Amparada bajo el manto de la noche, Amélie decidió ir a pie hasta la catedral, ansiosa de poder descubrir lo que Rosbespierre ocultaba. Pensaba que si usaba un caballo o un carruaje, llamaría demasiado la atención, de modo que cuando llegó y se dio cuenta de que había personas frente a la reja del jardín, se alegró de haber seguido su instinto.
La mujer se ajustó la capa de viaje sobre los hombros y se ocultó detrás del muro de una casa en una esquina desde donde podía observar sin ser vista...
Un hombre vestido con capa y sombrero de copa abría las rejas del jardín mientras otro, vestido de igual forma, sujetaba y trataba de conducir al interior del jardín a una mujer. Por la forma en que ésta se movía, parecía resistirse.
Debido a la distancia, Amélie no podía distinguir con claridad, pero por la posición de las manos de la mujer, parecía estar atada.
—¿Qué rayos está pasando allí? —se dijo Amélie a sí misma, viendo como los dos hombres y la mujer se perdían entre las estatuas religiosas de los jardines.
Amélie suspiró, armándose de valor y corrió hacia la reja donde, minutos antes, estaban aquellas personas. Echó un vistazo detrás de sí para comprobar que nadie la estuviese siguiendo y se dispuso a abrir con mucho cuidado la puerta, utilizando la llave que extrajo de su escote.
Ocultándose detrás de estatuas de vírgenes, santos y ángeles, pudo observar que, en efecto, los hombres conducían a rastras a la mujer al interior de una puerta junto a un árbol de acacia, pero de pronto sintió un escalofrío recorrerla cuando el hombre que abría la puerta elevó a la altura del rostro un farol que llevaba para hablarle a su compañero mientras señalaba al cielo, en ese momento ella reconoció a Fabrizzio Buonarotti, el dueño del circo. Amélie no dejaba de preguntarse por qué estaba allí y por qué él y ese muchacho conducía a rastras a la chica al interior de la catedral en mitad de la noche.
—¡Dios mío! ¿Qué significa esto? ¿Tendrá algo que ver con Pierre? —dijo ella en un susurro horrorizado mientras se tapaba la boca con las manos, tratando a la vez de idear la mejor manera de rescatar a la chica.
De pronto, cuando los tres desaparecieron de su campo de visión, la ex asistente del alcalde sintió como todo a su alrededor se fue tornando más oscuro. Por instinto echó una mirada al cielo y advirtió que una extraña capa oscura ocultaba ya la mitad de la luna. Lo había olvidado, ¡El eclipse!
Volvió a mirar hacia atrás, suspirando aliviada al comprobar que nadie la seguía, y se acercó a la puerta junto al árbol de acacia por donde habían desaparecido los dos hombres con su rehén, pero se sobresaltó, ahogando un grito al escuchar un crujido y unos segundos más tarde se dio cuenta de que se trataba de una rama seca que ella misma había pisado.
Con la llave en la mano y suponiendo que le serviría también para aquella puerta pues la cerradura coincidía con la forma de ésta, no se atrevió a abrirla todavía, de modo que pegó la cabeza a la misma para verificar si percibía algún ruido que demostrara que Fabrizzio y los demás aun permanecían en el interior. Al notar que todo estaba en absoluto silencio, se aventuró entonces a introducir la llave.
Los goznes rechinaron un poco al empujar la puerta, lo que provocó que el corazón de Amélie latiera aun más de prisa, pero ella sintió un poco de alivio al comprobar, pese a la oscuridad, que en efecto en la habitación no había nadie.
El escuálido rayo de la sofocada luna que entraba por la puerta, le indicó que la habitación era pequeña y que en la pared opuesta al escritorio también había una puerta, entonces después de comprobar que no escuchaba ruido al otro lado, Amélie introdujo la llave pero ésta no encajó en la cerradura.
—No funciona —se dijo a sí misma con una mezcla entre decepción y angustia —. ¿Dónde rayos están?
