Sueño Ajeno
Recuerdo tus texturas,
tu orografía, tus accidentes geográficos,
mis falanges enredándose en las hebras
cortas y largas, lacias e hirsutas de tu cuerpo.
Recuerdo la suavidad casi eterna de tu superficie,
solo interrumpida por esos puntos que ante el
congestionamiento de la sangre
se endurecen y yerguen
como faros indicando el camino.
Recuerdo la humedad brotando a borbotones,
mezclándose, confundiéndose, abrazándose;
nuestros ojos mirándose fijamente
con los párpados cerrados,
con las pestañas apretadas,
con las cejas fruncidas por el esfuerzo
y luego el desfogue.
Recuerdo la gula del cuerpo,
la avaricia del deseo,
el mundo contenido en un instante,
la muerte oculta tras un beso.
Recuerdo tu boca y sus lenguajes,
tus poros y sus miles de manos tocándome,
tu sudor, fuente en la que me gustaba ahogarme,
y tu calor en que gustaba de arder hasta ser ceniza
que inhalabas ansiosa al final de cada noche.
Lo recuerdo como si hubiera sido cierto,
como si hubieras existido, como si yo hubiera existido,
como si esto no lo hubiera parido el vacío,
como si esto fuera más que un sueño ajeno
escrito en un pedazo de papel.
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