Hoy sábado me fui para mi Ávila. Me costó levantarme tempranito, no tanto por flojera, sino porque anoche me tocó tomarme un antialérgico por una reacción que me dio y esos medicamentos siempre me dejan el cuerpo un poquito más lento, con más sueño. Pero bueno, después de despertarme y desayunar, agarré mis cosas y me fui para la montaña, porque hay lugares que simplemente te llaman.
El entrenamiento de hoy fue diferente. Era algo que había intentado hacer el sábado pasado, pero no me había salido bien porque todavía no tenía clara la técnica. Esta vez mi entrenador me explicó cómo hacerlo correctamente y todo cambió. Subí a 3200 haciendo caco, trabajando la resistencia, la respiración y la velocidad en subida. Sentí el cuerpo fuerte, entendiendo el trabajo. Después bajé otra vez a 1200 e hice corta fuego a un ritmo controlado.
En Caracas estaba lloviendo, pero en el Ávila solo había garúa. El día estaba nublado, pero demasiado bonito. Muchísima gente subiendo a la cruz. No me tomé la típica foto allí, aunque sí unas a lo lejos. Y claro, no faltó el papelón con limón al llegar a la Cruz del Ávila.
Como dato curioso: cuando tomaba mi papelón me acompañaba un pájaro hermoso, no me sé el nombre, pero logré tomarle varias fotos.
Bueno, para continuar con el cuento, les digo que lleve audífonos, pero ni los usé. Ya me acostumbré a correr escuchando la montaña, los pasos, el viento y mi respiración. El Ávila siempre termina siendo un espacio para agradecer, manifestar y pensar bonito. Por eso mis sábados son sagrados. Siento que la montaña y yo tenemos nuestras propias conversaciones, y cada vez que corro allí salgo más liviana, más tranquila y llena de energía.
La esencia no se copia