No podían haberse esfumado así como así. De repente, sin girarse aún, notó algo que le heló la sangre, provocando que el corazón casi le saltara por la boca... Percibió una presencia detrás de ella, de modo que lentamente se giró, y comprobó con temor que se trataba de varios hombres...
Aunque no podía verles el rostro a causa de la oscuridad, supuso que tal vez se trataría de los caballeros que había visto una vez a lo lejos entrando a los jardines de la catedral, cuando se propuso seguir a Rosbespierre aquella vez.
Uno de ellos avanzó hacía la mujer mientras ella retrocedía para intentar resguardarse, pero la pobre se sentía tan vulnerable que sus piernas apenas podían sostenerla, y por más que lo intentaba, no podría exhalar un grito.
Por su contextura, aquel caballero que tenía frente a sí no podía ser otro más que Rosbespierre.
—¿Quién es usted y qué hace aquí? —preguntó el hombre.
Amélie al escucharlo comprobó que se había equivocado en la conjetura, jamás había escuchado aquella voz.
Otro de los caballeros alzó a la altura del rostro un farol que llevaba y posteriormente los demás lo imitaron. Ella, todavía sin reconocer los rostros, pudo advertir quienes eran pues el farol dejó también al descubierto sus vestimentas.
Casi todos llevaban puestos uniformes, a excepción del que le habló y otro hombre que le había parecido ver anteriormente. Aquello le inspiró confianza y se sintió con valor para identificarse.
—Soy Amélie del Pont —respondió mientras algunas lágrimas brotaban de sus ojos—, ellos capturaron a una chica... Monsieur Buonarotti, el dueño del circo y un joven al cual no le pude ver el rostro, pero no sé dónde están ahora.
El hombre que se había dirigido a ella giró el rostro hacia sus compañeros y dijo con tono preocupado y apremiante:
—Son ellos, debemos darnos prisa.
Bernardette y sus captores habían llegado ya a la sala con piso de ajedrez donde se alzaba el aya y los sirios. Cuatro caballeros a los que ella no había visto jamás, la observaban con admiración, parados junto a una puerta al final de aquella sala.
—¡La has traído! —exclamó Lucas, avanzando hasta ella—. Al fin está aquí.
Él trató de acariciarle el rostro, pero ella rechazó el contacto echándose para atrás. Fabrizzio le quitó la mordaza, pero ella estaba tan asustada que aun así no pudo articular palabra alguna.
—De verdad él revivirá esta noche —afirmó François con tono de júbilo.
—Eres brillante, Brao, sencillamente brillante. Al fin lo traerás de vuelta —dijo Fred
—¿Cómo lo llamó? —Inquirió Bernardette cuando pudo hablar, pero lo hizo con voz trémula.
—Brao —respondió Faustin y posteriormente procedió a explicar con más precisión—. El Bienaventurado y Resplandeciente Amigo de Obéck.
—¿Obéck? —repitió Bernardette extrañada, todavía creyendo que debía encontrarse atrapada en una horrenda pesadilla. Miró a Fabrizzio y exigió una explicación—. ¿De qué se trata todo esto?
—Berni, tranquila...
—¡Cállate, Jack! —ordenó su padre con voz vehemente—. No debes dirigirte a ella, solo hacer el trabajo que te ha sido encomendado.
—¡No lo comprendo, señor —dijo Bernardette, lanzándole una mirada de suplica—. ¿Qué pretende? ¿Por qué ese hombre lo llamó de esa forma tan extraña?
Jack alternaba la mirada entre la puerta de atrás y su reloj de bolsillo, mientras Fabrizzio le explicaba a Bernardette la importancia de su presencia allí, hablándole de Obéck, de su propósito y desde luego del único requerimiento de la extraña deidad para volver a la vida.
—Jack deberá hacerlo —concluyó el hombre—, él será quien reviva a Obéck a través de tu sangre.
