Aquella mañana, la primera plana del periódico llamó la atención de los parisinos, pero también de los habitantes de La Fantaisie.
—¡Miren esto! —exclamó Helga mientras sus hermanos se acercaban a ella con curiosidad—. Mañana por la noche va a haber un eclipse lunar, jamás he visto uno.
—Dicen algunos de los gitanos ancianos que hace muchos años hubo un eclipse total de luna aquí en París —comentó Arng.
—Pues no le veo nada interesante a los eclipses —dijo Knut, pero una grave voz detrás de ellos llamó su atención.
—¿Se trata del eclipse? —preguntó Fabrizzio señalando el periódico que Helga sostenía.
—Sí —respondió la muchacha con nerviosismo y le ofreció el periódico.
Cuando Fabrizzio leyó el titular no pudo evitar esbozar una sonrisa, un gesto atípico en alguien como él. Los hermanos islandeses se extrañaron muchísimo mientras lo veían alejarse musitando algunas palabras.
¡Falta poco! ¡Ya casi es el momento!
—Falta poco ¿para qué? —inquirió Arng más para sí mismo. Sus hermanos Knut y Helga se encogieron de hombros por toda respuesta.
—Últimamente Monsieur Buonarotti ha actuado muy extraño —señaló Knut.
—¿Y qué me dicen del crápula de Jack? —intervino Helga—. Últimamente no ha sido tan crápula... bueno, en realidad casi no sale de su carpa y el otro día lo escuché llorar allí.
—¿Lo escuchaste llorar? —preguntó Knut con curiosidad—, Pero ¿qué pena podría tener alguien como él?
—¡Ahhhh! No lo sé, tal vez se le esté cayendo el cabello o quizá se haya lastimado el rostro —respondió su hermano gemelo, esbozando una falsa expresión de terror, provocando que Knut riera.
—¡No sean malos! —los reprendió Helga con las manos en las caderas—. Tal vez le sucedió algo serio.
—No lo creo —respondieron sus hermanos a la misma vez.
—No me digas que te has olvidado del pobre Aramis y comienzas a caer ante los encantos del domador de caballos y elefantes, querida hermana —bromeó Arng, logrando que a Helga se le subieran los colores al rostro.
—¿De qué hablas? ¡So bobo! —fue la respuesta de la chica—. Jamás prestaría atención a los galanteos de Jack, y... en cuanto a Aramis... bueno... él y yo no...
—¡Sí, claro! —volvieron a exclamar los gemelos al unísono, esta vez con un toque de ironía en el tono de la voz.
—No sales con Aramís, pero te mueres por que él te haga la corte, ¿o me equivoco? —soltó Knut de repente, esbozando una sonrisa de suspicacia.
—Iré a ver si Berni necesita ayuda —dijo la muchacha, evadiendo la hipótesis acertada de su hermano.
—Cuanto me gustaría que Aramis al fin se decidiera a cortejar formalmente a nuestra única hermana —expresó Arng con un suspiro y una expresión soñadora en el rostro.
El cielo se cubrió con una extensa nube gris y pronto comenzaron a caer gotas de lluvia diáfanas y escuálidas que se fueron tornando cada vez más fuertes y constantes. Jack no había visto el periódico, ni había escuchado la radio, ni siquiera había salido de su carpa a causa de la intensa lluvia y tampoco había tenido una buena noche, solo pensaba en el terrible día en que su padre lo obligaría a cumplir la profecía y sobre todo, se preguntaba si Geraldo había logrado hablar con Marccelo. ¿Qué tendría que decirle este último? ¿Habría regresado Geraldo de su viaje a Fontainebleau del día anterior?
—Aún es temprano —se dijo a si mismo.
Sin embargo se levantó de la cama para prepararse el desayuno. Un poco más tarde al ver que la lluvia había disminuido considerablemente, tomó un paraguas y salió rumbo al hotel donde se había hospedado su tío Geraldo, ya que consideraba que el tiempo que había invertido en desayunar y vestirse era suficiente para que él estuviese dispuesto a recibirlo.
