Image designed by me in Canva
Cap 23
El Anillo
Afortunadamente Dedrick Schneider no tenía quejas de la comida que ahora se preparaba en su casa, incluso, muchas veces reconoció que había sido un cambio favorable. Hanna no emitía ningún comentario al respecto y tampoco le dirigía la palabra a Deborah ni a Judith mientras estaba en presencia de Schneider, pero él notó que ella había vuelto a comer, aunque casi siempre dejaba comida en el plato.
Por otra parte, Hanna había hecho todo lo posible por encontrar a Benjamin y a Joseph, pero no podía hacerlo sin llamar demasiado la atención, además, en cuanto logró llegar a los cultivos no los encontró. Había empezado a nevar, así que una capa delgada de nieve cubría los arados, por lo tanto ella dedujo acertadamente, que tal vez habían sido asignados a otro tipo de trabajo... más bien se convencía de ello para no pensar lo peor, aun así no se resignaba y seguía buscando, preguntando por ellos en los barracones. Algunos prisioneros no pudieron darle respuestas satisfactorias, sin embargo, en una ocasión encontró a un polaco que afirmó conocer a los que ella buscaba, pero ignoraba a donde los habían asignado.
Hanna no lo sabía, pero Joseph había sido escogido como «seleccionador» en unos barracones llamados Canadas, en ellos clasificaban las pertenencias de los prisioneros que iban llegando, desechando lo que consideraban «basura» (fotografías y documentos generalmente) y guardando lo valioso como joyas, vajillas finas y otras cosas.
Benjamin por su parte, inevitablemente tuvo que convertirse en una especie de Sonderkommando, que solo se encargaba de abrir fosas para los cadáveres que no pudieron ser eliminados en los crematorios por estar abarrotados.
Los domingos, que eran los únicos días libres, Benjamin aprovechaba para escribir, lo hacía en algunas hojas de papel que encontró sobre una pila de ladrillos, y que probablemente fueron olvidadas por algún nazi, se valía de un trozo de carbón al que afiló para usarlo como lápiz. Escribía como medio de escape, lo hacía para desahogarse como una forma de gritar sin emitir sonidos, desde el refugio que le proporcionaba su litera, allá en lo alto, junto a otros cuatro compañeros, aunque ya solo quedaban tres de ellos porque uno había muerto un par de días atrás a causa de tuberculosis (según el diagnóstico de uno de sus compañeros que era médico)
El muchacho tomó las hojas y se dedicó a leer con la vista lo escrito.
Cada día es tan igual al anterior, sé que se acerca diciembre, o tal vez ya lo sea pero no lo sé con exactitud porque aquí, en el infierno, casi todos los días son iguales. En lugar de pavo asado o flores... mis amadas flores, huele a sangre y a carne quemada... La nieve que cae se mezcla con las cenizas de los que alguna vez fueron personas. Aquí no hay cascabeles ni tampoco el alegre sonido de las canciones de la radio, porque en su lugar solo se oyen disparos o gritos.
Sin embargo mi mente es libre y puede traspasar el alambrado sin hacerse daño, recorrer las enormes extensiones de este horrible lugar sin ser detectada... Por esa razón a veces sueño que estamos encendiendo las velas del Januquiá para ponerla junto al árbol de navidad. Mamá está preparando el postre mientras Franz se encarga del pavo porque nosotros no comemos carne de cerdo. Los gemelos siguen practicando nuevos pasos de baile frente a la radio, mientras tú, mi hermosa rubia, me pides que te bese bajo el muérdago...
Un par de lágrimas que se le escaparon, emborronaron las letras de su improvisada composición, no soportaba seguir muriendo en vida, le dolía no tener noticias, necesitaba volver a ver a toda la familia y besar los labios de su esposa...
¿Dónde estás? —se decía a sí mismo una y otra vez mientras intentaba ocultar el rostro para que sus lágrimas no fuesen advertidas por sus compañeros...