Bernardette volvió a quedarse muda, estaba aterrorizada, la explicación de Fabrizzio la había dejado perpleja porque pese a su acostumbrada hostilidad y hermetismo, él siempre la había protegido, le había ofrecido sus brazos para contenerla cuando perdió a sus padres, pero esa no era su verdadera personalidad, y tampoco su propósito había sido protegerla durante todos esos años, sino todo lo contrario, prepararla para esa noche, utilizarla para revivir a ese ser del cual ella jamás había escuchado hablar hasta ese momento, entonces, como una luz que se enciende a su memoria le llegó aquel extraño libro negro que encontró una vez mientras hacía la limpieza en la carpa de Fabrizzio...
Obéck.... Obéck, el dios de la sangre.
Ahora lo comprendía, y también recordó que había visto a Jack con aquel libro entre las manos. ¡Sí! su cambio de actitud tenía sentido, por qué ahora parecía nervioso, ausente y temeroso, pero... incluso así, aquello de Obéck sonaba tan inverosímil. No podía creerlo aun y cuando se encontraba en ese lugar y ya era más que evidente que no se encontraba dormida y soñando, sino en algún lugar del templo.
—¡Abran la puerta! —ordenó Fabrizzio—. Daremos inicio a la ceremonia.
Fred y Faustin se apresuraron a ejecutar la orden mientras Jack miraba nuevamente detrás de sí, creyendo haber escuchado ruido proveniente de la enorme puerta de madera que conducía hasta ese salón.
Cuando Fred y Faustin abrieron la puerta que Fabrizzio les indicó, Bernardette ahogó un grito de terror pues la imponente y horrenda estatua de Obéck saltó a la vista con los brazos extendidos como dándoles la bienvenida. La mujer, aterrada, retrocedió dos pasos mientras negaba con la cabeza. Fred, Faustin, François y Lucas entraron en la habitación blanca y se apresuraron a colocarse encima de la ropa sendas túnicas negras que habían llevado consigo.
—Él tenía razón —susurró la muchacha, invadida por el pánico—. Janosh tenía razón, siempre la tuvo.
Recordó lo que el viejo gitano le había revelado en su lecho de muerte, lo que entonces tomó como una más de sus alucinaciones:
«Tú eres su ofrenda»
—¡No me haga daño, Monsieur ¡No lo haga, se lo ruego!
Bernardette giró sobre los pies, tratando de echarse a correr, pero su acción fue truncada por Fabrizzio que la sujetó en el acto. Ella pataleaba, pugnando por conseguir su libertad, pero la fuerza del hombre la superaban mientras la conducía al interior de aquella blanca y espantosa habitación.
—¡Sujétala bien, Jack! —ordenó, cediéndole a Bernardette. Ella notó que el muchacho la sujetó con nerviosismo—. No olvides que de ti depende el regreso de él.
Jack acostó con dificultad a Bernardette sobre la superficie fría de mármol de la mesa que había frente a la estatua. François y Lucas encendieron las antorchas que estaban a cada lado de la misma.
—Tranquila, Berni, todo estará bien, lo prometo —le susurró Jack al oído mientras ataba su muñeca derecha a una de las argollas de la mesa de piedra.
—¡Sácame de aquí, Jack! —suplicó ella mientras sollozaba—. ¡Déjame ir, por favor!...
—¡No me mires así, Bernardette! —suplicó el muchacho, sin poder soportar tampoco la mirada de terror que se intensificó más al ver que Fred le entregaba a él una daga de plata, cuya hoja relució a la luz de las múltiples velas que Fabrizzio había comenzado a encender por toda la habitación—. Berni, yo nunca...
—Si que me odias, Jack... ahora lo comprendo, ¿es ésta tu venganza por no caer en tu juego? Te lo ruego ¡No me mates!... ¡No me hagas daño! ¡Suéltame! —dijo mientras el hombre sujetaba ahora la muñeca izquierda a la otra argolla.
—Tu sangre llena de odio lo revivirá —dijo Fabrizzio, apartando a Jack para acariciar el cabello de Bernardette—. Yo cultivé el odio en ti ¡Sí! hice que me odiaras y luego bebí tu sangre llena de ese odio para fortalecer a mi señor. ¡Ha llegado el momento! Tu sangre vertida a sus pies lo despertará, tu odio hacia mí lo revivirá...