Pero al llegar a la recepción del hotel, el encargado le dijo que el hombre no había regresado de su viaje a Fontainebleau. Jack suspiró con impaciencia entonces, tal vez Fontainebleau no quedara tan cerca como él pensaba, o quizá su tío habría decidido quedarse allí un poco más de tiempo en vista de que hacía muchos años que no veía a su viejo amigo, aunque por otra parte cabía la posibilidad de que estuviese en camino y que llegara a París probablemente por la tarde.
Jack no pensaba por nada del mundo regresar al circo hasta la hora de la función, entonces se dirigió al salón de té del hotel. La lluvia volvía a caer con la misma intensidad de antes y la densa cortina de agua que el muchacho veía a través de los ventanales del café, mantenía las calles desiertas.
En su carpa, Bernardette también contemplaba la lluvia, leía su libro favorito pero no podía concentrarse. Por alguna extraña razón pensaba en Jack y en todo lo que éste parecía haber cambiado en los últimos días...
Se había vuelto un hombre retraído y melancólico, sorpresivamente ya no prestaba demasiada atención a su apariencia personal ¿qué estaría pasando con él? ¿Por qué lloraba aquella vez que ella lo encontró bajo una lluvia como la que contemplaba en ese momento?
El otro que también había cambiado, al menos por los momentos, era Monsieur Buonarotti, su humor parecía haber mejorado esa mañana. Al servirle el desayuno ella lo vio sonreír e incluso le pareció percibir en él un extraño instinto paternal.
Las gotas de lluvia que amenazaban con perforar la lona de la carpa de la muchacha, de nuevo se tornaron escuálidas, azotando cada vez con menos frecuencia mientras el sol cobraba fuerza. El silbido agudo y penetrante de la tetera llamó su atención y entonces ella desvió la mirada de la ventana de la carpa mientras el libro se resbalaba de sus manos.
—¡El té! —exclamó con sorpresa.
Hurgó en un revoltijo de platos y demás trastes recién lavados en busca de una taza, la llenó con la infusión, exprimió el contenido de medio limón y salió de la carpa. Unos segundos más tarde se encontraba frente a la carpa del dueño del circo.
—¡Monsieur! —lo llamó—. Su té.
El hombre descorrió la cortina y sonrió satisfecho al ver la taza humeante en las manos de la muchacha, posteriormente tomó una de sus manos y por primera vez en la vida le agradeció por su trabajo. Ella sonrió de vuelta pero estaba muy contrariada en su interior, así que se propuso desandar el camino hasta su propia carpa, pero antes de hacerlo la voz de Fabrizzio la hizo detenerse...
—Esta noche es cuando verdaderamente se abrirá el telón y empezará una gran función —dijo.
Bernardette asintió y continuó su camino más contrariada todavía.
Eclipse total de luna:
Para la madrugada de mañana está previsto un eclipse total de luna. El último de estos se suscitó hace dos décadas, el 18 de julio de 1870 y según los registros del instituto de astronomía, también fue de tipo total.
El fenómeno se conoce como el momento en que la luna entra en el cono de sombra terrestre. Los científicos aun desconocen el tiempo de duración que tendrá el evento que se suscitará en la madrugada, sin embargo, según sus análisis, presumen que podría durar hasta varias horas, y según estudios recientes han deducido que éste podría iniciarse a partir de las 12: am aproximadamente...
—¡Vaya, el eclipse! Últimamente no se habla de otra cosa —expresó el galeno, suspirando con tedio.
El joven dejó caer el periódico sobre una mesita de té que había frente al sillón, ya no le apetecía leer, sobre todo porque en aquel momento lo único que tenía en mente eran las últimas palabras que le había dicho su madre antes de marcharse junto a su hermana Dafne a Andorra.
«Espero que cuando volvamos hayas recapacitado con respecto a esa gitana»
Él esbozó una escueta sonrisa al rememorar específicamente esa palabra «recapacitar» ¿a que llamaba ella recapacitar? Sin duda alguna se refería a que él, según su criterio, tenía que renunciar a su compromiso con Luna y resignarse a una vida amargada, vacía e hipócrita como la que llevaban ella y Rosbespierre desde hacía tantos años, pero él no estaba, ni estaría jamás dispuesto a traicionarse a sí mismo.
La advertencia de su madre se debía a que había visto su determinación en su decisión de casarse con Luna, pues ya había comprado una casa en el centro de la ciudad con los ahorros de toda su vida que incluían los domingos que otrora le entregaba su padre en su adolescencia y posteriormente el sueldo que ganaba en el hospital desde que trabajaba allí.
