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Cap 22
En
Medio de la Noche
Un día, mientras las prisioneras se preparaban para comenzar sus labores diarias, una Kapo entró en el barracón y les pidió que se pusieran en filas porque serían sometidas a una evaluación médica. Muchas de ellas sabía a lo que se refería, así que comenzaron a pellizcar sus mejillas en un intento por darles color, otras, las que ni siquiera podían levantarse, parecían estar resignadas a su destino.
Deborah estaba asustada, así que por consejo de una de las prisioneras, se dispuso a intentar desesperadamente disimular la palidez de su nuera, ya que la pobre se veía lánguida en verdad, sobre todo porque pasaba casi todas las noches en vela, llorando por sus hijos de los que aún no sabía nada.
—Mientras hay vida, hay esperanza, querida —le dijo Deborah con una sonrisa triste—, no te dejes vencer.
Judith le respondió con una débil sonrisa y un asentimiento, reconociendo que sus palabras estaban llenas de razón.
En ese momento todas se paralizaron de horror al ver entrar en el barracón a Selma Wagner acompañada de Mengele, ambos de punta en blanco como siempre: el cabello de Selma, bastante prolijo debajo de la cofia de su uniforme, y el de Mengele, engominado y peinado hacia atrás.
Como casi siempre que hacía ese tipo de inspecciones, el galeno no vestía su bata blanca, sino simplemente un uniforme de las SS, luciendo aquella sonrisa sardónica que extrañamente lo hacía ver más atractivo.
—¿Cómo están, señoras y señoritas? —preguntó el hombre calzándose unos guantes de hule.
—Señoras... señoritas —repitió la guardiana en tono de burla—, es usted muy amable al llamar de esa forma a estas perras, doctor.
—Vamos, Selma, no seas grosera —respondió el médico riendo, y comenzó a pasearse entre las prisioneras.
En ese momento una de ellas se desmayó.
—Déjame ver eso —dijo Mengele negando con la cabeza.
El hombre se dedicó a examinar a la mujer más a fondo, usando su estetoscopio.
—Parece anemia —comentó Selma mirándola con desdén.
—Sí, probablemente. ¡Vaya! Parece que estás aprendiendo mucho conmigo —respondió el galeno. Posteriormente compuso un falso gesto de tristeza y añadió—: es una pena que ya no sirva.
Algunas Kapo llevaron casi arrastras a la mujer al exterior del barracón, e hicieron lo mismo con todas aquellas a las que Mengele señaló.
Desde su llegada al campo de concentración, los Eisenberg pasaron en varias ocasiones por este tipo de inspección, pero en todas ellas fueron otros médicos los responsables de la labor, sin embargo cuando Judith observó a Mengele con detenimiento, se dio cuenta de que era el mismo que se había llevado a sus hijos cuando bajaron del tren, el que aseguró que estarían bien.
Deborah intentó tomar su mano para frenar el impulso de la mujer, pero fue demasiado tarde pues salió de la fila y se ubicó frente a él.
—Discúlpeme —dijo con timidez—, pero me gustaría saber si sabe algo de mis hijos, usted se los llevó junto con otros gemelos cuando llegamos.
—Así que tus hijos son gemelos, ¿eh? —preguntó él sin dejar de sonreír—. ¿Qué edad tienen?
—Ocho años. Sus nombres son Jared y Joshua...
Una risotada de Selma interrumpió a Judith.
—Aquí los animales no tienen nombre, a excepción de mis mascotas pero eso es otra cosa, no podemos comparar a animales tan finos con la escoria.
A Judith le dolió su comentario aunque se contuvo, no tenía otra opción. Deborah llegó junto a su nuera para apoyarla.
—Usted aseguró que estarían bien, pero desde entonces no hemos sabido nada de ellos.
—Si yo les dije que estarían bien es porque así es —respondió el galeno y luego añadió con un encogimiento de hombros—, así que no tienen de qué preocuparse.
—Me gustaría saber si existe alguna posibilidad de que podamos ver a mis nietos en algún momento —dijo Deborah.
—Hmmm, no lo sé, puede ser. ¿Dónde trabajan ustedes?
—En las cocinas —respondió Judith.
—Eso está lejos de mi bloque pero quizá en algún momento...
—Así que son cocineras, ¿eh? —intervino Selma.