—Pero yo no lo odio, Monsieur —respondió la muchacha entre sollozos—, nunca lo he odiado... A veces sí, creí odiarlo, cuando me hacía trabajar de más... cuando asesinó a Maximus o cuando me obligó a trabajar con elefantes pese a mi fobia, pero la verdad es que... nunca lo odié enserio, todo lo contrario, siempre lo amé, porque pese a su hostilidad, me sentí protegida por usted... y porque no puedo olvidar que fue usted quien me contuvo cuando mamá...
—¿Qué? —inquirió Fabrizzio sorprendido al igual que los demás—. ¿Qué has dicho? —preguntó luego tomándola de los cabellos, haciéndole daño. Ella esbozó una mueca de dolor y dejó escapar un quejido. Jack intentó intervenir instintivamente, pero el Brao lo hizo retroceder, apartándolo con un brazo—. ¿Qué dijiste, muchacha?
—Que yo siempre lo amé porque aun y cuando no lleva mi sangre, se hizo cargo de mí como un padre, pudo haberme echado ya que compró el circo y sin embargo me crió, usted fue mi protector, mi padre...
—¿No lo comprendes, estúpida? —gritó el hombre encolerizado. Jamás esperó algo así, necesitaba el odio de Bernardette, era algo esencial para el resurgimiento de Obéck—. Te mantuve conmigo para martirizarte porque necesitaba tu odio —luego esbozó una sonrisa cruel y de satisfacción—. ¡Maté a tu madre!
—¿Qué? —ahora era Bernardette quien lo miraba incrédula, había dejado de llorar y lo miraba con atención.
Fabrizzio le relató, con cruel regocijo y lujo de detalles, como había embadurnado con mantequilla la cuerda que Gabrielle usaría en su presentación, entonces un nuevo acceso de llanto invadió a Bernardette, quien sentía correr por sus venas la sangre a punto de ebullición, ahora de odio más que de miedo.
—Y fue allí —concluyó el hombre, señalando con la cabeza la mesa donde ella yacía atada, aún pugnando por su libertad—, donde asesiné a tu padre.
Esta última revelación la dijo en un susurro, regodeándose en la reacción de la muchacha que ahora luchaba con más ímpetu.
Esta última revelación la dijo en un susurro, disfrutando del efecto que sus palabras causaban en la joven que ahora luchaba con más ímpetu.
—Pero... usted dijo que él se había marchado... que me había abandonado después de la muerte de mi madr...
—Eso fue lo que te hice creer, pero la verdad es que también acabé con él.
—No ¡Dios mío, no puedo creerlo!
—Pues sí, créelo, lo traje aquí, y sobre esa misma mesa le di muerte.
—¡Maldito! No puedo creer que haya estado sirviendo todos estos años al asesino de mis padres.
Bernardette estaba fuera de sí por la angustia, la rabia y el dolor, y en el medio del paroxismo de emociones negativas dejó escapar las dos palabras que el Brao tanto necesitaba oír...
—¡Lo odio!
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Fabrizzio, sus ojos grises buscaron anhelantes los de la horrible estatua que tenía frente a él.
—¿Lo has oído, mi señor? ¡Es un hecho, esta noche regresarás!
—¿Leo la profecía? —tanteó Lucas con creciente emoción, haciendo ademán de tomar el libro que yacía sobre el pedestal frente a la estatua.
Fabrizzio asintió mientras Jack intentaba acariciar de nuevo a Bernardette, pero ella giró el rostro para rechazarlo, lo hizo con rabia y también con asco.
—¡No me toques! —espetó—. A ti también te odio.
Sus palabras hirieron el corazón del hombre.
Bernardette observó como los demás caballeros que al parecer servían a Fabrizzio, bajaban las cabezas, con lo cual las capuchas de las túnicas les ocultaron el rostro. Jack parecía expectante y no dejaba de mirar su reloj. Ella permanecía callada, tratando de asimilar las palabras que escuchaba.
