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Hanna estaba paralizada, sin saber qué hacer o decir, y fue Benjamin quien reaccionó luego de que Noah lo sacudiera con fuerza en el hombro.
—¡Sí, es ella! —dijo con emoción.
Benjamin corrió a abrazarla mientras entraban algunos soldados soviéticos al hospital, generando miedo en algunas mujeres y niños.
—¡No entren en pánico! —advirtió en un precario polaco uno de los soldados, aunque era difícil hacerle caso debido a su imponente presencia y al arma que llevaba—,somos soldados del noble Ejército Rojo y vinimos a liberar el campo.
Algunas personas gritaron de júbilo, y otras permanecieron en silencio pero en cuento el mensaje comenzó a transmitirse en diferentes idiomas, la alegría y agradecimiento los invadió por completo.
—Estos son médicos de nuestra unidad —añadió el soldado mientras señalaba a los uniformados que habían llegado con él—, están aquí para ayudarlos pero traeremos a varias unidades de la Cruz Roja. Necesito que vengan conmigo aquellas personas que hablen alemán y otros idiomas para que me sirvan de intérprete, vamos a revisar el lugar.
—Hay otros hospitales en el campo —dijo un joven pálido y de apariencia un tanto frágil (lo dijo en polaco y también en alemán, a su lado yacía su hermano gemelo medio muerto en una cama)
—¿Puedes acompañarme? —preguntó el soldado con amabilidad, dándole la mano para ayudarlo.
—Sí, no se preocupe por mí pero necesito que atiendan a mi hermano, ese doctor Mengele es un monstruo.
Benjamin y Hanna permanecían ajenos a todo a su alrededor, dedicados a abrazarse con fuerza como comprobando que su encuentro se trataba de una hermosa realidad, y no de una fantasía producida por las ansias de tenerse el uno al otro.
—No puedo creerlo, Ben... ¿qué sucedió? —preguntó Hanna entre lágrimas de alegría—. ¿De verdad estás aquí? Yo vi cuando él te disparaba...
—¿Cómo lograste escapar de él? —preguntó Benjamin al mismo tiempo.
Joseph y Noah también abrazaron a Hanna.
—Ese malnacido al parecer tiene muy mala puntería —dijo Noah—, solo le rozó la sien, aun así fue un gran susto.
Hanna retrocedió mentalmente hasta ese momento y recordó que en efecto a Schneider le temblaba la mano mientras apuntaba a Benjamin a la cabeza. Lo odiaba, sí, y lo habría matado de haber sido otras las circunstancias, pero en ese momento las emociones le jugaron una mala pasada, estaba furioso por dos razones: por haberla encontrado junto a su esposo judío, y por haber descubierto que todo ese tiempo había estado con vida y dentro del campo sin que él lo supiese.
Se sentía burlado, engañado, frustrado, pero al mismo tiempo estaba nervioso porque sabía que debía abandonar el campo cuanto antes pues ya había recibido la orden por parte de sus superiores. En su fuero interno estaba consciente de que Alemania estaba a punto de perder la guerra una vez más, así como él había perdido la contienda frente a nada más y nada menos que un judío.
—Gracias al cielo que estás bien y que ustedes también lo están —respondió Hanna complacida, posteriormente miró a Jared y a Joshua en sus camas y se estremeció—. ¡Dios! ¿Cómo están?
—Una enfermera que se quedó a cuidar de los enfermos de este bloque nos dijo que el maldito Mengele les inoculó tuberculosis —respondió Noah, cerrando el puño derecho en un gesto de impotencia.
—¿Qué? ¡Por todos los cielos! —dijo Hanna tratando de avanzar hasta los niños, pero Joseph se lo impidió tomándola del brazo.
—La mujer dice que no debemos acercarnos mucho por si acaso, fueron inoculados para probar una vacuna. Jared está mejor pero Joshua tiene mucha fiebre —explicó Benjamin manteniéndola rodeada con un brazo—, sin embargo no pudimos contenernos y claro que los abrazamos al encontrarlos.
—Siento tantas ganas de encontrar a ese hijo de perra de Mengele y hacerle pagar por esto... Por ahora solo me interesa recuperar a Judith y a mamá, tal vez ambas se fueron en esa marcha. Los nazis que huyeron se llevaron a mucha gente, toda la que pudieron. Nosotros también fuimos obligados a salir pero permanecimos juntos y al menor descuido nos confundimos entre la gente y evitamos salir del campo —dijo Noah—. Papá dijo que era mejor estar aquí para cuando llegaran los soviéticos.