—Sí, así es —respondió Judith—, desde que llegamos a este lugar nos hemos dedicado a preparar los alimentos para los demás prisioneros, y en ocasiones para los guardianes.
—Interesante —respondió Selma, colocándole la fusta debajo del mentón a Judith para levantarle el rostro—, entonces las voy a necesitar a ambas.
Las dos se asustaron pero trataron de no demostrarlo, ya habían visto como disfrutaba esa mujer con el terror que generaba.
—¿Y eso para qué? —quiso saber Mengele—. ¿Quieres tener cocineras particulares?
—Yo no pero Dedrick sí, ¿no lo recuerda? Hace un par de días me pidió ayudarlo con eso.
—¡Ah sí! Ya lo recuerdo, al pobre no le gusta la comida que preparan en su casa.
—Escucharon eso, ¿no? —dijo Selma, refiriéndose a Judith y a Deborah—. A partir de ahora tendrán una gran responsabilidad, pues estarán cocinando para nada más y nada menos que el Kommandant del campo y su mujer, así que más les vale que lo hagan bien.
Ambas se estremecieron con la impactante noticia, sobre todo al recordar el temor e incertidumbre que sintieron en casa de los Müller cuando ese mismo hombre fue a cenar. Había sido precisamente por causa de él que la familia se vio en la necesidad de recluirse en el sótano. Estaban plenamente conscientes de lo cruel y despiadado que era.
Luego de la inspección, Mengele se subió a su auto y se marchó en compañía de Selma.
Una Kapo les hizo señas a Judith y a Deborah para que abandonaran la barraca, y les dijo que a partir de ese momento vivirían en una especie de desván, o algo parecido a un establo que tenía la vivienda del comandante, al menos ya no tendrían que lidiar con el hacinamiento y los terrores nocturnos de las otras prisioneras, tampoco con el hecho de descubrir a diario que algunas de ellas amanecían muertas, sin embargo era inevitable pensar demasiado en lo incierto que era el destino allí dentro, no sabían si lo que les esperaba más adelante sería igual o incluso mucho peor, después de todo ahora servirían en la casa del propio Dedrick Schneider.
La kapo las guió hasta un lugar que parecía ser unas duchas, les dio una barra de jabón que tenía tallada la inscripción «jabón judío», y les ordenó desvestirse para iniciar un proceso de desinfección. Ambas reaccionaron con recelo debido a que ya habían escuchado decir que muchas no regresaban de esos famosos «baños», pues se trataba de gases tóxicos que terminaban asesinándolas, pero ambas respiraron aliviadas al darse cuenta de que en efecto solo se trataba de un inofensivo baño. Posteriormente les dieron uniformes nuevos y limpios.
Dedrick se encontraba en ese momento en una inspección de los campos, en compañía de su inseparable amigo Carl y también de Bruno Bähr. Tenía que elaborar un informe detallado para enviarle a Himmler, al cual le fue imposible viajar a Polonia debido a que se le presentó un inconveniente de última hora que tenía que resolver pronto, además estaba el tema de los soviéticos que amenazaban constantemente en la avanzada, aunque Dedrick confiaba ciegamente en la solidez del ejército de su patria.
Llegaron finalmente a un lugar donde los prisioneros estaban levantando unos muros de madera para hacer barracones que utilizarían como bodega. Benjamin Eisenberg se encontraba entre los obreros que estaban abriendo algunas zanjas, pues constantemente cambiaban de trabajo a los prisioneros, sobre todo si se trataba de jóvenes que a pesar de todo, aún estaban saludables como él.
A pesar del cansancio que le dejaban las extenuantes horas del duro trabajo, al menos agradecía que el ejercicio le proporcionara un poco de calor, aun así la rigidez de los kapos a veces dejaba en jaque a algunos prisioneros que se detenían a descansar porque ya no podían más. Benjamin se llenaba de energía con la esperanza de salir vivo de ese lugar, tenía que hacerlo, tenía que mantenerse con vida para poder buscar a Hanna y huir con ella y toda la familia lejos de la pesadilla que se había vuelto Europa.
Estaba tan afanado cargando tierra en la pala para luego arrojarla en la carretilla, que no advirtió la presencia de Dedrick Schneider y sus compañeros, pero cuando lo hizo fue demasiado tarde.