—Porque el odio es un sentimiento incluso más fuerte que el amor, deberás alimentarme con la sangre que cosecharás del odio que sembraste. Bienaventurado aquel que le suministre el Bendito alimento a su señor, porque será recompensado con gloria. Tú sabrás que eres el Brao, porque podrás reconocerme y sentirás dentro de ti la necesidad de servirme, entonces yo reinaré sobre todo lo que conoces, como ningún rey que hayas conocido, con cuatro caballeros que me protegerán por encima de todo, y tú serás mi corona porque me honrarás y porque estarás por encima de esos caballeros que tú mismo deberás elegir. De ti ha de surgir el elegido que será quien me entregue la ofrenda final que me hará volver del largo letargo en que estoy sumido, y entonces reinaré y te otorgaré la gracia plena y la felicidad que te ha sido negada. Tendrás el honor de ser llamado Brao, porque siempre serás el Bienaventurado y Resplandeciente Amigo de Obéck.
Cuando Lucas terminó de leer, Fabrizzio miró a Jack y con voz determinante dio la orden que él y Bernardette tanto temían.
—¡Hazlo! —dijo mirando la daga plateada que Jack aún tenía en la mano, y al ver que no reaccionaba, volvió a hablar, esta vez con un tono de voz más sedoso y una mirada de indulgencia—. ¿Qué esperas, hijo? Serás premiado, eres el elegido, el hijo del Brao, serás participe de mi gloria.
Jack negó enérgicamente con la cabeza mientras dejaba caer la daga al suelo. El sonido metálico resonó en el silencio de la estancia, apenas perturbado por los sollozos de Bernardette.
—¡Ya es suficiente! —dijo con voz determinante y exaltada por primera vez en la vida al dirigirse a su padre—. No tengo porqué obedecerte...
—¿Qué has dicho? —preguntó Fabrizzio en tono amenazante, incrédulo mientras los cuatro caballeros se miraban entre sí.
—No deberías hablarle así, ¿cómo te atreves? —inquirió Fred.
—Esto no es asunto tuyo —respondió el muchacho sin mirarlo siquiera, pues sus ojos grises estaban clavados nuevamente en su reloj de bolsillo.
—Repite lo que acabas de decir, Jack —exigió Fabrizzio furioso mientras lo tomaba del brazo con fuerza—. ¿Por qué miras tanto ese maldito reloj? ¡Concéntrate y haz lo que te digo!
—No voy a obedecerte —reafirmó el hombre, mirando desafiante a su padre.
No sabía lo que pasaría con él, pero estaba seguro de que no iba a ver morir a Bernardette.
—¿Por qué? ¿es porque eres un cobarde? ¡DIME!
—Porque... porque... la amo, jamás le haría daño.
Sus palabras provocaron una extraña resonancia en el lugar, Lucas dejó caer accidentalmente el libro al suelo, Bernardette dejó de sollozar y Fabrizzio se tomó la cabeza con ambas manos. Por un momento no dijo nada, comenzó a pasearse por la habitación mientras el sonido de sus pasos se acentuaba en el silencio de la habitación, más de pronto se acercó nuevamente a su hijo y mirando al suelo habló con una voz suave y calmada, tanto que sonó muy extraña en él.
—¿Qué fue lo que dijiste?
—Dije que la amo —volvió a afirmar Jack, secándose con furia las lágrimas que habían empezado a brotar de sus ojos—, ya no puedo ocultarlo más.
—Solo estás inventando eso porque eres un asqueroso cobarde y tienes miedo de hacer lo que te pido, lo que te pide Obéck —al decir eso señaló la estatua, luego se agachó y recogió del suelo la daga que Jack había dejado caer—. La profecía especifica que debes ser tú, pero supongo que el Señor despertará de todos modos si el Brao hace tu trabajo.
—¿Qué? —inquirió Jack, lleno de terror.
