de esas aves que se alimentaban ajenas al horror que ella acababa de vivir.
—Las llevaré a tomar un helado para tratar de borrar este horror —sugirió Franz abrazando a su esposa.
—¡Hanna! —la llamó su madre.
Ella se giró como una autómata para regresar junto a ellos.
De camino al lugar donde tenían al auto estacionado encontraron a personas llorando y comentando los hechos, pero ellos permanecieron callados, incluso siguieron callados en su camino hasta la heladería. Franz pidió conos con bolas inmensas de helados de chocolate para ayudar a mejorar el humor de su familia, pero lamentablemente no lo consiguió, mucho menos después de que su esposa e hija lo escucharon hablar.
—Temo que algo les suceda a los Eisenberg y a nosotros, con ese Liebehenschel visitando a menudo nuestra casa —dijo Franz con preocupación, y como siempre en susurros para no ser advertido por personas indeseables—. ¡Ya saben! Él y su esposa se creen nuestros amigos y para no levantar sospechas les dejamos que lo creyeran pero... siempre nos visitan al menos una o dos veces por mes. Alphonse Liebehenschel incluso me regaló una cámara por mi cumpleaños. Es muy peligroso que él y su esposa sigan yendo a nuestra casa. No sé si sea prudente trasladar a los Eisenberg a un lugar más seguro, pero al mismo tiempo eso también sería una táctica arriesgada, tal vez demasiado.
—Solo falta que los Liebehenschel también lleven consigo a nuestra casa a su adorado amigo Himmler o al propio....
—¡Hanna, por Dios! —increpó Angelika en un susurro con amago de grito—. Creo que tienes razón, Franz, por ejemplo Noah es muy impulsivo y podría hacer que lo fusilen si lo descubren.
—¡No digas eso, mamá! Eso no va a suceder, los Eisenberg han sido bastante discretos y hasta los gemelos saben comportarse. Ya tienen siete años y están conscientes de que deben ser cautelosos cuando alguien visita la casa.
—Sí, eso es cierto —respondió Franz—, además es como les dije, demasiado arriesgado...
—No quiero seguir hablando de esto —dijo Hanna después de limpiarse los labios con una servilleta. Sus ojos estaban enrojecidos y todavía temblaba, pero ella insistió en tomar una actitud diferente por más que le costara, quería estar serena—. Quiero regresar a casa para prepararme ¿Tienes los anillos, mamá?
—Sí, corazón, los obtuve antes de la misa, no son precisamente alianzas de boda pero no quería levantar sospechas —susurró la mujer.
—De acuerdo, los esperaré en el auto.
—Ella se niega a aceptar la realidad, piensa con el corazón —dijo Franz—. Todos queremos ser optimistas, pero lamentablemente siento que el cerco está cada vez más cerrado.
Los Müller acordaron no decir nada de lo ocurrido en el templo a los Eisenberg para no ponerlos más nerviosos y para no arruinar ese día tan especial para todos, simplemente se dedicaron a hacer los preparativos correspondientes a las ceremonias que iban a llevar a cabo por la tarde. De hecho, Hanna no había bajado al sótano en todo el día, lo hizo Franz para dejarles a la familia el almuerzo y una buena ración de postres que los gemelos adoraron.
El hombre notó que a pesar de que la única ventana que tenía el sótano estaba tapiada por la seguridad de todos, e incluso oculta por el lado de afuera con un arbusto, no hacía tanto calor allí, quizá porque era la parte de la casa más resguardada del sol. De todos modos trasladó varios ventiladores e incluso dejó la puerta abierta del sótano ya que los Eisenberg podían subir y bajar a voluntad, siempre que no hubiese invitados y las ventanas de la casa estuviesen muy bien cerradas.
En ese momento Joseph estaba leyendo la Torá, preparándose para el ritual que tendría que liderar más tarde. Deborah planchaba el traje de Benjamin, y este último construía, con la ayuda de su hermano una especie de armazón de madera con una tela blanca que haría las veces de toldo. A Franz le llamó la atención aquello debido a que, por razones obvias la boda no se realizaría en el exterior de la casa, sin embargo no hizo ningún comentario y se marchó aduciendo que debía prepararse.
