Angelika y Franz regresaron de las cocinas llevando fuentes y panes.
—Iré por las copas y el vino —propuso Hanna para zafarse de la intensa e insistente mirada del capitán.
—Preparé un Schweinsbraten servido en rodajas con salsa, acompañadas de Knödel. Espero que le guste ya que es el platillo más popular del alto de Baviera, de donde tengo entendido que es usted.
—Se ve delicioso —aprobó Dedrick mientras tomaba una servilleta—. En efecto soy de Baviera, más bien nací y viví allá hasta que mis padres decidieron mudarse a Berlín cuando yo tenía doce años.
—¿Y de qué ciudad de la hermosa Baviera es usted? —preguntó Franz.
En ese momento regresó Hanna con las copas y el vino.
—De Múnich, allí vive mi abuela paterna todavía, con una de mis tías. ¿Y ustedes? ¿Siempre han vivido en Berlín?
—Con Hanna sí, pero en nuestros primeros años de casados Franz y yo solíamos vivir en Fráncfort del Meno —respondió Angelika mientras servía una copa de vino para el capitán.
—Hmm, en la frontera con Polonia —analizó Dedrick, aceptando la copa—. ¡Cielos! Tenía razón, Franz, usted no solo se luce en el restaurante, este plato está delicioso, me recuerda a mi natal Baviera, aunque no todos mis recuerdos de ese lugar sean buenos.
—Me alegra que le gustara tanto, capitán.
El hombre tomó un sorbo de vino y posteriormente se dirigió a Hanna.
—¿Y tú? Cuéntame un poco de ti, querida Hanna, has estado muy callada. Tengo entendido que eres maestra.
Ella asintió un tanto sorprendida, pero luego comprendió que cualquiera de los comensales que ya la conocían en el restaurante o los empleados, pudo haberle dado esa información al hombre.
—¿Te gustan los niños?
—Sí, soy maestra, me gusta enseñar a los niños.
—Eso es bueno, mi padre dice que a los niños hay que darles una buena enseñanza desde el principio para que así no se descarrilen, hay que mantenerlos ocupados y sobre todo inculcarles el amor por la patria.
—Sus padres han debido darle una muy buena educación para que terminara usted siendo miembro de las SS —intentó elogiarlo Angelika—. ¿Quiere más vino?
—Sí, gracias —respondió el uniformado acercándole la copa—. En efecto mi hermano y yo recibimos la mejor educación. Estoy seguro de que Dereck sería grande ahora, habría llegado muy lejos.
—¿Tiene un hermano? —inquirió Hanna por curiosidad, sin poder contenerse.
—Sí —contestó él sonriéndole, le agradaba tanto cuando ella se interesaba en él—, mayor que yo, pero lamentablemente ya no vive.
—Lo lamento mucho —respondió la muchacha con sinceridad.
—Lo mató un asqueroso judío hace muchos años —continuó Dedrick cambiando de semblante, adoptando uno más sombrío.
Hubo un silencio sepulcral e incómodo.
—Papá y el Führer tienen razón. Ellos son seres malignos, similares a los piojos que proliferan e infectan en los lugares donde se encuentran. Cuando llegaron a nuestra amada patria no hicieron más que robarnos, asesinarnos e intentar destruir nuestro paraíso perfecto, incluso hicieron que perdiéramos la primera guerra.
—Tiene toda la razón, esos judíos son un asco, pero no vamos a arruinar la cena hablando de aquella gente indeseable.
—¿Gente? ¿Los ha llamado «gente», Franz? Es usted muy benévolo sin lugar a dudas —respondió el hombre sonriendo mientras se llevaba la copa de nuevo a los labios.
—¿Sus padres viven aquí en Berlín todavía? —intervino Hanna para tratar de desviar el tema de conversación.
Él asintió con la cabeza.