La única razón por la cual seguía vivo, era porque su padre constantemente le recordaba que mientras siguiera respirando debía luchar sin dejarse vencer. No sabía de dónde sacaba Joseph tanta fortaleza física, pero sobre todo mental y espiritual...
—No te sientas mal por llorar —le dijo un joven que a su lado también parecía soñar despierto—, no dejes que los alemanes también te quiten ese derecho.
Afortunadamente, Hanna pudo hallar a los niños Eisenberg usando la información proporcionada por Deborah y Judith. Ella se había ido directamente al bloque de Mengele para robar los acostumbrados medicamentos: gasas, vendas, o lo que consiguiera para llevarlos a las barracas que servían de hospitales a los prisioneros, pero también con la intención de indagar con los gemelos que encontrara en su camino. Fue precisamente allí, en ese lugar donde halló a Jared sentado en una silla mientras enrollaba unas vendas, atento a su labor, pero con una mirada triste.
—¡Tía Hanna! —exclamó con alegría al verla.
Ella se apresuró a acercarse, afortunadamente las enfermeras y demás personal parecían atentos a otras cosas, como siempre.
—¡Jared! ¡Mi niño! ¿Cómo estás? ¿Dónde está Joshua?
—Entregando correspondencia, ese es nuestro trabajo, aunque a veces debemos servir a la ciencia pero no nos gusta, tía, duele mucho.
Los ojos de Hanna se anegaron enseguida mientras lo estrechaba.
—¿Qué les han hecho?
—El tío Mengele es muy bueno con nosotros, pero a veces le pide a los otros doctores que nos claven agujas o nos extraigan sangre, y eso no nos gusta, pero dice que estamos trabajando en nombre de la ciencia, y que algún día seremos científicos como él.
—¡Dios mío! —susurró la muchacha con estupor.
—Tía, ¿sabes dónde están mamá, papá, el tío Ben y los abuelos?
—Sí —respondió ella con emoción para tranquilizarlo—, todos están bien aunque un poco preocupados por ustedes.
—¿De verdad?
—Sí, pero escúchame, Jared —dijo Hanna mirando de soslayo a un kapo que acababa de entrar y la miró con curiosidad—, ya sabes que hay algunos soldados y guardias muy pero muy malos aquí, ¿verdad?
—Sí, uno de ellos nos dijo a Joshua y a mí que papá y mamá murieron, pero no es cierto, ¿verdad que no?
—No, mi cielo, claro que no, pero debemos fingir que no nos conocemos, o de lo contrario podrían hacerles daño a ti y a Joshua. Si alguien les pregunta, díganle que no me conocen, que solo fui buena con ustedes y les di chocolates —comentó la mujer obsequiándole al niño un par de bombones de menta.
—De acuerdo, tía...
—Solo llámame «señora»—susurró la muchacha—, será mejor así, recuerda que no me conoces. Me alegra saber que están bien. Deborah y Judith se pondrán contentas.
—Quiero verlas... quiero salir de aquí...
—Estoy segura de que saldremos de aquí —Hanna observó hacia todos lados y al darse cuenta de que se acercaba un médico, comenzó a despedirse—, pero mientras tanto debemos ser fuertes y como te dije fingir... es la única forma.
—Pero queremos ir a casa —dijo con voz trémula el pequeño.
Hanna sintió como su corazón se encogía de dolor, no quería dejarlo y mucho menos después de lo que él le había dicho sobre Mengele...
—Lo sé pero...
—¿Este niño la está molestando, Frau? —preguntó el galeno.
—No, en lo absoluto, solo me pareció simpático y le obsequié bombones, ¿hice mal? —preguntó haciéndose la desentendida.
—Oh no, el doctor Mengele a menudo les da ese tipo de obsequios pero ¿qué la trae por aquí en esta ocasión?
—Me duele mucho la cabeza y en casa no tengo analgésicos, ¿cree que podría ofrecerme alguno?
—¿No hay analgésicos en la casa del Kommandant? —se extrañó el galeno.