Sintió una punzada de dolor al recordar el terrible suceso de la iglesia en la mañana... Él no soportaría algo así en su propia casa, no le hacía falta llevar la misma sangre de Joseph y Deborah para considerarlos hermanos, quería demasiado a sus amigos judíos.
Hanna bajó a la hora convenida, vestida de novia con el antiguo traje de su madre. En sus manos sostenía un pequeño ramillete de rosas cortadas del arbusto que ella y su prometido habían plantado y cuidado con tanto esmero en el patio de la casa. Al mirarla, Benjamin quedó prendado con su belleza, e intentó acercarse para abrazarla, pero Franz, riendo colocó una mano al frente para impedírselo.
—Aún no —le advirtió—, no hasta que te la entregue oficialmente —dijo tomando a su hija del brazo.
Benjamin y los demás comenzaron a reír.
—Ustedes llevarán las alianzas —dijo Deborah dándole un anillo a Joshua y a Jared respectivamente—, pero no los pierdan.
—No, si lo hacemos el tío Ben nos mata —bromeó Jared mientras reía.
Angelika ubicó a los gemelos al frente de Hanna y Franz, y juntos caminaron hasta el lugar donde se encontraba Benjamin, es decir, al otro lado de la habitación. Una vez que la pareja de prometidos estuvo junta, Franz tomó la cámara que había recibido como regalo de cumpleaños de los Liebehenschel e intentó hacerla funcionar, pero no lo consiguió.
—Quería servirme de este cacharro pero no tiene caso, parece muy complicado.
—En realidad no lo es —dijo Noah tomándola mientras la examinaba—, solo es un modelo más avanzado.
—¿Me estás llamando viejo, muchacho? —preguntó Franz con falsa molestia.
—Para nada, Franz —respondió Noah entre espasmos de risa—. ¿Lo ves? Solo hay que presionar aquí y ¡Ya está!
—¡A mí, papá! ¡Hazme un retrato! —dijo Joshua saludando con la mano.
—¡Hazte a un lado! —dijo su hermano empujándolo—. ¡Yo seré la estrella aquí!
—Más nos valdría tener una cámara de cine para que demostraran su talento como bailarines ¿eh? —bromeó Hanna.
—Ninguno de los dos —increpó Judith—. Los protagonistas de esta tarde serán el tío Ben y la tía Hanna, ¿de acuerdo?
—Está bien, mamá —se quejó Jared.
Franz, sonriendo les pidió a todos que se ubicaran detrás de los novios que sonreían llenos de emoción, incluso Hanna logró olvidar el desagradable y terrible evento de la mañana. Para ella solo existía ese momento y no se borraría jamás de su memoria.
—Bueno, hermanos míos —dijo Franz para dar inicio a la ceremonia cristiana—. Antes que todo quiero decirles que me siento honrado y sumamente dichoso de poder emparentar oficialmente con ustedes, más que amigos, mi familia. Me siento orgulloso de poder demostrar que tenemos más similitudes que diferencias, y que por encima de todo nos une el amor por un mismo Dios. En esta sala no hay más que una sola raza, la humana, y una sola religión, el amor.
Todos los presentes asintieron, conmovidos, incluso Angelika, Deborah, Hanna y Judith se secaron algunas lágrimas. Franz abrió un libro de liturgias que afortunadamente logró conseguir el día anterior en una librería cristiana, y comenzó con la lectura correspondiente.
—¿Quién es Cristo? —preguntó Joshua a su hermano en susurros.
—¡Cállate! —respondió Jared al ver el rostro ceñudo de su madre y abuela—, o nos enviarán a dormir.
—¿Están aquí por voluntad propia? —preguntó Franz.
—Sí, desde luego que sí —respondió Hanna.
—Sí, solo me obliga el amor que siento por ella —respondió Benjamin.
—Mi hijo, el poeta —terció Joseph riendo.
—¿Están dispuestos a amarse y respetarse toda la vida?
—Sí, estoy dispuesta —respondió Hanna con toda sinceridad.
—Sí, estoy completamente dispuesto —respondió Benjamin.
—Así pues, ya que quieren contraer santo matrimonio, unan sus manos y manifiesten su consentimiento ante Dios y la Iglesia... (Debe ser ambas manos) —aclaró Franz mientras Angelika recibía el ramillete de flores de su hija—. Bien repite conmigo, hijo: Yo, Benjamin Arath Eisenberg.
