Amigos, lamentablemente y por alguna razón que desconozco, la plataforma no me permite subir imágenes, a duras penas subí la portada y la imagen final porque las copié y pegué de los capítulos anteriores, pero no tengo la menor idea de porqué no puedo subir imágenes a mis post desde ayer. Si alguien sabe porqué o le ha pasado antes, le rogaría me lo dijera.
Las trompetas de la banda circense anunciaban el inicio de una nueva función pues una vez más, como cada noche, los pisteros iban y venían con sus pesadas cargas de un lado a otro para poner en orden todos los detalles.
Monsieur Buonarotti, desde su carpa se contemplaba en el espejo de cuerpo entero mientras su mente viajaba muchos años atrás...
Era un joven taciturno cuando arribó a Francia buscando nuevos horizontes, con la responsabilidad a cuestas de unirse a la orden masónica de París y más tarde de presidirla. En ese momento no tenía trabajo ni dinero, pero sí muchas ansias de poder. Sabía de números, así que podría administrar cualquier negocio, no obstante ningún patrón quiso aceptar a un extranjero, de modo que lo único que le quedaba para subsistir, eran sus conocimientos circenses: trucos de magia, malabares y algunas piruetas que había aprendido en el orfanato para divertir a las personas en busca de caridad, por lo tanto cuando divisó la enorme y llamativa carpa de La Fantaisie, pensó que aquella era una gran oportunidad para él. Ofrecería sus servicios como mago ya que detestaba hacer malabares, sin embargo:
—Lo lamento, ya contamos con un mago —dijo Gabrielle por aquello días—, pero necesitamos con urgencia a un payaso.
Aquel ofrecimiento pareció lastimar su ego, ya que consideraba a los payasos como seres inferiores que no hacían nada especial, salvo burlarse de sí mismos para ganarse el sustento, sin embargo no podía permitirse el lujo de negarse, y mal que bien ya tenía experiencia en la labor al desempeñarla en el orfanato, además, aquellos ojos azules, tan parecidos a los de Ludovica, aquella sonrisa cándida, su cabello, todo le recordaba a la mujer que había amado hasta el día de su muerte en su natal Italia, hasta su voz le recordaba a ella, y como una mala pasada del destino hasta parecía usar el mismo perfume de sándalo y jazmines.
Fabrizzio salió de su ensimismamiento, y sin pensarlo dos veces se apartó del espejo donde se estaba contemplando mientras evocaba el pasado. Se dirigió a su cama, se agachó y finalmente sacó de debajo de ésta su caja de madera desteñida. La abrió y extrajo como tantas otras veces la vieja y raída nariz de payaso. Se la puso y volvió a mirarse en el espejo, recordando nuevamente viejos tiempos, pero una vez más aquel fatídico día llegó a su memoria:
—Ya te lo he dicho, Fabrizzio, amo a mi esposo, no quiero que te vayas de aquí porque de veras valoro tu amistad, pero si no dejas de insistir, tendrás que irte. No quiero lastimarte.
—Eres tan parecida a ella —respondió el hombre con voz etérea—, todo en ti me la recuerda.
—Somos buenos amigos. Jean Paul y yo hemos confiado mucho en ti, no arruines esa amistad, no mancilles la confianza que hemos depositado en ti, además ¿de quién me hablas? ¿Te refieres a la mujer que amabas? ¿La dejaste en Italia? ¿Es tu esposa?
—Ella ya no está, ni estará —respondió Fabrizzio con voz triste.
—¿Ella murió? —preguntó Gabrielle, bajando un poco la guardia.
Fabrizzio asintió con la cabeza.
—Lo lamento —dijo ella con pesar—, pero debes comprender que yo, aunque te la recuerde, soy otra persona, soy... tu amiga, la esposa de tu amigo. Confiamos tanto en ti que hasta te hemos dejado como albacea de nuestra hija en el caso de que algo llegue a pasarnos ¡Dios no lo permita!
Él guardo silencio aunque sin poder evitarlo, un brillo siniestro iluminó sus ojos grises. Era cierto lo que afirmaba aquella mujer, en todos esos años se había ganado la confianza y amistad de ella y Jean Pierre, tanto así que lo convirtieron en el padrino de su única hija y albacea de su cuantiosa fortuna, sin sospechar siquiera, que aquel había sido el peor error de sus vidas, la idea más nefasta que pudo haber pasado por sus mentes.
Fabrizzio, sin apartar la mirada del espejo, comenzó a vislumbrar en la mente otra escena de sus recuerdos.
—No te preocupes, Gabrielle, lo haré por ti —dijo a la mujer mientras sostenía el alambre que ella usaba en sus presentaciones.
—Pero estoy acostumbrada a...
—¡Cielo! Creo que Berni tiene fiebre de nuevo —dijo Jean Paul desde la entrada de su carpa.
