Jugar a ser Dios
Poner palabras a lo que no tiene nombre,
esperanza a lo que no tiene destino,
luz a lo que no puede ver,
pero puede percibir el cambio de temperatura
en la oscuridad, es el objetivo de la escritura,
de la poesía.
Porque escribir es la soberbia
de pretender contener
el universo con palabras
(o la ilusión de poder lograrlo),
es un acto de fe,
es una presunción,
es un salto al precipicio.
Dar vida a través del verbo,
existencia a través del sustantivo,
carácter a través del adjetivo,
historia a través de la oración,
es crear tan solo el camino de migas
que ponemos al vacío,
la invitación a los ojos ajenos
a amamantar lo que parimos.
Porque escribir es desdoblarnos
en busca de sentido,
trastabillar buscando a tientas el camino,
es multiplicarnos sin ser lo mismo,
es creación y destrucción,
es significado y sinsentido,
es un destino inevitable,
es jugar a ser Dios.
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