—No, me acabé los que habían, tal vez mis jaquecas se deban a los disparos, o a ese maldito olor que hay en el ambiente. ¿Qué rayos es lo que huele así? —preguntó Hanna para distraerlo.
—No lo sé, eso es cosas de los soldados y... tal vez su marido pueda darle una mejor respuesta.
El hombre se alejó con Hanna hacia un consultorio para evaluarla, pero ella insistió en que solo quería un frasco de píldoras analgésicas, entonces mientras él se alejaba hacia la farmacia, ella aprovechó para guardarse en el abrigo dos rollos de vendas y un frasco de alcohol que encontró sobre una camilla.
—Muchas gracias —respondió cuando el médico le dio el frasco con los analgésicos.
Dedrick Schneider, por su parte se encontraba muy nervioso por un telegrama que había recibido por parte de Himmler. El mismo estaba dirigido de forma global a todos los comandantes de campos de concentración del Reich, y en sus líneas les ordenaba desmantelar toda la parafernalia destinada a la llamada «Solución Final» eufemismo con el que los nazis se referían al exterminio de las minorías étnicas, en especial de los judíos.
Schneider estaba nervioso porque esta orden solo podía significar una cosa... y era que de alguna manera, el Reich estaba perdiendo fuerzas. Los altos mandos militares comenzaban a dudar de sus capacidades, y por lo tanto empezaron a tomar previsiones en caso de que los aliados tomaran el poder y lograran descubrir lo que sucedía en esos campos de concentración y exterminio. En este sentido debían deshacerse de ciertas pruebas que podrían hundirlos, pero Dedrick no se resignaba, consideraba que seguir esa orden sería como una especie de capitulación, y no estaba dispuesto... ¿Habría acaso algún espía interceptando las cartas y telegramas desde Berlin, haciéndose pasar por el Reichsführer?
Desesperado, el Kommandant telefoneó a Berlín y solicitó hablar personalmente con Heinrich Himmler, pero su petición fue negada ya que el hombre se encontraba bastante ocupado en las afueras de la ciudad, no obstante le confirmaron la información del telegrama, además de decirle que todo aquello se debía a que los soviéticos avanzaban con asombrosa celeridad, sobre todo por el territorio polaco.
—¡Maldición! —exclamó furioso antes de colgar.
—Debemos dar la orden —dijo Carl, nervioso.
—¡No! ¡Me niego! —contestó Dedrick.
—Pero... eso podría costarle el puesto, e incluso podrían fusilarlo por desacato —añadió Bruno Bähr.
Él lo pensó unos segundos y luego añadió:
—Lo haré pero no ahora, esperaré tan solo unos días —dijo mientras le subía volumen a la radio para oír la voz del Führer recitando uno de los lemas de su gobierno.
Las semanas siguieron pasando, el invierno se hizo más crudo y los temores de Dedrick comenzaron a materializarse, pues el doce de enero, el ejército soviético logró ganar una batalla más al liberar Varsovia y Cracovia... El cerco se iba cerrando cada vez más... los Rojos estaban cerca... muy cerca... ¡Maldición! ¿Cómo pudo ocurrir?
Hanna intentaba ser discreta cuando entregaba los insumos robados a los hospitales de prisioneros, pero no se dio cuenta de que en una de esas ocasiones, un kapo la seguía.
El mismo médico que la atendió aquella vez cuando fue a buscar analgésicos, comenzó a sospechar de Hanna al notar que los rollos de vendas y el frasco de alcohol no estaban en el mismo lugar donde él los había dejado, y simplemente notó que el mismo patrón se repetía cada vez que ella visitaba el lugar, por lo tanto dio la orden a un Kapo para espiarla.
Cuando ella abandonó el hospital para gitanas donde entregó algunos insumos, el hombre entró y bajo amenazas de muerte, obligó a las enfermeras y doctoras a que le explicaran la presencia de Hanna allí. Ellas no tuvieron más remedio que confesar con mucho dolor, toda la ayuda que la mujer les había prestado...