—Kuznetsov, el Comandante del escuadrón de liberación me dijo que afortunadamente lograron liberar Varsovia y Cracovía, y que en su avance han liberado también varios campos de concentración, aunque ignoraban que se encontrarían con este. Miembros del ejército Rojo están desperdigados por todas partes, así que probablemente logren dar con Judith antes de que sea enviada a un campo en Alemania, no obstante, Deborah...
—Ella estaba con Judith, ¿no es así? —preguntó Noah a su hermano—, fue lo que ustedes me contaron en aquella ocasión.
—Trabajaban en las cocinas pero luego nos enteramos de que fueron trasladadas a la casa del Kommandant —dijo Benjamin y luego se dirigió a su esposa—. ¡Tú estabas ahí, cariño! Entonces pudiste verlas, hablar con ellas.... ¿Qué sucede?
Hanna comenzó a sollozar mientras se tapaba el rostro con las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó Joseph desconcertado.
—¡Perdónenme! —exclamó Hanna—. No pude hacer nada... lo hizo frente a mí pero no pude hacer nada...
—¿Hacer qué? —preguntó Benjamin, comenzando a ponerse nervioso.
Hanna tomó a su marido por los hombros y lo miró fijamente a los ojos.
—Schneider le disparó a tu madre —dijo con voz trémula—, lo hizo porque descubrió el anillo de compromiso que me regalaste... quería que Deborah le revelara lo que allí estaba escrito pero ella se negó... y cuando una de las mucamas lo hizo... se llenó de ira y arremetió contra tu madre... Fue mi culpa... ¡Lo siento tanto!
—¡No!... no fue tu culpa —respondió Benjamin abrazándola mientras sollozaba también.
Joseph y Noah también lloraban abrazados.
—Entonces... terminó así... —dijo Noah, observando a través de la ventana las cenizas que el viento arremolinaba en el aire—. Ella no merecía eso... nadie lo merecía... tampoco mis hijos deberían estar postrados... ¿Por qué tanto odio contra nosotros?
Joseph observó a través de la ventana también. Afuera, los soldados soviéticos estaban por todos lados y más guardias nazis estaban siendo agrupados en el medio del campo mientras eran rodeados por prisioneros, en su mayoría judíos. Algunos soviéticos tuvieron que custodiarlos para evitar que fuesen linchados.
—Su madre ahora se encuentra en el paraíso —dijo Joseph mientras abrazaba también a Benjamin y a Hanna—. La justicia de Dios es certera... no lo olviden y jamás pierdan la fe...
—Pero Judith y mis hijos...
—Los niños estarán bien ahora que recibirán atención médica adecuada, y tu esposa regresará a tu lado.
Hanna les contó su experiencia en el campo y también como había escapado de las garras de Schneider.
Kuznetsov mandó a pedir refuerzos a la Cruz Roja polaca para que instalaran un hospital de campaña que les serviría de apoyo para atender a las 4.500 personas que requerían de mayor atención. Lamentablemente muchos de los prisioneros murieron en cuanto los soviéticos les dieron alimento en su desesperación al verlos tan desnutridos y famélicos.
Los soviéticos quedaron horrorizados al revisar los diversos campos de trabajo y las barracas, comprobando así las precarias condiciones en que vivían los prisioneros, Incluso, en su recorrido por Birkenau, encontraron un barracón al que pudieron acceder haciendo un gran esfuerzo por soportar el hedor a heces y a cadáveres descompuestos. Fue allí donde hallaron a dos mujeres de aspecto esquelético que apenas se movían. Alrededor de ellas yacían los cuerpos sin vida de varias de sus compañeras, las pobres temblaban de frío y hambre, cubiertas tan solo por sus andrajosos uniformes a rayas.
Más y más personas rodeaban a los ex guardias nazis congregados en el centro del campo.
—¡Malditos! —gritó un prisionero, arrojando una piedra sobre uno de ellos—, ¿Qué dices ahora? ¡Ya no eres tan fuerte!
—¡Maldito cerdo judío! —espetó el guardia escupiendo en el suelo—. ¡Eres un!...
No pudo terminar la frase porque uno de los soldados soviéticos le hundió la culata del rifle en el estómago.
—¡Ahhhh!
—¡Llévenlos a las cámaras de gas! —solicitaron algunos ex prisioneros a gritos.
—¡No! Llévenlos directamente a los hornos!
