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Uno de los temas más sensibles vinculado a la obra artística, sea como producción o recepción de esta, es la soledad. Sobre ella existe una diversidad de textos (ensayos, poemas, novelas, cartas, etc.) donde es abordada desde disímiles ángulos. Aquí traemos las reflexiones de dos grandes escritores.
Rainer Maria Rilke, referencia casi obligada cuando se trata de hablar de tópicos del arte desde la perspectiva de un poeta, tan inmenso como lo fue él, nos ofrece reflexiones intensas sobre la soledad, como las que podemos encontrar en su epistolario. De cartas a la que fuera su esposa, Clara Rilke, tomamos estos dos fragmentos:
Mi soledad debe ante todo ser firme y segura como un bosque nunca hollado (…) Debe perder todo énfasis, todo valor excepcional y toda obligación.
En el fondo, se debe uno cerrar ante sus mejores palabras y adentrase en la soledad. Porque la palabra debe hacerse hombre.
El otras veces citado en esta serie, el crítico y novelista francés Maurice Blanchot, en su densa obra ensayística ha hablado de este asunto en una línea más filosófica, como era su estilo. Así extraemos de su libro El espacio literario:
La soledad de la obra –la obra de arte, la obra literaria– nos descubre una soledad más esencial.
La obra es solitaria y esto no significa que permanezca incomunicable, que le falte lector. Pero el que lee participa de esa afirmación de la soledad de la obra, así como quien la escribe pertenece al riesgo de esa soledad.
Rilke otorgó una valoración especial a la soledad en su vida y en su quehacer poético. La concepción y hechura de la obra encontraba en la soledad una condición indispensable, y debía convertirse en lo cotidiano y natural, sin actitudes sobrestimadas, suficientes, ampulosas. En la soledad la interioridad encuentra su voz real, limpia, lejos de emociones fáciles, de estados de ánimo inmediatos. La palabra se encuentra en la soledad con el ser y se aloja en él para expresarse desde esa hondura.
Blanchot nos habla de la soledad desde la doble vía, es decir, la del creador y la del receptor (lector). Está en la búsqueda, la suerte, la exposición (como "riesgo") que el artista hace de sí y de su experiencia del mundo en su obra. En ella ese sentido quedará grabado como huella, seguramente no como expresión directa, sino "entrelíneas", subyaciendo en el decir.
En contacto con esa materia del alma en la obra, el receptor (lector, espectador) atento y sensible "des-cubrirá" una soledad que quizás lo habita también. Abrirá un venero desconocido, resonará en su adentro, recordará (re-cordar, volver al corazón) un principio o motivo…
En el encuentro entre creador, obra y receptor se consuma la soledad de la obra, que puede ser entonces revelación del "misterio del mundo", como le gustaba decir a Rilke.
Agradecido por su lectura.
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