El Kapo retornó para entregar el informe al médico, quién a su vez lo comunicó a Dedrick. Ésa fue la chispa que encendió la mecha que haría estallar definitivamente al hombre...
Al creerla segura, en su poder, la había descuidado demasiado, pues estaba pendiente de los asuntos de la guerra, después de todo ya la tenía consigo, así que podría dedicarse a conquistarla una vez que su país fuese declarado vencedor... pero el asunto no había sido nada sencillo... la guerra se extendía, Alemania perdían hombres y recursos a mansalva, incluso territorio... pero... lo peor de todo, lo que más le dolía era comprobar que Hanna seguía siendo una vil traidora, que su alma rebelde no se había doblegado, que ella no había tomado en cuenta los esfuerzos de él por ganarse su confianza, incluso le dio privilegios y hasta su propio espacio para no asediarla...
¿Cómo podía seguir traicionándolo así?... —pensó el Kommandant enardecido ante la noticia. No podía quedar como un imbécil ante los demás. ¿Cómo era posible que Hanna continuara viendo como a iguales a los seres inferiores?... ¡Era el colmo!
Ella no tenía idea de que había sido descubierta, estaba en su cuarto, recordando el momento en que les había contado a Judith y a Deborah su encuentro con Jared (Ambas se habían alegrado tanto)
En ese momento se dedicaba a mirar el anillo de compromiso y el de bodas que hasta ese momento había mantenido ocultos en su equipaje. Admiró la inscripción hebrea en el de compromiso mientras se lo ponía y sonrió, pero esa sonrisa se borró de su rostro cuando escuchó un portazo en la planta baja, sin duda era Schneider, y parecía estar furioso...
—¡Hanna! —la llamó a los gritos.
—¿Qué sucede? —preguntó ella, apresurándose a guardar el anillo de bodas, pero con el apuro no se percató de que todavía llevaba puesto el de compromiso.
En ese justo momento Schneider entró a la habitación.
—¿Qué te pasa? —preguntó ella un poco asustada.
—Será mejor que nos preparemos para... ellos se acercan —respondió con ira.
—¿De qué hablas?
Él permaneció callado, observándola, parecía que le costaba hablar, hacerlo sería como reconocer su derrota y se negaba rotundamente a ello...
—¡Irás conmigo! —aseguró.
—¿A dónde? —preguntó Hanna comenzando a asustarse más mientras él avanzaba.
—A dónde sea... ¡No importa si lograron conquistar Varsovia y Cracovia... jamás lograrán invadir Alemania! ¡Nunca mancillarán nuestra noble patria!
—Pero no entiendo a qué te refieres —insistió la mujer retrocediendo un poco más al verlo acercarse.
—A los malditos soviéticos, ellos están avanzando y quizá lleguen hasta aquí. En algún momento tendremos que marcharnos de Auschwitz... ¡Maldita sea! No puedo perder lo que tanto trabajo me ha costado —dijo con un tono de frustración.
Hanna no pudo reprimir una sonrisa, simplemente se le escapó, pero este simple gesto enfureció al Comandante, recordándole su traición.
—¿Crees que ése es un motivo para estar feliz?
—No te puedo negar que sí, me hace feliz —respondió la muchacha con sinceridad.
Él la tomó con rudeza por el rostro y ella gimió de dolor.
—¿Crees que no sé lo que hiciste? —bramó el militar, estallando al fin.
—No tengo idea... de lo que me... hablas —dijo Hanna con dificultad, intentando zafarse.
—¡No te hagas la tonta! —gritó Schneider zarandeándola—. ¡Has estado ayudando a esa escoria! ¡Te aprovechaste de la libertad que te di! —espetó soltándola con un empujón que la envió a la cama.
—No sé quién te dijo eso... pero es mentira.
—No hay dudas... ¿Acaso era eso lo que estuviste haciendo esa noche cuando te encontraron fuera de la casa el día que te llevé a la taberna?...