—Sí, y están tan orgullosos de mí como lo estarían de Dereck —respondió—. Mamá está convencida de que para final de año me ascenderán de nuevo por mis méritos, pero quién sabe.
—Deberíamos cambiar el tema, no me agrada hablar de la guerra.
—¡Oh! Sí, olvidé que es usted un alma sensible, le ruego me perdone —se disculpó el capitán animándose a tomar la mano de Hanna, por primera vez en su vida.
Era una mano tan suave y delicada, incluso tuvo que reprimir el impulso de besársela sin razón, sin embargo algo llamó todavía más su atención...
—¿Eres casada? —preguntó mientras miraba con recelo el anillo de compromiso en el anular de la joven.
De pronto sintió como si el tiempo se detuviera, o como si le faltara el aire. Hanna y sus padres experimentaron la misma sensación ¡El anillo! ¿Y si de pronto al capitán le daba por revisarlo y descubría la inscripción hebrea?... Estarían perdidos.
—¡Ah!.. ¿lo dice por este anillo? —preguntó la mujer tratando de disimular el nerviosismo lo más que pudo—. No, desde luego que no, ésta es una joya de familia, regalo de mi abuela materna en uno de mis cumpleaños.
—No sé mucho de esas cosas pero me dio la impresión de que era un anillo de compromiso, o de bodas —respondió Dedrick, aliviado.
—No, solo vivo para enseñar en el colegio y ayudar a mi padre en el restaurante —añadió Hanna, negando con la cabeza.
—Es extraño que siendo una mujer tan hermosa no tengas algún compromiso ya.
—Tengo un compromiso, Herr Schneider, con mis niños y... con mi patria, ¿no?
Él asintió sonriendo.
—¡Eso me agrada! Siempre debemos estar comprometidos con la patria y con nuestro líder. ¡Heil Hitler! —exclamó mientras extendía el brazo derecho hacia el frente.
—¡Heil Hitler! —lo imitaron Franz y Angelika antes de mirar con contundencia a su hija.
—¡Heil Hitler! —pronunció la muchacha por primera y última vez en su vida, sintiéndose asqueada mientras hacía aquel gesto que tanto detestaba.
Cuando la cena terminó y el hombre se disponía a marcharse, vieron con horror como éste se levantaba de la mesa para dirigirse hacia el estante que ocultaba el sótano, mirándolo con gran interés, los demás lo contemplaban conteniendo la respiración, sin atreverse a mover un solo músculo.
—¡Qué interesante! —dijo señalando el estante.
—¿Qué le parece tan interesante! —preguntó Hanna sin poder contenerse, levantándose del asiento para ir hacia el lugar.
—Al parecer a ustedes también les agradan los árboles Bonsái, como a mí.
Los Müller respiraron con alivio ante la respuesta del uniformado.
—Sí, son hermosos —respondió Hanna, intentando reponerse del susto.
—Bueno, los dejaré entonces ya que como saben mañana debo regresar, el deber llama y pues, tengo un compromiso ineludible con mi país. Demás está decirles que agradezco su hospitalidad y que me sentí sumamente halagado con el plato que decidió preparar, Franz, estaba delicioso y ni qué decir del postre —posteriormente se dirigió a Hanna—. No te preocupes que nada ni nadie vendrá a importunar la paz de tu hogar como te prometí, además, las casas solo son inspeccionadas si hay sospechas de traición, es decir, si son delatados.
—Gracias por la información.
—De nada. ¡Ah! También me gustaría decirle, Franz que puede contar con mi ayuda para que a su restaurante no le falte nada, ya sabe como escasean los productos en estos días a propósito de la guerra. Sería una pena que Ragweed tuviese que cerrar sus puertas por falta de recursos.
—No se preocupe por eso, Herr Liebehenschel, el Obersturmbannführer, me ha hecho ese ofrecimiento primero. De todos modos estoy sumamente agradecido por su intención.
—De nada, Franz. ¿Me acompañas a la puerta, Hanna?
Ella asintió.