—¿De qué hablan? —preguntó uno de los soldados soviéticos a su compañero que enseguida le tradujo lo que los prisioneros decían.
—Hay que informar de esto.
En los próximos días, gracias a los diversos medicamentos que les fueron proporcionados por la tropa salvadora, Jared y Joshua lograron recuperarse satisfactoriamente, así como otros niños del bloque, aunque otros fueron menos afortunados y no pudieron resistir los meses de experimentos abusivos por parte de los galenos nazis.
Kuznetsov conversó con un grupo de niños que contaron sus experiencias mientras él los hacía filmar con una cámara para dejar evidencias que más tarde serían utilizadas en los diversos juicios post guerra.
Los antiguos guardianes nazis que ahora eran considerados prisioneros de guerra, fueron forzados a llevar a los soviéticos por los distintos lugares de las tres secciones del campo en los que ellos iban recopilando información de interés. Otros accedieron de buena gana, aduciendo que habían actuado bajo órdenes y amenazas de los superiores.
Muchos kapos, que en ese momento eran tratados de igual forma que los guardianes nazis, accedieron a colaborar en la recolección de pruebas para intentar obtener el perdón de los otros judíos.
De esta manera los soviéticos consiguieron y documentaron 7, 7 toneladas de cabello humano, preparadas en fardos que serían trasladados posteriormente a fábricas textiles, también encontraron alrededor de 837 mil vestidos de mujer y niños, y cerca de 44 mil pares de zapatos en las llamadas «Canadás» es decir, almacenes de pertenencias de prisioneros que, según algunos informes (los que se pudieron encontrar y que habían sobrevivido a la purga de los nazis) eran enviadas, por órdenes de Dedrick Schneider, comandante del campo, a Berlín.
Con la colaboración de todos los Sonderkommandos (incluido Noah), los Rojos fueron informados acerca de las actividades en las cámaras de gas de Birkenau, y les dijeron que los nazis volaron casi todas pero todavía quedaba una en pie, en ella había un arsenal de guerra pero los liberadores procedieron a desalojarla e inspeccionarla...
Fue grande la sorpresa al comprobar que en las gruesas paredes de hormigón de la cámara, había marcas de uñas como prueba indeleble de la agonía que sufrieron las víctimas que fueron hacinadas y posteriormente asesinadas allí dentro.
Los uniformados también quedaron atónitos al escuchar lo que los Sonderkommandos les dijeron acerca del Zyklon B que los nazis arrojaban por la escotilla del techo, e incluso hallaron varias latas abiertas y tantas otras selladas.
Fue igualmente sorprendente saber que muchos SonderKommandos fueron forzados a introducir en los crematorios a algún amigo o familiar fallecido en las cámaras, y de no hacerlo les esperaba el mismo destino, o incluso podían ser arrojados vivos a los hornos.
Noah se encargó personalmente de mostrarles el horroroso lugar, relatando con dolor el procedimiento mientras los soldados documentaban todo con sus cámaras.
A pesar de que los hornos llevaban días sin funcionar, aún existía en el ambiente una fuerte pestilencia a carne quemada, los soldados estaban barriendo las cenizas de los lugares donde podían recogerlas, y luego las depositaban con delicadeza y respeto en un contenedor.
En Monowitz o Auschwitz III como también le llamaban, se hallaron algunos informes, así como también se obtuvo la confesión de los subordinados de Schneider (molestos con él por haberlos dejado a cargo de la defensa del campo) dichos informes afirmaban que la empresa IG Farben le pagaba a la SS la cantidad de seis Reichmarks al día por cada prisionero que trabajaba allí.
Días después, Hanna y los Eisenberg finalmente recibieron muy buenas noticias después de haberle dado previamente los datos de Judith a Kuznetzov, el hombre les dijo que después de varias llamadas que realizó en su búsqueda, la localizó en un campo de refugiados en Varsovia al que habían sido trasladados todos los prisioneros de campos de concentración liberados, o los sobrevivientes de La Marcha de la Muerte que fueron hallados en el camino.
Fue una gran alegría para todos que los ayudó a sobrellevar, en parte, la perdida de Deborah.
—¿Podremos verla pronto, papá? —preguntó Jared, aferrado al brazo de Noah.
—¿En serio podremos salir de aquí? —preguntó Joshua.
—Así es, hijos, finalmente estaremos juntos aunque no estemos todos.
—Extraño mucho a la abuela —dijo Jared.