—¿Qué sucede? —preguntó Judith nerviosa al escuchar los gritos mientras cortaba cebollas en la cocina—. ¿Acaso la descubrió? —dijo después deteniendo la labor.
—No lo sé —respondió Deborah—, pero la pobre parece estar en problemas.... ¿Cómo podríamos ayudarla?... No podemos ignorar lo que pasa.
—¿Acaso no has entendido que no eres igual a esos malnacidos prisioneros, y mucho menos a los judíos?
—¿Quién dice que no? —gritó Hanna, harta de todo. Si la había descubierto ¿que caso tenía negarlo?
—¡No sabes nada, no has aprendido nada! —espetó Schneider—, les prodigas todo tu tiempo y dedicación a esos cerdos y a mí... Hanna, continúas odiándome en lugar de verme como a un héroe que lucha por hacer de nuestro país un lugar mejor. Te di mucha más libertad de la que debí, incluso te concedí espacio para que te dieras cuenta de que no soy el monstruo que crees, lo he hecho aún en contra de mi voluntad por lo que siento por ti, pero tú... te aprovechaste de eso...
—¿De qué libertad hablas, Dedrick? —respondió Hanna incorporándose de la cama—, estoy rodeada de muros y alambres de púas, garitas con guardias en las inmediaciones. ¿Crees que tengo alguna posibilidad de irme de aquí? ¿Consideras que eso es libertad? ¡No quiero estar a tu lado! ¡Odio este lugar y sobre todo te odio a ti!
—¡Suficiente! —dijo Schneider antes de volver a empujarla sobre la cama.
—¡Déjame! ¿Qué haces?
—Lo que debí haber hecho hace mucho.... He tenido paciencia de sobra al no tomar lo que se supone me pertenece.... ¡Me cansé de ser paciente, ya que de todas maneras me consideras un villano!
—¡Noooo! ¡No, Dedrick! ¡Basta!
—¡Hanna! —exclamó Deborah al pie de la escalera intentando ir en su ayuda, pero Judith la sujetó por la muñeca para impedírselo.
—¿Qué podríamos hacer?... No podemos socorrerla... solo conseguiríamos que nos maten a las tres —añadió con lágrimas de impotencia.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados....
—¡Suéltame! —gritaba la mujer allá arriba.
—Será mejor que vuelvan a la cocina si no quieren problemas —sugirió una de las mucamas que pasó por allí llevando consigo un trapeador y un cubo.
—¡No te voy a permitir que me toques! —espetó Hanna tratando de evitar que él la besara, pero el hombre logró dominarla sin mucho esfuerzo.
—¡Ahhh! ¿Qué hiciste? —gritó el militar perdiendo los estribos cuando ella lo mordió.
—¡Si insistes, te dejaré los labios en carne viva!
—¿Por qué? —preguntó Schneider sin soltarla—. ¡Mírame y dime porqué me rechazas! ¡Maldita sea!
—¡Porque eres cruel e inhumano! —respondió Hanna—, ¡Porque no conoces los límites y todo lo quieres de forma arbitraria!
—¡Eso no es cierto! Te he retenido por meses sin tocarte, tratando de ganarme tu confianza, y en cambio me pagas sirviéndole a esas ratas como si no fuesen el enemigo.
—Porque esas «ratas» como tú los llamas, son mucho más valiosos que tú y mucho más humanos que tú... ¡Ahhh!
Fue el colmo, Dedrick se había contenido demasiado, así que sin pensarlo dos veces soltó las muñecas de Hanna y la golpeó en el rostro.
—¡Mátame si quieres pero jamás voy a querer estar a tu lado! —dijo Hanna mientras se cubría el rostro por instinto.
—Perdóname Hanna, yo... ¡Lo siento! —intentó excusarse Dedrick ante su reacción violenta y el llanto de ella (¿por qué su dolor lo desarmaba?)—, nunca lo habría hecho a pesar de todo porque... porque yo...