—Gracias de nuevo por la hospitalidad —se despidió el hombre una vez en el umbral de la puerta de la casa, reteniendo la mano de Hanna que le ofrecía el abrigo y la gorra—. Me gustó mucho estar en tu hogar y haber podido disfrutar de tu compañía, espero poder verte de nuevo la próxima vez que regrese a Berlín —dijo antes de besar por fin su mano.
—Que tenga buen viaje —se despidió la mujer y posteriormente, al ver que él se metía en el auto y se alejaba, añadió—: Yo en cambio espero que no regreses y que Dios me perdone.
Hanna experimentó una gran sensación de libertad y alivio que difícilmente pudo explicar con palabras, solo cerró los ojos conjuntamente con la puerta de la calle mientras suspiraba, posteriormente giró sobre sus pies y al mirar el retrato del Führer devolviéndole la mirada, se llenó de ira y estuvo a punto de arrancarlo para estrellarlo contra el suelo, pero la mano de su padre detuvo el acto enseguida.
—¡No, Hanna! Recuerda que esa porquería puede salvar nuestra vida y la vida de los Eisenberg.
Ella asintió pero salió corriendo en dirección al comedor y posteriormente bajó hacia el sótano.
—Parece que alguien viene —dijo Benjamin con el alma en vilo y el corazón latiendo a mil por hora.
—¡Es Hanna! —exclamó Deborah, mirándola con una expresión de alivio.
Ella se arrojó a los brazos de su prometido mientras lloraba.
—¿Ese hombre todavía está allí? —preguntó Judith nerviosa.
—¿Nos descubrieron? —tanteó Noah.
—Nada de eso —respondió Franz, bajando por las escaleras—. Acaba de marcharse ¡Gracias a Dios!
—Ahora pueden regresar arriba —dijo Hanna mientras se secaba las lágrimas—. Odio que estén en este lugar, apartado de nosotros como si...
—Cariño, debemos estar aquí por la seguridad de todos —respondió Benjamin, tomándola de los hombros y apartándola un poco para poder mirarla a los ojos—, además no es un mal sitio.
—Peor han de ser esos tales campos de trabajo que los nazis han construido —respondió Judith, colocándole una mano en la espalda a su amiga.
—Eso es peor que el infierno según lo que describen esos oficiales en el restaurante —añadió Franz.
—Aquí estamos juntos y tenemos todo lo necesario gracias a Dios y a ustedes, Hanna —comentó Joseph para tranquilizarla.
—Detesto tener a oficiales nazis en mi casa —comentó Angelika—. Ese tipo, el tal Schneider es un patán.
—Odié sus conversaciones y todo el tiempo estuve con miedo de que los descubrieran, incluso se acercó al estante pero solo se interesó en el bonsai —dijo Hanna.
—¡Cielo santo! —exclamó Deborah.
—Pero ya se marchó y espero que no regrese jamás —dijo Hanna para tratar de convencerse a sí misma.
—Afortunadamente se durmieron —analizó Angelika mientras acariciaba a los gemelos.
Todos se quedaron conversando, pero Benjamin tomó a Hanna de la mano para apartarla y poder conversar con ella a gusto.
—¿Y bien? ¿Te hizo alguna insinuación? —preguntó, tomándola de la barbilla para que ella no pudiera bajar el rostro.
—Todo el tiempo ¡No lo soporto!
—Lo sabía... él va a regresar, Hanna.
—No, espero que no... ¡Cielos, Ben! Descubrió el anillo... olvidé quitármelo porque nunca lo hago y no me gustaría hacerlo.
—¿Y qué dijo?
—Me preguntó si era casada o si tenía algún compromiso, le respondí que mi único compromiso era con los niños de la escuela y con mi patria, que ésta era solo una joya de familia, regalo de mi abuela.
—Fuiste astuta, cariño —respondió Ben, besándola en la frente, pero la verdad es que estaba preocupado—. Él está... demasiado interesado en ti, Hanna, ésa fue la razón por la que vino.