El muchacho continuó repitiendo las palabras que escuchaba de su futuro suegro.
—Te recibo a ti, Hanna Adeline Müller, como esposa, y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Hanna siguió con sus votos.
—Yo, Hanna Adeline Müller, te recibo a ti, Benjamin Arath Eisenberg, como esposo y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Franz los contempló con una sonrisa y continuó con la ceremonia religiosa.
—El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, el Dios que unió a nuestros primeros padres en el paraíso, confirme este consentimiento ante la Iglesia y, en Cristo, les dé su bendición, de forma que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre. ¡Bendigamos al Señor!
—Demos gracias a Dios —respondió Hanna.
—¡Llegó la hora de entregar los anillos, jovencitos! No los perdieron, ¿o sí? —dijo Angelika.
—Yo tengo el mío —dijo Jared mostrándolo con orgullo.
—Y yo también —añadió Joshua.
—Es una ceremonia preciosa —comentó Judith sonriendo.
—Indiscutiblemente —aprobó Deborah—, una ceremonia tan bonita como la nuestra.
Franz recogió los anillos y pasó a bendecirlos.
—El Señor bendiga estos anillos que van a entregarse uno al otro en señal de amor y de fidelidad.
—Amén —respondieron Hanna y Ben al unísono.
—Ben, toma el anillo, colócalo en el anular izquierdo de Hanna y repite conmigo...
Las manos de Benjamin temblaban, pero aun así tomó con firmeza la mano de su prometida y comenzó a introducir el anillo conforme recitaba las palabras que iba escuchando.
—Recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Hanna hizo el mismo procedimiento, recitando las palabras mientras colocaba el anillo en el dedo anular de su prometido.
—Ahora procederemos con el ritual de las arras —dijo Franz mientras Deborah se acercaba con un puñado de moneditas que parecían de bronce—. Éstas simbolizan la prosperidad de los casados —luego las puso sobre las manos de Ben que formaban un cuenco, y procedió a bendecirlas—. Bendice, Señor, estas arras que Hanna y Benjamin se entregan, y derrama sobre ellos la abundancia de tus bienes.
Posteriormente el muchacho derramó el puñado de monedas sobre las manos de su prometida mientras recitaba las palabras que le indicaba Franz.
—Recibe estas arras como prenda de la bendición de Dios y signo de los bienes que vamos a compartir.
Hanna sonrió y repitió la operación. Finalmente Franz les ordenó a los nuevos esposos que se hincaran para la bendición final.
—Nuestro Señor Jesucristo que santificó con su presencia las bodas de Caná, les conceda a ustedes, a sus familiares y amigos su bendición.
—Amén —respondieron todos los presentes.
—Y a todos ustedes que están aquí presentes les bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
—Amén —respondió Hanna santiguándose.
—Amén —respondió Ben.
Hanna le regaló una sonrisa a su ahora marido, y tomándole la mano derecha con mucho cariño lo guió para que realizara la señal de la cruz.
—Bueno, supongo que puedes besarla —dijo Franz—. Ya es tu esposa.
El muchacho se encogió de hombros y acercó el rostro para darle un tímido beso a Hanna en los labios mientras todos los demás hacían el amago de aplaudir y vitorear. Era una pena que no pudieran celebrar a sus anchas sin comprometer su clandestinidad.
—Esto es parte de la tradición y simboliza la fertilidad. ¡Espero que nos den muchos nietos! —dijo Angelika mientras arrojaba arroz sobre los novios.
—No tantos, mamá —respondió Hanna riendo.
Ambos recibieron las felicitaciones de parte de sus familiares.
—Lo mejor de esto es que volveremos a casarnos —comentó Hanna después que su padre tomara una fotografía—. ¡Vamos con el rito judío!
Esta vez fue Joseph quien tomó el lugar que antes había ocupado Franz, solo que para esta ocasión Noah y Benjamin habían instalado la especie de toldo que Franz había visto previamente.
—Ésta es la Jupá —explicó Joseph para sus amigos cristianos—. Como ven es una especie de casa con techo, pero sin paredes pues éstas deberán construirla los cónyuges con su amor.
—¡Es hermoso! —se admiró Hanna.
