Paz
Abrir la puerta,
cruzar el umbral que separa
lo sacro de lo profano,
desvestirse lento:
prenda a prenda,
cansancio a cansancio,
miedo a miedo.
Ya desnudo,
meterse a la ducha
para dejar que el agua
nos purifique,
nos bautice,
y ya libres de todo pecado,
de todo lo ajeno,
siendo solo esencia pura,
abrir los ojos,
los brazos,
las piernas,
el corazón y el alma,
y morder la manzana
del pecado original de nuevo.
Para poder bajar al infierno
y morir unos segundos,
resucitar al tercer beso,
abrazarse a la ilusión del otro,
a la mansedumbre del otro,
a la voluntad del otro,
y luego tirar el ancla
y dejarse ahogar
por la somnolencia compartida
de la más profunda, absoluta,
y concupiscente levedad.
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