—Antes de marcharse confesó que solo inspeccionan las casas de las personas que han sido delatadas —dijo Hanna mirando hacia el piso.
—¿Lo ves? Solo quería una excusa para venir a verte. Está encaprichado y temo que pretenda llevarte...
—No iría con él a ningún lado, Ben. ¡Lo odio!
—Lo sé pero sabes que si él quisiera, podría obligarte.
—No piensen en eso, Ben —respondió Hanna acariciándole el cabello y el rostro—. Esa bestia usualmente está lejos de aquí, al parecer está obsesionado con el poder.
Afortunadamente desde que Schneider se marchó, después de aquella cena, había pasado ya un año y Hanna no había vuelto a verlo, pero recibía sus cartas al menos una vez por mes. Algunas eran dirigidas a toda la familia, y otras eran dirigidas a ella. Eran misivas que si bien no contenían una abierta declaración de amor, era evidente que daba a entender sus sentimientos pues no dejaba de halagarla en cada línea, ni de decir lo mucho que la extrañaba y que deseaba regresar a Berlín tan solo para verla. Ella únicamente había respondido un par de ellas, siendo bastante escueta y fría, alegando que había tenido trabajo de sobra y muy poco tiempo libre, incluso para cultivar una amistad, así fuese a distancia.
Por otra parte, Angelika había descubierto al día siguiente de la cena, con gran preocupación, que la foto de su hija que estaba sobre la repisa de la chimenea en la habitación donde Schneider esperaba mientras preparaban el té, no estaba, así que ese hecho conjuntamente con las cartas que Hanna recibía por parte del capitán, eran la confirmación absoluta de que la chica se había vuelto un objetivo para él. Angelika no había querido decirle nada para no preocuparla, pero esa era la verdad.
A pesar de estar aislados en el sótano, los Eisenberg jamás dejaron de estar informados con respecto a lo que sucedía en el exterior de la casa, ya que los Müller les llevaban diariamente el periódico y hasta bajaron una radio. Franz también solía llevarles reportes que oía comentar a los chismosos empleados que escuchaban algunas conversaciones entre los oficiales nazis pues, desafortunada o afortunadamente Ragweed cada vez se hacía más y más popular entre ellos. Fue así como se enteraron de que se había ordenado algo más siniestro en contra de los judíos, algo que los oficiales insistían en llamar «solución de la cuestión judía» para no llamar la atención, aunque a veces le llamaban simplemente «la solución final»
De esta forma tanto los Müller como los Eisenberg intuyeron que eso de «solución de la cuestión judía» o «la solución final» serían tal vez eufemismos para referirse a asesinatos masivos para acabar con los hebreos, sin embargo la situación en las propias calles de Berlín se estaba haciendo cada vez peor, y los alemanes notaron con asombro que los oficiales ya no tenían ningún reparo en disparar descaradamente sobre cualquier judío que encontraran y se resistiera al arresto.
—¿Dónde está Gretel? ¿Alguno de ustedes sabe por qué no vino hoy? —preguntó Hanna aquella mañana mientras pasaba lista frente a su clase.
La respuesta de otro de los niños la dejó nerviosa y angustiada, pero como siempre trató de disimular lo mejor que pudo.
—Tú debes saberlo, Adal porque vive junto a tu casa y siempre vienes con ella a la escuela —dijo un niño que se sentaba al lado del aludido.
—Les dispararon a ella y a sus padres —respondió el niño con voz trémula.
—¿Y eso por qué? —preguntó Hanna, intuyendo la respuesta.
—Porque estaban ocultando judíos en su casa —respondió el pequeño echándose a llorar con desconsuelo. Se veía muy afectado ya que desde que llegó a la escuela había permanecido muy callado y normalmente era el bullicioso de la clase—. Les dispararon a todos... los señores de uniforme.