Posteriormente, cuando hubiese recolectado el dinero suficiente para una boda sencilla pero hermosa, cumpliría su anhelo de unir su vida a la de la gitana francesa que le robó el aliento desde la primera vez que la vio danzar. Pasaba los días emocionado y expectante ante la idea de participar en el ritual gitano de bodas, adoraba esa cultura y la candidez de ese pueblo que sus padres se empeñaban en rechazar.
Durante su formación en la escuela de medicina, llegó a conocer a mucha gente, vio de cerca la miseria y el dolor, pero también conoció la fuerza, entereza, alegría y optimismo, aprendió a vivir y a palpar esos sentimientos con la invaluable ayuda de su amigo y mentor, Jean Phillipe Valois, quien estaba (según su criterio) cargado de optimismo y vocación de servicio. Marcel adoraba su profesión, sobre todo porque sentía que a través de ella se despojaba de todo atisbo de arrogancia y pretensión que pudiese haber heredado de Francine Bienvenue.
El ruido que emitió la puerta principal de la casa al abrirse atrajo la atención del joven galeno.
Notó que empezaba a oscurecer pues todo estaba iluminado ya con luz artificial y no con la luz del sol, entonces observó la figura de Robespierre traspasar el umbral de la puerta con aire apesadumbrado. Sus ojos color miel estaban entristecidos y clavados en el suelo como si sintiese vergüenza de sí mismo, o como si su pena le impidiera subir el rostro, sin embargo, al ver a su hijo esbozó una escueta sonrisa que paulatinamente se fue desvaneciendo.
—Aún estás aquí —musitó con aire animado—, al menos por ahora no estoy completamente solo.
Marcel frunció el entrecejo en señal de contrariedad e iba a responder justo en ese momento cuando una criada irrumpió en el lugar...
—Señor Bienvenue ¿desea que le sirva la cena ahora mismo o primero va a tomar su baño? —preguntó la joven despojando al alcalde de su gabardina.
—Sirve la cena, por favor —respondió Rosbespierre.
—¿Y usted? —preguntó ella dirigiéndose a Marcel.
—También tomaré la cena. Gracias Diana.
La criada se retiró rumbo a la cocina y Rosbespierre se dirigió a la gran escalera arrastrando los pies.
—¡Espera un momento! —dijo Marcel al notar que su padre se dirigía a su habitación—. ¿Qué te sucede?
—Nada, hijo —respondió con voz cansada—, solo estoy agotado, hay demasiado trabajo en el ayuntamiento.
—Luces más que cansado por una simple jornada laboral... ¡Digo! Al fin y al cabo yo también lo estoy, pero no me veo...
—¿Decepcionado? —completó Rosbespierre con un encogimiento de hombros—. Pues sí ¿qué más da? Estoy decepcionado de mí mismo, cansado de fingir que esto no me afecta en lo absoluto, de tener que ofrecer siempre mi mejor sonrisa hasta a mis adversarios políticos. Estoy harto de la diplomacia.
—Fuiste a verla, ¿no es así? —tanteó Marcel con una fría expresión—. Eso es evidente, no lo puedes ocultar.
—Y si fue así ¿qué? —respondió su padre con una actitud desafiante—. Al fin y al cabo tu madre ya lo sabe todo.
—Y si mal no recuerdo, tú prometiste no volver a engañarla —se apresuró a decir Marcel—, pero desde luego debí suponer que lo que te preocupaba era que ella hiciera esto del conocimiento publico.
—No sabes de lo que estás hablando, no eres el más indicado para juzgarme. Dentro de poco tiempo te vas casar con esa muchacha. Pudiste tener a quién quisieras y te casarás con una gitana de circo.
—La quiero a ella —respondió Marcel con vehemencia—, y soy lo suficientemente valiente como para aceptarlo, en cambio tú ¡Por Dios, padre! ¡Solo mírate! ¿Esto es lo que querías para ti? ¿A dónde te ha llevado tu afán por guardar las apariencias y tu ambición por el poder?
Rosbespierre despegó los labios para hablar, pero Marcel continuó con su perorata.