—¡Déjame en paz! —gritó Hanna, su voz sonó amortiguada por las manos que le cubrían el rostro.
—¿Qué es esto? —preguntó Dedrick al percatarse del anillo que ella llevaba en el anular izquierdo. No lo llevaba en la mañana y definitivamente él no se lo había regalado.
—¿Qué? —preguntó Hanna descubriéndose la cara, sin caer en la cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir—. ¡Aléjate de mí! ¡No me toques! —gritó cuando vio que él le tomaba la mano, pero quedó estupefacta de horror al darse cuenta de que le quitaba el anillo del dedo para examinarlo.
Schneider recordó la primera vez que cenó en casa de los Müller. En aquella ocasión, Hanna llevaba un anillo igual, incluso rememoró la sensación fría y desagradable que experimentó ante la posibilidad de que la muchacha que deseaba estuviera casada, sin embargo al preguntarle directamente, ella lo había negado, aduciendo que se trataba de una joya de familia... Aquella respuesta le había proporcionado un gran alivio en ese momento, pues de lo contrario tendría que deshacerse del posible cónyuge, y aquello le hubiese llevado más tiempo del que disponía....
—Es una sortija obviamente... ¡Devuélvemela! —respondió Hanna nerviosa, su actitud puso en alerta a Dedrick...
—Recuerdo que la llevabas la primera vez que fui a cenar a tu casa, pero luego no volví a ver que la usaras.
Ella se asustó al comprobar que el hombre la había observado sin pasar desapercibido ningún detalle.
—No tiene nada de especial para ti, Dedrick... ¡Dámela!....
El hombre comenzó a analizar detenidamente el objeto, dando con la inscripción hebrea del interior...
No era un tonto, había pasado demasiado tiempo cerca de judíos como para no reconocer su idioma. Aunque no comprendiera una sola palabra de lo que allí decía, sabía que estaba escrito en hebreo...
—¿Qué significa esto? —preguntó furioso.
—No... no lo sé —titubeó Hanna.
—Una joya de familia, ¿eh? Según me dijiste en ese entonces pertenecía a tu abuela... ¿acaso era judía?... ¿acaso tú eres judía, Hanna? —preguntó con verdadera ira, tanta que horrorizó a la muchacha, sobre todo cuando él se levantó de la cama y sacó la pistola que guardaba en el cinto.
—No... no lo soy, pero...
—¿Entonces por qué tienes esta porquería judía en tu poder?
—Es... es un regalo.
—¿De los sucios cerdos que escondías en tu casa? —preguntó con voz amenazante.
Ella guardó silencio.
—¡Responde, Hanna, si no quieres que pierda la paciencia!...
Ella asintió sin poder decir nada más.
—¿Qué significa lo que está escrito aquí? —preguntó esta vez sin gritar, pero con un tono tan amenazante que erizaba la piel.
—No lo sé —respondió Hanna—, no tengo la menor idea —siguió mintiendo aunque temblando cuando él le puso el cañón del arma en la cabeza.
—Es posible que no lo sepas —reconoció con un asentimiento—, pero de seguro alguna de esas ratas que trabajan en esta casa lo sabrá... —espetó saliendo de la habitación...
—¡Dedrick! ¡Dedrick! ¡Ven aquí! —gritó Hanna con desesperación intentando retenerlo, pero él se zafó de su agarre y siguió avanzando.
Las mucamas que estaban abajo se dispersaron enseguida, aunque una de ellas corrió a refugiarse junto con Deborah y Judith en la cocina, pero de todos modos Schneider llegó allí, seguido por Hanna...
—Necesito que ustedes traduzcan para mí lo que está escrito en esta sortija —ordenó.
Deborah y Judith temblaron al reconocer la joya, y también al ver que un poco de sangre salía de la nariz de Hanna.
—¡Déjalas en paz! ¡Ya basta!