—¿Le dispararon a Gretel? —preguntó uno de sus compañeritos, pero él solo se limitó a asentir con la cabeza porque seguía llorando.
Hanna, no pudo contenerse, así que abandonó su escritorio y se dirigió hasta el niño, arrodillándose para quedar a su altura y poder abrazarlo con fuerza. No sabía qué decirle... ¿Cómo podía consolar a un niño que había presenciado la muerte violenta de su mejor amiga y sus padres?
—Ella está ahora en un lugar mejor —fue lo único que se le ocurrió decir mientras lágrimas de desconsuelo resbalaban por su rostro.
Era una horrible sensación la que estaba experimentando, no solo lamentaba el asesinato de su alumna y su familia, sino que imaginaba que ése era el final que les esperaría a ella, a sus padres y a los Eisenberg, si los nazis llegaban a descubrirlo todo. Cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas que todo se tratara de un terrible sueño, y que entonces pudiera pasear libremente con su prometido por las calles de Berlín, que los gemelos Jared y Joshua pudiesen ir a la escuela y jugar en las calles con los otros niños.
Tanto ella como sus padres a veces se sentían atrapados dentro de su restaurante, constantemente visitado por los oficiales nazis y sus familias, pero ya no había marcha atrás, y ni soñando podían cerrarles las puertas sin padecer las consecuencias.
Un día el propio Heinrich Himmler, el Reichsführer de la SS y mano derecha de Hitler fue a cenar allá, así que por desgracia Franz se vio en la obligación de atenderlo personalmente como dueño y Chef principal del restaurante.
El militar, encargado además de la construcción de varios campos de concentración y exterminio, fue a Ragweed a celebrar su nombramiento como ministro de Interior del Reich y jefe de la policía alemana, incluso supervisaría a la Gestapo.
—Espero que disfruten la velada y... felicidades de nuevo, Herr Himmler —se despidió Franz tratando de parecer complacido con la permanencia de esa «gran personalidad» dentro de su negocio, pero la verdad era que se moría de nervios con esa espada de Damocles en su cuello.
—Muchas gracias a usted, querido Chef. Estoy muy complacido, no en vano todo el mundo me ha recomendado este lugar.
Ragweed ya era un negocio bastante próspero antes de hacerse popular entre los nazis, pero ahora lo era todavía más e incluso, por sugerencia del Obersturmbannführer, Herr Liebehenschel, Franz había mandado a construir otro salón para albergar más comensales, razón por lo cual tuvo que contratar más empleados e incluso un administrador y un contador porque él solo ya no se daba abasto para desempeñarse como Chef y contador al mismo tiempo. Los müller ya tenía la simpatía de los oficiales y por ningún motivo sospechaban que en el sótano de su casa se encontraba una familia judía.
Pronto se dieron cuenta de que de verdad había sido un acierto enviar a los Eisenberg al sótano porque en una ocasión, Herr Liebehenschel y su esposa, llegaron de improviso a casa de los Müller con la intención de pasar una tarde divertida jugando naipes y quedándose a cenar. El esbirro había tenido esa falta de delicadeza y educación simplemente porque se le antojaba darse el lujo de cenar en la propia casa del mejor Chef de Alemania —como solía llamarlo— para colmo terminó emborrachándose, así que su esposa solicitó quedarse en la casa hasta el día siguiente, por ende se le tuvo que ofrecer una de las habitaciones de huéspedes.
Esa noche Hanna y Angelika bajaron a la una de la mañana al sótano para dejarles la cena a los pobres Eisenberg, después de que los Liebehenschel se durmieron.
Era inevitable la sensación de acorralamiento que le daba el verse rodeados de nazis en el restaurante y a veces hasta en su propio hogar. Era cierto que jamás sospecharían de ellos pero no era nada agradable fraternizar con ese tipo de gente ni tampoco «decorar» sus espacios con propaganda fascista, no obstante ya no había salida.
