Memoria pertinaz
Le lamió los ojos queriendo
limpiar las imágenes impías
que se escondían tras las sombras
que juntos habían generado.
Le lavó las manos hasta hacerlas sangrar,
para que no recordara la textura
de la piel acariciada,
tanto propia como ajena.
Le mordió los labios
como si fueran tomates maduros,
para que su sangre se mezclara
con la antes paladeada.
Le cosió las orejas
para que no pudiera pegarlas de nuevo
a su pecho desnudo,
y escuchara el latir de su corazón.
Y al final le envenenó el alma
disfrazándole la verdad de mentiras,
y las mentiras de realidad,
y la realidad de culpabilidad.
Todo por no atreverse a matarlo
ni tampoco a amarlo.
Todo por no aceptar que la piel
tiene memoria y nunca lo iba a olvidar.
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