—Ve con Jean y tu hija —dijo Fabrizzio tras sonreír con tristeza—. Ellos te necesitan.
Ella sonrió también, haciéndole un gesto de agradecimiento con la cabeza, sin sospechar que había vuelto a cometer un gran error que le costaría la vida.
Sin que nadie pudiera observarlo (ya que se encontraba detrás del escenario) para su fortuna, Fabrizzio untó disimuladamente un poco de mantequilla a lo largo del alambre, dando así el primer paso que lo llevaría a convertirse en el señor absoluto de La Fantaisie.
El hombre salió de nuevo de sus cavilaciones, quitándose la nariz de payaso.
—Tenía que hacerlo, Gabrielle —se dijo a sí mismo, sin dejar de contemplar su propia imagen en el espejo—, ni tú, ni Jean Paul habrían permitido que hiciera lo que debía hacer con Bernardette.
El hombre se alejó al fin del espejo para acercarse de nuevo a su cama para sacar de debajo de su almohada el viejo libro de Obéck. Acarició la maltrecha portada y suspiró...
Al fin había llegado el momento tan esperado, Obéck lo premiaría, lo exaltaría por encima del resto de los mortales.
—¡Monsieur! —lo llamó desde afuera la dulce voz de Bernardette mientras palmeaba para anunciar su llegada—. Ya todo está listo.
Él sonrió como pocas veces solía hacerlo y fue directo a descorrer la cortina. Ya la muchacha se encontraba ataviada con su traje de espectáculo.
—Muy bien —exclamó Fabrizzio al verla—, verdaderamente te sienta bien.
La joven no dijo nada, estaba contrariada, no solo por la atípica simpatía y gentileza de su protector y de la igualmente atípica sonrisa que imperaba en su rostro, sino también porque previamente él le había hecho una extraña petición...
El vestido que usaba en esos momentos, blanco con cristales cocidos a mano, era una réplica exacta del que había usado Gabrielle el día de su muerte, él lo mandó a confeccionar días antes para que ella lo usara en la función de esa noche. ¿Con que objetivo él le había hecho esa extraña petición? —se preguntaba Bernardette— pero ignoraba la respuesta por completo, aunque sabía perfectamente que, de no obedecerle, él se enojaría muchísimo.
A mitad de la función, el público se asombraba, maravillándose con el mago Hazzán y su hermosa asistente, no podían imaginar siquiera como llevaba a cabo semejantes transformaciones tan sorprendentes.
Su actuación dio paso a la de los simpáticos y graciosos mosqueteros. El público nuevamente aplaudía, silbaba y reía, pero justo allí, detrás del telón, Jack Robinson, acompañado por sus elefantes, no dejaba de escrutar el cielo, temeroso de que aquella luna plateada y brillante se esfumara en aquel mismo momento. Tenía toda su confianza y fe puestas en Dios y en ese tío que solo conocía desde hacía poco tiempo, pero aunque confiaba en él, desconocía lo que Marccelo le había contado a él en Fontainebleau. Jack estaba nervioso, pero sabía que debía seguir las instrucciones de Fabrizzio antes de que Geraldo y Marccelo entraran en acción, aún desconociendo los planes que estos tenían en mente, y para colmo no dejaba de recordar que cuando conversaron, Marccelo lucía nervioso... ¿y si lo estropeaba todo?
Si algo salía mal, podría costarle la vida a Bernardette y sería su culpa, no se lo perdonaría jamás. De pronto el fuerte trompeteo de uno de los elefantes que tenía sujeto de la rienda, además de la voz de Gastón, lo hizo dar un respingo, sacándolo con violencia de su ensimismamiento. Le hizo una seña a tres pisteros que llegaban en ese momento y con su ayuda, sacó a los elefantes al escenario mientras Bernardette entraba detrás de él luego de cambiarse de ropa.
A las diez y treinta minutos terminaron de marcharse las últimas personas a quienes Knut, Helga, Arng y Aramís estaban firmando autógrafos.
—Si que se extendió esta noche ¿eh? —comentó Aramís mientras cerraba la entrada de las verjas que rodeaban el circo.
—Creí que no se irían nunca —respondió Knut.
—No sean malos —dijo Helga con las manos en la cintura—, a mí me agrada firmar autógrafos.
—Sí, y a mí particularmente me agradan más las funciones nocturnas de la semana que las matutinas y vespertinas de los fines de semana —dijo Aramís.
—¡Claro! —exclamó Arng con tono burlón—, porque esos días hay tres funciones: la matutina, la vespertina y la nocturna así que trabajamos más, pero ahora la noche es joven y el cabaret me espera.
—¡Sinvergüenza! —espetó Helga, lanzándole una mirada de reprobación.