Carl se había parado muy cerca de la carretilla, así que en el momento en que Benjamin arrojó una pala de tierra, un poco de ésta fue a parar al uniforme del oficial...
Carl lo miró con una sonrisa malvada, casi complacido de haber hallado una excusa perfecta para acabar con uno de esos judíos por su propia cuenta, como si realmente necesitara una excusa para acabarlos, precisamente él, que a veces les disparaba por diversión haciendo apuestas con Bruno, hasta que Dedrick les aconsejó detenerse, porque Himmler había sido muy insistente en que si bien deseaban el exterminio total a futuro, por ahora los obreros sanos eran todavía bastante necesarios para el desarrollo de los campos, y por ende de la economía.
—Lo lamento —intentó excusarse Benjamin cuando se dio cuenta de lo que sucedió—, usted estaba muy cerca de la carretilla, así que...
—¿Insinúas que fue mi culpa, pedazo de mierda? —explotó Carl, tomándolo por el cuello.
—¡Hey! ¿En serio crees que vale la pena? —preguntó Dedrick con un tono mordaz, encendiendo un cigarrillo—, suelta a ese judío para que continúe con su trabajo.
—Pero este gusano...
—Yo ni siquiera lo tocaría si fuera tú —dijo Schneider con desprecio—, además no tenemos demasiado tiempo para perder.
Benjamin estaba furioso, quería arrojarse contra ambos, sobre todo para borrar la asquerosa sonrisa sarcástica y mirada de desdén del comandante del campo. Cómo olvidar la obsesión que tenía por Hanna... ¿acaso él la tendría escondida en algún lugar? ¿La habría asesinado a ella y a sus padres al enterarse de que habían prestado su casa para ocultar judíos? Sentía ganas de matarlo de veras de tan solo imaginar los horrores que la familia Müller habría tenido que sufrir, pero ¿qué objeto tenía revelarse contra él en ese momento cuando se encontraba tan vulnerable? Lo que más odiaba era que indirectamente le debía la vida, pues había visto como Carl desenfundaba su arma mientras lo tomaba por el cuello, sin lugar a dudas pensaba matarlo.
Dedrick y los otros siguieron con la inspección mientras los obreros trabajaban, pero a pesar de que Benjamin trataba de concentrarse en su labor para no pensar demasiado, de vez en cuando no podía evitar mirar con odio a Schneider, fantaseando con verlo en la cúspide de una montaña de cadáveres como muchas veces vio (con gran tristeza) a hermanos judíos.
En la casa del Kommandant, Hanna quedó impresionada cuando una Kapo le presentó a las nuevas cocineras que estarían a su disposición, tenía una expresión de sorpresa que le costó esconder, y de la misma manera le ocurrió a Judith y a Deborah, aunque fueron lo suficientemente prudentes como para mantenerse en silencio.
—Bien, ahora puede retirarse a su trabajo que yo me encargaré de indicarles a estas dos lo que tienen que hacer —respondió Hanna al salir del trance de la impresión, asumiendo una postura de superioridad que por un momento confundió a su suegra y concuñada, pero mantuvo a raya a la Kapo, la cual se marchó enseguida.
En cuanto la mujer se fue, Deborah permaneció con la cabeza baja, llorando en silencio, pero Judith, indignada ante lo que estaba viendo decidió manifestarse esquivando un abrazo que Hanna iba a darle...
—La mujer del Kommandant —exclamó Judith mirándola de arriba abajo, sin reparar en la palidez de su rostro ni tampoco la humedad de sus ojos—, ahora estás con él. Después de todo terminaste en sus garras, ¿y cómo no? Era mil veces preferible estar aquí que encerrada en un barraca o quien sabe dónde.
—Judith, déjame explicarte...
—Después de todo eres una alemana pura, ¿no?
—No lo entiendes —respondió Hanna con un nudo en la garganta mientras sus ojos se paseaban por la anatomía de las mujeres, comprobando su delgadez al igual que sus cabellos que comenzaban a crecer después de haber sido mancillados—, no estoy aquí porque quiera.
—¿Cómo pudiste olvidar a Benjamin? Yo apenas puedo vivir a diario sin la presencia de Noah y sin tener noticias de mis hijos...