Benjamin y Hanna se sentían cercados y con sus esperanzas de casarse cada vez más lejanas. ¿Cuánto tiempo más iba a durar esa cruda guerra? ¿Cuándo sería el día en que podrían caminar libremente por las calles como lo habían hecho antes? Cuando los Eisenberg no eran perseguidos y los Müller tan conocidos.
Las noticias que llegaban no eran muy alentadoras, esa guerra parecía extenderse por mucho tiempo, además se estaban construyendo más y más campos de concentración, y ahora también de exterminio, incluso se rumoreaba que estaban sacando a la gente de los guetos para enviarlas a esos lugares donde los nazis aprovecharían la mano de obra, o simplemente se desharían de ellos.
Con este panorama las cosas no pintaban muy bien para la pareja de enamorados que soñaban con desposarse, sin embargo, un día mientras Hanna regaba el hermoso rosal en que se habían convertido los brotes que una vez cultivó con Benjamin, deseando apartar el recuerdo del despreciable capitán que la acosaba incluso a través de las cartas, se le ocurrió una idea que estaba segura de que ayudaría a distender la terrible situación que todos estaban viviendo, así que dejó a un lado la regadera y bajó corriendo al sótano con una firme decisión...
—Esta guerra no parece tener fin, así que... no tiene sentido seguir esperando para casarnos, Ben.
—¿Quieres decir que... ya no te quieres casar conmigo?
—Al contrario, tonto —respondió ella sonriendo mientras le tomaba la mano—, me refiero a que no quiero seguir esperando a que termine la guerra y que podamos considerarnos libres. Casémonos en casa, aquí en este mismo sótano con tu familia y la mía como testigos.
—¿Hablas en serio? —preguntó Ben sorprendido pero risueño—. Pero ¿cómo?
—Por ambos ritos: el judío y el cristiano. Tu padre puede servir de rabino y el mío como sacerdote.
—¿Es eso posible? —intervino Judith sin poder contenerse.
—Cuando hay amor no hay nada imposible, querida —respondió Deborah, mirando a la pareja conmovida.
—¡Vamos, papá! Hanna tiene mucha razón —terció Noah—. Tal como están las cosas no sabemos si algún día podremos salir de aquí o incluso si estaremos vivos mañana.
—¡Noah!
—Es cierto, cielo —respondió el hombre abrazando a su esposa.
—No me gusta que hables así frente a los niños.
—¿Qué opinas, papá? ¿Podrás hacerlo? O mejor dicho, ¿querrás? —preguntó Benjamin.
—Nada en el mundo me alegraría más que verlos felices a ustedes y que tengan la misma oportunidad que tuvimos Deborah y yo, o Noah y Judith pero... como bien dijiste, Hanna, no soy un rabino y tu padre....
—Estoy seguro de que podrás hacerlo, papá —rebatió Benjamin, soltando a Hanna para rodear con un brazo a su padre—. Hemos presenciado muchas bodas en la sinagoga y como dijiste, ustedes mismos se han casado, además tenemos la Torá y todo lo necesario.
El hombre asintió con la cabeza mientras se encogía de hombros.
—Bueno, por mi parte no hay problemas, solo debemos esperar a Franz a ver que opina.
—Nosotros también hemos presenciado muchas bodas cristianas —respondió Hanna, loca de contenta.
—Pero ¿podrían considerarse casados? —tanteó Deborah.
—Sí, para mí lo estaremos y eso es suficiente, Deborah—. Dios bendecirá nuestra unión... No quiero seguir esperando y ver como los días, las semanas, los meses y los años, conjuntamente con las balas y los cañones nos arrebatan las esperanzas, no puedo soportarlo.
¿Cuánto tiempo más iban a esperar? Bajo un panorama desalentador y la espada de damocles del fascismo sobre sus cabezas, no había más tiempo que perder, así que muy pronto las dos familias pasarían a ser una sola.
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