La sensación que experimentaba ya la había vivido antes, siempre en situaciones donde no sabía con certeza lo que me deparaba el futuro inmediato. Situaciones que me hacían temblar del miedo, como estar frente a mi padre después de que descubriera alguna de mis travesuras, o ir a la sala blanca de un hospital.
Esta vez esa sensación que revoloteaba en mi pecho estaba repotenciada, y ni siquiera comprendía el motivo. Sin embargo, no podía decir: «calma, ni que estuvieras haciendo algo del otro mundo», porque aunque Verde estuviera a unos cuantos pasos de mí, probablemente toda su vida había pertenecido a otro, en cualquier lugar donde estuviera ubicado.
Mi padre estaba más emocionado que yo, como si esperara que, al revelarme su secreto, de algún modo empezara a celebrar, sonreír y agradecérselo. Eso tampoco lo sé con certeza, solo sé que lo que no esperaba era mi falta de reacción.
Me condujo hasta una puerta gris y la abrió, con una buena actitud que no soportaba. Desde ese entonces, en mi interior, no estaba de acuerdo con la forma en que trataban a Verde, solo que no era capaz de pensarlo siquiera, mucho menos expresarlo en voz alta.
Nunca me han gustado los animales enjaulados, tampoco el trato injusto hacia estos seres, de los cuales se aprovechan por su vulnerabilidad. Pensándolo ahora Verde era como esos pequeños animales, indefensos y a merced del hombre. Aunque cuando crucé la puerta y la vi por primera vez, lo que me hizo hacer esta comparación fue su aspecto físico.
Era un ser diferente a nosotros, en lo que más se parecía a un ser humano era en la forma humanoide de su cuerpo. No era una criatura que podría considerarse bonita dentro de nuestros estándares. Simplemente era una belleza difícil de explicar, como contemplar una obra de arte, o como lo dije antes, a un animal.
Mi padre nunca había escrito en su cuaderno acerca del llamativo color de su piel, nunca había mencionado la fiereza que transmitía su mirada, no de modo agresivo, como si odiara a alguien, era algo más. Una fiereza por vivir. Su mirada estaba tan viva, que me hizo cuestionarme si la de mis conocidos y la mía fueran del mismo modo.
No, por supuesto que mi padre no iba a mencionar ninguno de estos aspectos. Según él, porque Verde no sentía interés siquiera en dirigir la mirada a ellos, pero más que todo por su falta de sensibilidad hacía lo demás. Supongo que el modo en el que él veía a esta criatura era como un experimento o investigación, un cruel pasatiempo que mantenía sus mentes y cuerpos envejeciendo ocupados. Aunque no lo admitieran.
Me acerqué a la jaula donde estaba encerrada Verde, y a medida que cambiaba de ángulos podía notar pequeñas cicatrices en su piel, esparcidas por todo su cuerpo. No hacía falta preguntar a qué se debían, podía imaginarlo. Las «pruebas» que habían estado haciendo.
—Cicatriza muy rápido —dijo mi padre, alejándose. Al volver, traía dos vasos de papel con café. Lucian lo sostuvo entre las dos manos para calentarlas, los nervios las habían helado. Lo menos que sentía era deseos de comer o beber algo.
Seguía mirando a Verde, su mirada altiva, curiosa e inquietante. Porque parecía saber algo que yo no. Que nosotros no. Hoy miro atrás y tengo la certeza de que es así.
Verde siempre supo a quién apelar para salir de esa jaula. Quizá lo tenía decidido desde que me vio entrar por esa puerta, quizá antes, cómo saberlo. Cómo saber lo que pasaba por su mente en aquel entonces.
Partes anteriores
El punto de partida
Las primeras anotaciones
El corazón entre las sombras
Insomnio
El remedio del insomnio
La esperanza entre las manos
Un rostro entre la multitud
Una trampa del destino
La primera vez