—Sí, claro, tienes una hermosa casa, una brillante carrera política y una familia que te ama... Pero aún así eres infeliz ¿verdad? Porque no fuiste franco cuando debías serlo. Mamá y tú jamás han sido felices juntos, solo se han acostumbrado el uno al otro, además antepusiste el ¿qué dirán? ante lo que realmente querías y aún así pretendes que yo sea igual que tú.
—Marcel...
—¿Eso es realmente lo que deseas para mí?
—La... la cena ya está servida —anunció con timidez la sirvienta.
—¡Gracias! —respondieron ambos y la muchacha se retiró entonces a sus aposentos.
—Ven, padre —dijo Marcel, ahora con voz indulgente al notar que sus palabras, lejos de enfurecer a su padre, habían hecho mella en él—, cenemos juntos, creo que tenemos mucho de qué hablar.
Ambos pasaron al comedor y tomaron asiento. Los ojos azules de Marcel no se despegaban del rostro de su padre, sabía que él estaba arrepentido, pero no de su relación ilícita con Amelie y mucho menos del hijo que habían engendrado juntos, sino de su falta de valor para admitir, frente a su esposa, lo que ambos ya sabían: que no se amaban y que jamás lo habían hecho.
—¿Cómo está Dominique? —preguntó Marcel mientras cortaba su pastel de carne—. ¿Lograste verlo?
—¿Qué te hace pensar que fui hasta allí? —El alcalde respondió con una pregunta.
—Sabes que lo sé —respondió el galeno con sagacidad—, y déjame aclararte que no te estoy juzgando por eso, aunque no te puedo negar que me enfurecí cuando supe que tú y esa mujer habían engañado a mamá y todavía más cuando supe que había un hijo de por medio, pero ahora...
—Provoco lastima ¿no es así? —inquirió Rosbespierre con una expresión insondable—. Te provoco pena.
—No —musitó su hijo y se apresuró a añadir—, es solo que eres mi padre y lo serás eternamente, así como tampoco puedo negar el lazo sanguíneo que me une a ese inocente. Por otra parte, creo que has estado pagando ya por tus errores.
Rosbespierre exhaló una escueta risa sarcástica.
—Ella no puede perdonar el que yo la haya abandonado definitivamente.
—Creo que lo que ella no logra perdonar es tu falta de honestidad y valor contigo mismo, tu miedo a los juicios de la gente y sobre todo el que hayas negado a tu propio hijo —terció Marcel dando en el clavo.
Por su parte, Amelie no dejaba de llorar de rabia y de impotencia mientras se lavaba el rostro frente al espejo de su baño. No comprendía como Rosbespierre había sido capaz de proponerle que continuaran viéndose a escondidas, ahora que su esposa y su hija menor se habían ausentado de la ciudad. Era un cobarde, jamás la había valorado y mucho menos la había amado, tan solo necesitaba sus mimos, sus caricias furtivas, su comprensión, sus palabras tranquilizadoras y su enorme talento como secretaria. Para él, ella había sido solo un aliciente en su vida acartonada, hipócrita y vacía.
Fue como si la absurda y por demás egoísta proposición del alcalde, hubiese arrancado definitivamente la absurda esperanza de volver con él, había llegado a su límite, no podía permitir que él continuase creyendo que ella seguiría aguantando sus desplantes.
Ella lo había tenido todo en la vida antes de conocerlo a él. Era una mujer inteligente y culta que gozaba del apoyo de un padre que insólitamente apoyaba el feminismo. Su talento y la influencia de su padre le habían valido un puesto brillante en el ayuntamiento y aunque ya no era una jovencita, había sido una señorita respetable hasta que el fruto de su amor terminó por develar su pecado ante aquella sociedad implacable que no había dudado en señalarla con el dedo pese a la mentira que había inventado entonces para intentar escudarse del escarnio y la ignominia. Jamás creerían que Dominique era adoptado pese a que nunca la vieron con el vientre pronunciado, y además aquella mentira había terminado por avergonzarla ante sí misma, porque ella también había negado su propia sangre, solo por salvar un honor que no le prodigaba satisfacción alguna.
Rosbespierre juró amarla una y otra vez, pero la verdad era que Amélie permaneció a la sombra, en el más profundo cajón de sus secretos... ¿Secretos? ¿Cajón?...
