Invierno
Es tiempo de tristezas.
Hay que impermeabilizar los sueños
para que no se pudran.
Para que no se les meta la humedad
de las lágrimas liberadas y contenidas.
Para que los relámpagos de una furia repentina,
o una frustración rampante,
no los alcancen y los vuelven
una efímera nube de polvo
qué al asentarse no llegue ni a recuerdo.
Si queremos sobrevivir
habrá que aplicarnos cataplasmas
de esperanza, de perseverancia,
de obstinación y terquedad incluso.
Para que las penas,
que como fantasmas,
se esconden en las esquinas,
en las rendijas de nuestros pensamientos y cavilaciones,
no nos roñan el espíritu cual carroña.
En estos tiempos en que hiberna la alegría,
y la soledad, siempre fiel,
es la única compañía,
hay que calafatear bien nuestra armadura
para conservar el calor
y resistir el frío de una cama vacía,
de una humedad y tibieza ausentes,
y el peso implacable de un espacio lleno
de la nada que deja un amor cuando se va.
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