—Todos la extrañamos, mi cielo... y también extraño mucho a mamá y a papá... espero que se encuentren bien —dijo Hanna.
—¿Kuznetsov no te ha dicho nada sobre ellos? ¿No ha logrado hallarlos? —preguntó Benjamin abrazándola para contenerla.
—Es difícil porque están en Berlín —respondió Hanna con un dejo de preocupación en la mirada—. Para colmo la ciudad puede ser atacada en cualquier momento, eso fue lo que él me dijo. Las tropas aliadas se acercan cada vez más y el Führer se niega a capitular.
—Todo va a estar bien, Hanna, jamás pensé en poder verlos a ustedes de nuevo, nunca pensé que podría volver a abrazarte y sin embargo... aquí estamos, juntos de nuevo, siempre a tu lado—dijo Benjamin.
Al día siguiente, los soviéticos evacuaron el campo, trasladando a los prisioneros que estaban en mejores condiciones a ese campo de refugiados en Varsovia.
Iban con heridas en su alma y en sus corazones debido al maltrato y a las pérdidas significativas que tuvieron en sus vidas, pero al mismo tiempo marchaban felices hacia la verdadera libertad y no a la que profesaba la frase irónica plasmada en el cartel sobre el portón que dejaban atrás.
Una cámara de vídeo documentó el jubiloso momento en que miles de personas caminaban entre los alambres de púas, en esta ocasión para salir de su pesadilla.
Muchos de ellos eran niños que mostraban los números que los malvados nazis les tatuaron en sus pequeños brazos.
Los que estaban más delicados de salud tuvieron que permanecer en Auschwitz mientras se recuperaban.
Pero para incrementar la felicidad de poder considerarse libres, la mejor noticia que Hanna recibió mientras abordaba uno de los camiones del Ejército Soviético que la llevaría rumbo a Varsovia junto a su familia, fue que finalmente Schneider, Carl y Bruno fueron capturados en la frontera con Alemania...
Recostado en aquel catre de la sucia celda en la que Dedrick se encontraba, estaba repasando mentalmente el momento de su captura, todavía sin poder creer que de verdad hubiera sucedido...
Él quería llegar a Berlín lo más pronto posible porque sabía que una vez entre los suyos, tendría más posibilidades de salvarse, pues allá había una buena defensa, por otra parte, El Führer jamás capitularía, así que tanto él como sus compañeros debían asegurarse de llegar hasta el búnker para prestar su apoyo y obtener protección.
Schneider y Carl tomaron en cuenta la idea de Bruno, de modo que, usando sus armas entraron en algunos hogares de Polacos para robar comida, ropa y otras cosas que pudieran necesitar para el viaje, lo que incluyó, desde luego, vehículos de transporte de animales para hacer más creíble su coartada, y se mantuvieron alejados de las rutas que había planeado en un principio en caso de que Hanna hubiese revelado sus intenciones.
No obstante, cuando ya se encontraban bastante cerca de Alemania, fueron interceptados por un grupo de soviéticos. Los tres confiaron demasiado en sus atuendos de granjeros y en la carreta llena de fardos de paja que los uniformados inspeccionaron minuciosamente, pero no había sido otra cosa más que la cápsula de cianuro que Schneider llevaba consigo, la que terminó por delatarlos...
—No todo es lo que parece —dijo en ruso uno de los soldados a su compañero, señalando a los viajantes con la cabeza—. Hay que revisarlos bien porque a veces llevan consigo muchas sorpresas.
Dedrick y los demás no entendían una sola palabra de lo que decían estos hombres, pero por la entonación de la voz y la forma en que los señalaban intuyeron que algo andaba mal, sin embargo trataron de disimular el nerviosismo lo mejor que pudieron, intentando ocultar los rostros debajo de los humildes sombreros, pero el otro soldado se los arrebató de golpe sin decirles nada más.
Los tres fueron cateados por varios hombres, no les encontraron armas de ningún tipo ya que habían tomado la precaución de enterrarlas junto con los uniformes una vez que se consideraron fugitivos, sin embargo, en uno de los bolsillos del pantalón de Schneider encontraron la cápsula que guardaba con tanto celo.
—¿Qué es esto? —preguntó en polaco el hombre que lo cateaba, mirándolo con una sonrisa. Resultaba evidente que no era la primera vez que veía una de esas.
—Es una píldora —respondió Dedrick con el ceño fruncido.
—¡Qué curioso! Una píldora de vidrio... pero además me llama la atención otra cosa: ¿por qué llevarías contigo una sola píldora.