De pronto una idea surgió en medio de las cavilaciones de la mujer que enseguida detuvo los sollozos mientras se contemplaba en el espejo de marco labrado en madera pulida.
Abrió la puerta y salió con pasos decididos hasta la habitación, se dirigió hasta su cómoda y tomó del interior de la gaveta una cajita de música que, al abrirla, emitió una dulce melodía. Amélie se apresuró a tomar lo que buscaba para volver a cerrar la caja pues con el sonido, el pequeño Dominique comenzó a moverse en su cuna.
—¡La llave! —exclamó Amélie observándola con avidez mientras se secaba el rostro con un paño—. Nunca más me inventaré excusas para no pensar que escondes algo extraño, Robespierre.
Ella tenía la firme convicción de que había llegado el momento preciso de descubrir qué era lo que ocultaba Rosbespierre que ni siquiera pudo confiarle a ella. En el fondo la lastimaba que él la hubiese hecho a un lado hasta de sus más profundos secretos ¿para que se reunían él y esos hombres en ese templo en mitad de la noche?
Mil veces incluso después de encontrar aquella llave, intentó engañarse a sí misma inventando absurdas justificaciones para el extraño comportamiento esporádico del alcalde. Sabía que él ocultaba algo tal vez grave, pero el amor que sentía por él le impedía exponerlo. Quizá en el fondo temía encontrar algo que terminara de deteriorar por completo la imagen que una vez tuvo de él, o simplemente, pese a lo que se había propuesto en un arrebato de rabia y dolor, no quería hundirlo.
Nunca más permitiría que la subestimaran, esa misma noche descubriría lo que Robespierre ocultaba y entonces él sería el débil, quedaría vulnerable ante ella, temeroso de perder lo que más le importaba en el mundo, el respeto de la sociedad y el buen nombre de su familia.
Amelié solo debía esperar a que el inmenso manto de la noche cayera sobre la ciudad y entonces, amparada bajo su oscuridad, llevaría a cabo el plan que había diseñado desde el momento en que recibió aquella replica de manos del herrero.
En su carpa, Jack lucía pálido y sudoroso pese al fresco de la tarde nublada, se refugió en su carpa luego de haber hablado con Geraldo y su amigo Marccelo que ya se encontraban en París. Después de conversar y analizar posibilidades, todos llegaron a diseñar una estrategia que si bien podría resultar útil y efectiva, podría también resultar peligrosa ya que se trataba de algo bastante arriesgado. Su corazón palpitaba con tanta fuerza que apenas podía contenerlo dentro del pecho, su respiración se agitaba y al contemplar a Bernardette a lo lejos, no pudo reprimir el impulso de avanzar hacia ella y contenerla en un fuerte abrazo.
—¿Qué te sucede, Jack? ¡Suéltame! ¡No empieces! —protestó la mujer.
—No comprendes —respondió él sin soltarla—. Te amo y no... puedo evitarlo.
Hubo un silencio repentino, ella se quedó quieta, incapaz de continuar luchando para que Jack la soltara. Había escuchado muchas veces de sus labios cuanto le gustaba, porque así era él, un descarado, un sinvergüenza y un dandi sin remedio, pero jamás, desde que lo conocía, le había escuchado decir que amaba a alguien y mucho menos con tanta convicción, sin embargo algo más llamó la atención de Bernardette, él temblaba aunque quizá era una estrategia de él para intentar confundirla y enredarla.
—¡Déjame en paz! Ya estoy harta de ti —espetó la mujer, apartándolo de un empujón—. ¡Dios mío! ¿Hasta cuándo vas a seguir persiguiéndome? Comprende de una vez por todas que conmigo no vas a lograr nada.
—Lo único que pretendo es tu bienestar, francesita.
—Yo... tengo cosas por hacer, no tardará en comenzar la función.
La muchacha se marchó y Jack se quedó en el vestíbulo del circo con aquellas últimas palabras resonado en sus oídos como si fueran un indicio de que se acercaba la noche y con ella el momento en que la profecía debía ser cumplida al fin. Su corazón se aceleró aun más al darse cuenta de que unos metros más allá, Fabrizzio contemplaba la Luna aun completa, impoluta e imperturbable mientras esbozaba una extraña sonrisa.
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