Joseph comenzó con un discurso sobre el amor y la importancia de estar reunidos en el nombre de Dios a pesar de las circunstancias.
—Estar aquí, hoy en día, en este lugar, llevando a cabo estas ceremonias, la cristiana católica y la judía, nos recuerda que los milagros existen y que Dios tiene un propósito para todo, que hay esperanzas y que por más oscuro que el panorama se muestre, siempre tendremos una luz para guiarnos. Hermanos judíos y cristianos, esta luz se llama Dios y nos une a través del amor y la amistad.
Mientras Hanna oía el discurso de su suegro no pudo evitar recordar a las palomitas que se alimentaban en la calle después de la terrible experiencia vivida en el recinto sagrado. Comprendió que, de alguna forma, ellos también eran como esas aves, diferentes e iguales al mismo tiempo, unidas con un mismo propósito, y se alegró al tener la certeza de que, como ellas, algún día podrían desplegar las alas y volar donde quisieran, sin prejuicios, sin ataduras y sin miedo.
Posteriormente Joseph procedió a extender las manos sobre las cabezas de los novios, pidiéndoles a Franz y a Angelika que hicieran lo mismo, entonces comenzó a recitar unas palabras en hebreo mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás.
—Es una bendición —explicó Benjamin a Hanna.
Posteriormente a todos les causó gracia que Hanna y Benjamin se quitaran los anillos solo para volver a ponérselos.
Luego Noah dejó la cámara a un lado y se fue a buscar una especie de manta blanca para colocarla sobre los hombros de su hermano.
—Éste es el Talit —dijo Joseph y posteriormente recitó una oración, también en hebreo.
—Ben, por favor léenos tu hermoso Ketubah —dijo Deborah.
—Es un documento de compromiso que el novio debe hacer a la novia para expresar así sus intenciones, y lo que tiene para ofrecerle —explicó Joseph.
—Pero el de Ben es particularmente hermoso —insistió Deborah—, lo leyó para mí.
Benjamin hurgó dentro del bolsillo de su pantalón y extrajo un pedazo de papel que desdobló con cuidado antes de empezar a leerlo.
—Hanna, sé que tal vez no estamos en las mejores condiciones para dar este paso tan importante, y por ende no tengo nada material que ofrecerte como quizá sí podré hacerlo en el futuro, pero por ahora y para siempre te prometo fidelidad, felicidad y un amor infinito que sobrepase las barreras de nuestras diferencias.
Lágrimas de felicidad resbalaron por las mejillas de la novia al escuchar esas hermosas palabras venidas de su corazón.
—Te ofrezco mi hombro para que llores, mis labios para que beses, y mi regazo para que descanses —concluyó el muchacho con un ligero rubor en sus mejillas.
—Sabía que su Ketubah más que un documento de compromiso sería un poema —comentó Noah a su esposa que también se secaba las lágrimas.
—El tuyo fue hermoso, cielo, pero debo reconocer que el de Ben lo supera.
El hombre respondió con una risa escueta.
Posteriormente Noah, Deborah, Judith y Joseph pasaron a dar sus bendiciones a los novios, invitando también a Franz y Angelika que lo hicieron entre abrazos y besos. La bendición de los gemelos Eisenberg consistió en muchos hijos para que ellos pudieran jugar y no sentirse tan solos, esa bendición conmovió a los adultos pero prometieron no ponerse tristes.
Finalmente llegó el ritual de la copa rota. Para ello envolvieron en varias mantas una copa de cristal, y Benjamin la pisó fuertemente con un certero golpe.
—¡Qué divertido! —exclamó Jared.
—Esto lo hacemos para conmemorar la destrucción de Jerusalem y el templo por parte de los romanos, pero de esta misma manera se romperán todas las cosas negativas que quieran acecharlos en su nueva vida de casados —concluyó Joseph.
Finalmente los novios volvieron a besarse, dichosos de poder considerarse finamente casados. En ese momento se olvidaron de conflictos y de las cosas negativas, todas ellas habían quedado como la copa del ritual, hechas pedazos. Ahora eran una sola familia oficialmente.
Hanna y Benjamin dejaron los miedos atrás, así que, solo por esa noche, como habían convenido, él pernoctaría en la habitación de ella, de todos modos no creían que pudieran convertirse en víctimas de una redada nocturna que los pusiera en evidencia.
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