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Mi querida y dulce esposa:
Puedo entender tu enojo y tu decepción, pues es bien sabido que todo lo señalado en la carta es completamente cierto. Sin embargo, mi justificación es que no quiero incomodarte con tantos embarazos que hagan deformar tu preciosa figura, como le ha pasado a nuestra madre Rea y a nuestra abuela Gaia.
Mi justificación suena descarada, y quizás hasta una burla hacia ti, la que preside los matrimonios. Sin embargo, debes reconocer que no has sabido controlar tus celos y tus arrebatos de ira contra aquellas pobres mortales. Ellas solo hacen lo que YO les he ordenado; no todos los días se recibe la visita del rey de los dioses, mucho menos el compartir lecho con él.
Por lo tanto, no debes preocuparte por mis sentimientos hacia ellas. La única mujer a la que he amado, y siempre amaré, es a ti; por ti es que hago todo esto. Por tu preciosa figura es que sacrifico mi semilla en las simples mortales.
Te suplico pues, mediante esta humilde carta, que regreses a mi lado. Sin ti el Olimpo es como el lugar más aburrido del universo. Sin ti, el aire que respiro se me hace tan insípido como los platillos que Perséfone y Hades preparan cada vez que hay reunión familiar en el Inframundo.
¡Vuelve, amor mío! ¡Vuelve, que moriré de pena por tu ausencia!
Con amor, Zeus.
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