Arng se encaminó a su carpa para cambiarse de ropa y arreglarse mientras los demás lo contemplaban con una sonrisa, menos su hermana Helga. A lo lejos, Bernardette examinaba la luna, escrutaba el cielo con avidez en busca de alguna señal de cambio, pero al ver la luna tan estoica se dijo a sí misma que tal vez era demasiado temprano, por desgracia, debido a su cansancio no creyó poder aguantar hasta media noche para ver el eclipse, los parpados se le cerraban solos, de modo que se adentró en su carpa, se deshizo de la indumentaria circense, se metió en la tina y luego de un relajante baño, se puso el camisón y se metió entre las sabanas.
Bernardette se vio a sí misma en el escenario, al fin había alcanzado su sueño aunque no entendía como rayos había pasado de su cama al escenario sin siquiera advertirlo, pero estaba allí, a quince metros de altura sosteniendo una pérstiga de equilibrio mientras la multitud permanecía en silencio, pero expectante y la banda tocaba un redoble. Sus pies se deslizaban con gracia y determinación sobre aquel alambre tenso, más de pronto y sin saber porqué, cuando ya llegaba a la mitad del recorrido, echó un vistazo hacía las gradas. Justo en el lugar que solían ocupar ella y sus amigos artistas, los vio...
Gabrielle y Jean Paul la miraban desde allí, pero... ¿cómo? ¿Cómo podían estar allí si ellos habían muerto hacía años? Pero aunque el hecho le extrañó, no le tomó demasiada importancia, lo que si le llamó la atención, más que la presencia de sus padres, fue la expresión en el rostro de ellos. Se veían preocupados, incluso aterrados, negaban con la cabeza y, entre señas, le indicaban que se detuviera.
Bernardette arrugó el entrecejo, contrariada y en ese mismo instante se percató de algo más...
Monsieur Buonarotti también observaba el espectáculo desde detrás de sus padres, pero no vestía su habitual atuendo negro y elegante, sino uno que no le había visto desde hacía muchísimos años.
El hombre se deshizo de la peluca y la nariz de payaso mientras esbozaba una sonrisa macabra que hizo estremecer a la joven. Ella comprendió lo que sucedería a continuación y en el mismo instante en que lo supo, sucedió... Sus pies resbalaron fuera del alambre y su cuerpo comenzó a caer al vació, pero justo antes de llegar a suelo, volvió a sentir aquella mano fuerte sobre sus labios, ahogando su grito de terror, entonces despertó; sin embargo la sensación de aquella mano sobre sus labios no se había desvanecido con la pesadilla, efectivamente Monsieur Buonarotti la sujetaba.
—¡Shhh! Tranquila —dijo el hombre—, daremos un paseo.
La soltó por un momento para buscar una mordaza dentro del bolsillo interno de su chaqueta. Ella estaba tan confundida y aterrada que no pudo aprovechar el momento para gritar, no dejaba de preguntarse, mentalmente, si acaso no había despertado aún de su pesadilla. Monsieur Buonarotti nunca fue un santo de su devoción, pero jamás lo creyó capaz de hacerle daño. Bernardette siguió mirándolo con incredulidad mientras él le colocaba la mordaza.
—¿Qué?... ¿Qué sucede, Monsieur? ¿Por qué intenta amordazarme? —preguntó cuando pudo, desviando la cabeza a un lado, resistiéndose al fin.
—¿La hora de qué? ¡Déjeme! ¡Salga de aquí! No quiero ir con usted a ningún lad...
No pudo terminar de hablar porque en un tris la mordaza calló sus protestas, como lo hizo alguna vez la mano de Fabrizzio. El corazón le latía con violencia dentro del pecho, temblaba como una hoja, seguía sin comprender por qué rayos su «protector» irrumpió en su carpa en medio de la noche para intentar raptarla.
El hombre la asió de los brazos y la levantó con rudeza de su lecho. Ella pugnaba por liberarse, pero Fabrizzio la superaba en estatura y fuerza...
¿A dónde la llevaría? ¿Quizá se había cansado de ella y la dejaría abandonada a su merced en algún lugar lejano de París? ¿o tanto la odiaba que deseaba matarla? Todas estas preguntas bombardearon el cerebro de Bernardette sin poder obtener una respuesta mientras él la conducía, a rastras, al exterior de la carpa. Allí, para su sorpresa, aguardaba Jack Robinson con el semblante asustado que había adoptado las últimas semanas, sosteniendo unas cuerdas. Ella notó que el joven se había atado el cabello rubio con una cinta negra al igual que su padre, y como él, vestía ropa oscura y elegante.
Había mucho viento, lo que provocaba que el largo camisón de Bernardette se le arremolinara en los tobillos.