—¿Cuáles son sus nombres? —preguntó otro, también en polaco.
—Stefan, Marek y Józef Dabrowski —respondió Dedrick en el mismo idioma.
—¿Los tres son hermanos? —volvió a preguntar el uniformado, esta vez esbozando un sonrisa.
—Sí —respondió Bruno—, somos granjeros y...
Ahora mismo comprobaremos si son quienes dicen ser, pero si mienten... —dijo el militar que le había quitado la capsula a Schneider.
—¡Esperen un segundo! ¿A dónde nos llevan? —protestó Bruno al ver que los conducían hacia una tienda de campaña.
Allí los obligaron a desvestirse, siendo inspeccionados detalladamente por tres oficiales que pudieron comprobar enseguida que cada uno de ellos portaba el famoso tatuaje con el tipo de sangre que las SS ordenaba grabar en la piel de sus integrantes. Esta era una prueba ineludible, solo faltaba comprobar sus nombres, pero Dedrick no estaba dispuesto a hablar, sino a escapar.
—Miembros de las SS, ¿no? —dijo con sorna el líder de aquella tropa, quien llevaba esta vez la capsula de cianuro en la mano—. En ese caso creo que lo más conveniente sería hablarle a nuestros invitados en su propio idioma —continuó en alemán aunque con un marcado acento soviético mientras sus compañeros reían —y desde luego hay que darles la bienvenida que se merecen.
—¡Dame eso, maldita escoria comunista! —gritó Schneider intentando recuperar la capsula, pero dos oficiales lo golpearon en el abdomen con las culatas de las armas.
—¡Atrás!
—¿Para qué lo quieres? ¿Para obtener una salida rápida? ¡Ya no vas a poder hacerlo! —se burló el oficial, estrellando la capsula contra el piso—. Ahora mismo me darán sus nombres.
Dedrick permaneció callado... nunca iba a hablar por más que los molieron a golpes.
—¿Te comieron la lengua los ratones? —preguntó otro oficial volviendo a golpearlo.
Bruno y Carl temblaban de miedo, pero no se atrevían a hablar tampoco.
—¿Y ustedes dos? ¿Sí nos dirán quiénes son? —preguntó el líder de la tropa encendiendo un cigarrillo.
—Solo... seguíamos órdenes —masculló Bruno asustado.
—Sí, todos dicen eso —respondió el hombre arrojando sobre los tres una bocanada de humo—. ¿Órdenes de quién?
—¡Cállate! —ordenó Dedrick.
—Pero...
—¿De él? ¿Él era tu líder? —preguntó el hombre del cigarrillo.
Bruno asintió con la cabeza mientras lloraba en silencio.
—Los tres seguíamos órdenes —espetó Carl.
—¡Maldita sea, cállense los dos! —gritó Dedrick.
—¡Tú eres el que debe callarse, maldita escoria nazi! —espetó el uniformado apagando su cigarrillo sobre la piel de la espalda de Schneider.
—¡Ahhhhhhhhhhh! —gritó el alemán sin poder evitarlo.
—Supongo que saben que es cuestión de tiempo antes de que sepamos su verdadera identidad, y en caso de que lo sepamos por nuestra cuenta será peor para ustedes...
—Mi nombre es Bruno Ferdinadn Bähr, mi cargo es Sturmbannführer (mayor) de las SS.
—Ya nos estamos entendiendo, ¿y tú?...
—Carl Stefan Friendman, Hauptsturmführer (Capitán) de las SS.... Por favor... yo solo seguía órdenes... los tres... Piensen en nuestras familias...
—¿Acaso ustedes pensaron en las familias de los miles que asesinaron? ¿Se les olvidó la operación Barbarroja?
—No... pero solo... por favor...
—Será mejor que cierres la maldita boca, Carl ¡No supliques!...
—No, Dedrick... no puedo, yo...
—¿Dedrick? —preguntó el soviético.
—¡Cállate!
—¿Cuál es el nombre de tu líder?...
Carl guardó silencio, incluso cuando uno de los soldados le rompió la nariz de un puñetazo, entonces el líder de esa tropa soviética hizo una seña, y un par de oficiales tomaron a Bruno por los brazos y lo obligaron a ubicarse en el centro.
—¡No! ¡Esperen! Él es Herr Dedrick Adler Scheneider, Obersturmbannführer (teniente coronel) de las SS y comandante del campo de concentración y exterminio Auschwitz.
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