—Te juro por mi vida que te entiendo perfectamente —dijo Hanna tomándola por los hombros—, y asimismo les aseguro que al igual que ustedes soy una prisionera. Schneider me trajo aquí sin opciones, amenazándome con la vida de mis padres... ha sido muy duro.
Al escuchar esto, ambas, tanto Deborah como Judith reaccionaron abrazando por instinto a Hanna, dándose cuenta de que era la misma de siempre, la dulce joven que nunca había tenido prejuicios contra ellas, el eterno amor de Benjamin, la misma que había hecho todo cuanto pudo para hacer de su cautiverio en el sótano algo más llevadero.
—¿Cómo están ellos? —preguntó Deborah al fin, sin soltar a Hanna.
—Pude escuchar su voz a través del teléfono... parece que ambos están bien pero ese lugar al que nos llevaron al salir de casa es horrible.
Hanna les contó detalladamente lo que ella y sus padres tuvieron que pasar en La planta, y como de la nada ella había sido trasladada en tren hasta Auschwitz para encontrarse con Dedrick Schneider. Les dijo lo asqueada que se sentía ante el hecho de que él hubiese fijado su atención en ella, y que hubiese regado por el campo la idea errónea de que estaban casados.
—Pero les aseguro que ni por un solo segundo Benjamin ha dejado de ser mi esposo —dijo en medio del llanto—, nunca he permitido que Schneider me toque... y jamás lo permitiré, antes tendrá que matarme.
—¿Y cómo lo has conseguido? —preguntó Deborah sujetando sus manos, sintiendo el temblor de la muchacha—, ¿acaso no te ha forzado?
Hanna negó con la cabeza.
—He aprendido a conocerlo, así que creo que tal vez él puede pensar que ésa sería una humillación más para sí mismo que para mí, odia que lo rechace y se torna violento las veces que lo he hecho, parece que el muy cretino pretende conquistarme, como si eso fuera posible. No pretende forzarme, aunque en ocasiones...
—¿Qué? —preguntó Judith.
—No lo sé... a veces parece decidido y luego se arrepiente cuando le imploro que se detenga. De alguna forma causo ese efecto en él.
—Entonces tienes que aprovecharlo.
—Eso he intentado pero no sé por cuánto tiempo más funcione —dijo Hanna frotándose el rostro con energía en una muestra inequívoca de su desesperación—. A veces pienso que voy a explotar si paso un día más encerrada en este lugar, solo me alienta la esperanza de que acabe la guerra y que Benjamin y yo podamos estar juntos de nuevo... Les juro que no pasa un día sin que piense en él... ¡Lo extraño tanto! —dijo antes de deshacerse en llanto de nuevo—. No sé dónde está.
—Lo último que supimos de él es que está junto con Joseph en los arados. Ambos se veían bien, gracias a Dios —reveló Deborah volviendo a abrazarla, conmovida.
Al escuchar eso, Hanna detuvo su llanto aunque continuó hipando.
—¿Qué? ¿Los vieron? —preguntó con una sonrisa —, entonces están vivos.
—Los hemos visto un par de veces cuando llevaron las hortalizas y frutas a las cocinas —añadió Judith—, fue un milagro habernos encontrado, así como fue un milagro haberte encontrado a ti.
—¿Cómo están ellos? ¿Cómo está mi Ben? —preguntó Hanna con voz trémula.
—Ambos están bien, a pesar de todo —respondió Deborah—, al igual que Noah.
—¿Noah está con ellos? —preguntó Hanna.
—Es un sonderkomando —respondió Judith negando con la cabeza.
—¡Qué terrible! —exclamó Hanna llevándose una mano a los labios—, he escuchado cosas horribles acerca de ese trabajo... ¡Pobrecito! ¿y los niños? ¿Dónde están Jared y Joshua?
—Con un médico llamado Mengele, pero no los hemos visto desde que llegamos a este lugar y los apartaron de nosotros —respondió Judith llorando de nuevo.
—Mengele —susurró Hanna con una expresión de angustia que alarmó a su suegra y concuñada.
—¿Qué sucede? ¿Crees que les hizo algún daño? Él entró a nuestro barracón a seleccionar algunas prisioneras, todas enfermas y algunas dicen que no volveremos a verlas porque serán gaseadas —dijo Judith.