—¡Átala! —ordenó con vehemencia el hombre mientras Jack tomaba a Bernardette de las muñecas—. Debemos apresurarnos, ya casi es hora y además puede vernos alguien.
Al decir aquello, Fabrizzio echó una mirada al cielo y se marchó. Sin saber porqué ella también miró al cielo mientras Jack cumplía el encargo. La luna lucía extraña, como rodeada por una densa bruma.
—¡Vamos! —exclamó Jack, evitando mirarla a los ojos, pero un gemido de protesta lo hizo girar el rostro.
Ella lo miraba con ojos suplicantes y notó además, para su desgracia, que un par de lágrimas brotaba de ellos.
—¡Debes venir, confía en mí! —dijo tomándola en brazos mientras se ponía en marcha.
Bernardette se movía, tratando de provocar que él la soltara, pero le era imposible, al final miró resignada como traspasaban las verjas de entrada, alejándose del vistoso cartel de bienvenida al circo, luego se acercaron a un carruaje sin cochero y Jack la fue bajando hasta que sus pies, descalzos, volvieron a tocar el piso.
El muchacho abrió la puerta del carruaje con manos temblorosas...
—¡Entra! —le ordenó a Bernardette con voz vacilante mientras la empujaba con cierta delicadeza.
Ella negó con la cabeza, le aterraba la mirada fría y extraña de Monsieur Buonarotti que la esperaba dentro del carruaje. La débil luz de un farol lo alumbraba y ella pudo advertir que las dos manos de él estaban puestas sobre la empuñadura de oro de su bastón, el mentón descansaba sobre ellas y aunque la luz solo dejaba ver el mentón y las manos, ella sabía que su mirada gris y determinante estaba posada sobre la suya, llena de terror e incertidumbre, su intuición se lo decía.
Negó con la cabeza una vez más cuando sintió la palma de la mano de Jack sobre su espalda, apremiándola a entrar al coche. Sintió que su cuerpo se paralizó de terror, sus pies estaban intransigentes, clavados en el piso de grava, negándose a dar un paso más, la intuición le decía que si subía a ese carruaje, tal vez no volvería a ver la luz del día, no sabía qué la esperaba más adelante, pero de lo que sí estaba segura, era de que no sería algo bueno.
De pronto, vio como las manos de Fabrizzio se despegaban del bastón para tomarla de un brazo y en ese momento sintió la ira en la fuerza de su agarre y el corazón le latió aún con más fuerza.
—¡Entra ya, maldita muchacha! No estoy jugando.
Al fin subió al carruaje a causa de un tirón, estaba sentada junto a su captor mientras observaba como Jack se subía a la parte delantera, poniendo en marcha el coche, alejándose de La Fantaisie, de sus amigos los gitanos, los mosqueteros y los trapecistas. Se sintió perdida y un sentimiento de abandono la invadió por completo.
El carruaje avanzaba a toda velocidad por las calles desiertas. En la cabina, Fabrizzio permanecía callado, solo podía oírse los cascos de los caballos impactando contra las piedras de las calle. Bernardette intentó en vano liberar sus amarras, pero no lo consiguió, de modo que probó la difícil tarea de relajarse, recostándose del asiento para intentar convencerse a sí misma, que todo debía tratarse de la extraña pesadilla de la cual no había despertado.
Al rato, todavía inmersa en sus pensamientos, sintió que el carruaje perdía velocidad y pocos segundos después se detenía por completo, entonces giró el rostro hacía su derecha y, por encima de Fabrizzio, divisó con sorpresa una iglesia.
El corazón de Jack también latía con violencia, observaba con nerviosismo a su alrededor, necesitaba una señal, sus manos temblaban y sus ojos estaban húmedos, pero ya no había marcha atrás, debía hacerlo, tenía que continuar. Bernardette por su parte estaba pálida, seguía sin comprender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, de hecho, con cada minuto que pasaba se sentía más confundida, atada, descalza y amordazada solo podía mirar con temor la fantasmal e imponente figura del templo y las difusas imágenes religiosas esparcidas por el jardín. Giró el rostro y posó su asustada mirada sobre Fabrizzio como buscando una explicación a todo aquello, pero él le devolvió una extraña mirada, una que ni ella ni nadie había visto nunca, era una mezcla entre alegría y satisfacción
—Se... señor, ya llegamos —balbuceó Jack.
—¿Qué esperas? —inquirió Fabrizzio, dirigiendo los ojos al cielo en busca de la luna, la cual comenzaba a ocultarse—. ¡Cárgala!
Esta orden abrupta, severa y determinante, sacó a Jack de sus cavilaciones. Le echó una mirada nerviosa a Bernardette y posteriormente procedió a tomarla en brazos de nuevo, mientras ella volvía a resistirse, sollozando y tratando de hablar, pero sus palabras quedaban atrapadas en la mordaza.
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