—¡Tú cállate, traidora! —dijo el hombre volviendo a apuntarla con el arma. Posteriormente se dirigió hacia Deborah y la tomó con violencia por la nuca.
—¡Deborah! —gritó Judith por instinto.
—¡Déjala, Dedrick!... ¡Déjala, por piedad! —suplicó Hanna, pero él estaba fuera de sí.
—¡Dime lo que significa esto, maldita sabandija hebrea!
—Solo... solo se trata de... el nombre de Dios en su lengua de origen... es solo eso —inventó Hanna.
—¿Crees que puedo confiar en ti después de que me dijiste que no sabías qué significaban esas letras?
—Ella... tiene razón, solo es el nombre de Dios, señor —mintió Deborah...
No iba a exponer a su hijo y tampoco a la pobre Hanna, así le costara la vida no iba a hablar. Si lo decía, inmediatamente él descubriría que se trataba de un anillo de compromiso, un regalo prodigado por alguien que amaba a la muchacha, entonces sería cuestión de tiempo para que el temido Obersturmbannführer diera con Benjamin... ¡No!... de ninguna manera hablaría...
—¡Mientes! —espetó Schneider apuntándola con el arma—. Ya he visto el nombre de su Dios... lo vi en algunas casas y sinagogas durante la Noche de los Cristales Rotos. Uno de esos sucios judíos me dijo lo que significaban esas extrañas letras que vi en las paredes.
—¡No!... ¡Por favor no lo haga! —suplicó Judith al verlo tan decidido con el cañón del arma apuntando la cabeza de su suegra.
Hanna también rogó por ella.
—Desde luego que sabes lo que está escrito aquí porque eres una cerda judía, así que ¡Dímelo! —insistió Schneider.
—No lo sé —respondió Deborah, pero el sonido de su negativa quedó ahogado tras el estruendoso ruido de la detonación que acabó con su vida...
—¡NOOOOOOOOOOO! —gritó Hanna al ver caer el cuerpo sin vida de su suegra al piso—. ¡MALDITO!
Judith estaba en shock... ni siquiera pudo reaccionar, se quedó allí, arrodillada ante el cuerpo sin vida, sollozando en silencio... tal vez esperaba su turno pero éste no llegó. Dedrick en cambio centró su atención en la mucama que junto a ellas había ido a refugiarse en las cocinas.
—Tú... ya sabes lo que sucederá si no me obedeces —dijo Schneider tomando la mano de la mujer para depositar el anillo en su palma—. ¿Qué demonios significa esto?
La mujer entornó los ojos para enfocar mejor la mirada y concentrarse en la pequeña inscripción... La mano le temblaba, pero aún así no se permitió soltar la sortija...
—Siempre a tu lado —susurró.
—¿Qué? —inquirió el hombre incrédulo—. ¡Repítelo!
—Siempre a tu lado... eso es lo que significa, señor.
A Hanna ya no le importaba nada, se abalanzó sollozando sobre el cuerpo de Deborah como si se tratase de su propia madre, después de todo siempre la había querido como tal. No podía creer que ese maldito bastardo hubiese acabado con su vida...
—¡Maldita zorra! —espetó Schneider tomando a Hanna por un brazo para apartarla del cuerpo—. Así que es por esta razón por la cual no querías casarte conmigo... ¡Ya estabas casada o comprometida!... ¡Con un maldito judío! —dedujo acertadamente mientras la golpeaba de nuevo.
Hanna escupió sangre y salió corriendo para huir de allí lo más rápido posible, no quería seguir viendo el cuerpo de Deborah, ni oyendo los gritos de Schneider... quería despertar pronto de esa pesadilla. Corrió escaleras arriba y se refugió en el baño de su habitación, pero Schneider no la siguió, simplemente la dejó escapar porque no quería verla por los momentos... también necesitaba alejarse, quería acabar con ella y al mismo tiempo seguía sin atreverse.
| Capítulos anteriores/ Previous chapters | ||
|---|---|---|
| ------------ | ------------ | ------------ |