—No... Yo he estado en uno de los bloques de Mengele y me parece un hombre extrañamente pacífico, no lo sé... no sé qué pensar de él, es desconcertante, de todos modos intentaré averiguar cuanto me sea posible, y de la misma manera intentaré acercarme a Benjamin.
—¡No! No quiero que te expongas ni que expongas a Ben al peligro —dijo Deborah alarmada—, podrían meterse en un serio problema y no quiero que...
—Prometo ser cuidadosa, sé lo que hago, Deborah —dijo Hanna tomándola con delicadeza del mentón para mirarla a los ojos, los mismos de Benjamin—. Yo intenté protegerlos aún sin saber que se encontraban en este lugar. Schneider evidentemente me pidió sus nombres y yo le mentí, le di unos falsos.
—¿Pero no fue a comprobarlo? —preguntó Judith asustada.
—Supongo que sí pero no todos los prisioneros son trasladados a este lugar, así que tal vez haya pensado que se encontraban en otros campos, o muertos incluso.
—¡Perdóname, Hanna! No debí decir todo lo que dije hace rato —se lamentó Judith—. Todo se transformó en un infierno desde que salimos de tu casa, nuestro mundo se derrumbó. Nos han hecho padecer lo indecible pero desde luego que seguimos agradecidos por todo lo que tú y tus padres hicieron por nosotros durante años...
Hanna la estrechó fraternalmente, comprobando con tristeza lo delgada que estaba, mucho más que ella que también había perdido varios kilos al negarse a comer en numerosas ocasiones, haciéndolo solamente cuando el hambre era demasiado apremiante como para seguirla ignorando.
—No tienen nada que agradecer, al contrario, soy yo quien se siente agradecida con Dios por tenerlas de vuelta conmigo, y por haber recibido noticias de Noah, el señor Eisenberg y mi Benjamin, es un gran aliciente para mí... Les prometo que voy a protegerlas pero debemos empezar por fingir que no nos conocemos.
—Desde luego —respondió Judith secándose las lágrimas.
Hanna buscó en la alacena y extrajo algunas galletas para Deborah y Judith, ellas las comieron enseguida, así que la muchacha les dio unos bollos dulces que había preparado esa mañana, aduciendo ante Schneider que lo hacía por gusto al recordar sus días en el restaurante. Al principio él se había mostrado reacio, pero accedió cuando ella le sugirió llevarse algunos para que los comiera mientras trabajaba.
Las mujeres comieron algunos y guardaron el resto para más tarde.
Posteriormente se pusieron a trabajar en el almuerzo, esmerándose para no recibir quejas de Schneider. Hanna no soportaría que su suegra y concuñada terminaran corriendo la misma suerte que la pobre jovencita de quince años y su madre, sería un golpe terrible, así que se prometió protegerlas hasta con su vida.
Por otra parte estaba feliz de haber tenido noticias sobre Benjamin. Él estaba allí, en el mismo campo que ella y según Deborah y Judith tampoco había dejado de pensarla. Eso sí, la idea de que él estuviese ahí, en Auschwitz también la aterrorizaba porque bastaba con haber visto alguno de los barracones y hospitales judíos, para saber las condiciones tan terribles en que estaban algunos prisioneros, además de que estaban expuestos a los maltratos constantes por parte de los nazis. De cualquier forma trataría de buscarlo y asimismo intentaría encontrar información acerca de Jared y Joshua.
En medio de todo la tristeza y temor que había sentido desde el estallido de la guerra, ahora tenía motivos para avivar sus ánimos pues, como si de un milagro se tratase, tenía consigo a Deborah y Judith que habían llegado hasta ella con buenas noticias... ¡Benjamin estaba vivo!
Lejos estaba Hanna de imaginar que a kilómetros de allí, en los campos de batalla, los aliados avanzaban con más ímpetu, tomando por sorpresa a los nazis, abriéndose camino mientras éstos caían abatidos como naipes. Desgraciadamente muchos civiles perecían por causa de los daños colaterales a causa de su vulnerabilidad, o simplemente eran blancos de ataques «por estar en el lugar equivocado en el momento menos indicado» Sin embargo, así, entre el hedor de la pólvora, la sangre y el dolor, poco a poco se escribía la nueva historia de un país, una que para algunos significaría libertad, y para otros simplemente la implantación de un nuevo régimen en el que los papeles se invertían y los «villanos» cambiaban de idioma.
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