—¡Yo lo haré! —respondió Fabrizzio—, pero tú recibirás un castigo. No quiero un hijo desobediente y mucho menos cobarde.
—Pero... la profecía dice que él debe hacerlo —tanteó François—, es específica y literal, no creo que funcione si lo haces tú, no sería el mismo resultado. Él es tu hijo y por lo tanto el elegido para esa labor.
Las palabras de François hicieron reflexionar a Fabrizzio que sacó del bolsillo interno del saco una pistola con la que apuntó a Jack a la cabeza, mientras intentaba regresarle la daga.
—¡Lo harás! —afirmó con desespero—. Te juro que lo harás o pagarás las consecuencias de tu cobardía.
Jack tomó la daga de vuelta con una mano temblorosa, pero aun así miraba a su padre con una expresión desafiante, aunque de vez en vez alternaba la mirada entre su él y la puerta cerrada de la habitación.
—¡Haz lo que quieras! —dijo golpeándose dos veces con energía en el pecho con la palma de la mano izquierda—. ¡Dispárame! No me importa, pero no le haré daño, antes te hundo esta daga a ti en el pecho.
—¿Serías capaz? ¿De eso sí serías capaz? —preguntó el hombre, visiblemente sorprendido mientras los demás ahogaban un grito.
Bernardette no se atrevía a hablar, estaba demasiado confundida y asustada.
El Brao lo miró extrañado mientras bajaba el arma, recordando el día en que su hijo había nacido. De pronto, la puerta de la habitación se abrió de forma abrupta, y varios hombres vestidos con uniforme de policía, acompañados de una mujer entraron. Los oficiales empezaron a apuntar a todos con las armas...
Fabrizzio sintió que el corazón le saltaría por la boca en cualquier momento, no entendía como habían llegado todos ahí y mucho menos podía explicarse la presencia de la ex asistente del alcalde que en ese momento procedió a desatar a Bernardette del altar de sacrificio.
—¡Monsieur Buonarotti! ¿Cómo fue capaz de hacer esto?
—¿Qué está haciendo aquí, señorita del Pont? —inquirió nervioso, pero luego, al mirar las armas de los policías, sintió un arrebato de odio por ella y quiso ofenderla—. ¿No debería estar entre las sábanas del alcalde?
Ella no le hizo caso y continuó desatando a Bernardette.
—Está usted arrestado, señor Buonarotti —informó el jefe de la policía—, por intento de homicidio, y ustedes también —señaló a Fred, Faustin, François y Lucas.
Tras una señal del líder, los demás oficiales procedieron a capturarlos, solo Jack permanecía libre, mirando a su alrededor para tratar de encontrar a quien estaba esperando.
—¿Cómo supiste de esto? —preguntó Fabrizzio a Amélie, sin poder disimular la curiosidad mientras uno de los oficiales le ataba las manos por detrás de la espalda.
Jack no dijo nada, pero en su interior se hacía la misma pregunta.
—Los seguí —simplificó ella—, los vi entrar aquí y los seguí.
—¿Y cómo entraste? —volvió a preguntar el dueño del circo.
—Tal vez este muchacho dejó caer su llave, es evidente que quería traicionarnos desde un principio —espetó Fred, lanzando una profunda mirada de desprecio sobre Jack.
—La llave se le cayó a él —mintió Amélie señalando a Fabrizzio—, Vi cuando se le deslizó. Simplemente esperé a que se alejaran y la recogí para entrar —dijo después mientras contenía entre sus brazos a Bernardette.
—¿Y cómo es que llegó la policía aquí? —quiso saber François.
—¡Yo los traje! —respondió un hombre cuya sola presencia dejó perplejo al Brao.
—¿Tú? —preguntó Fabrizzio en un susurro y posteriormente habló en su idioma materno—. Sei qui, nom é possibile (Estás aquí, no es posible)
—Ma perché? (Pero ¿por qué?) ¿No te alegras de verme, paisano? No te veía desde que mataste a mi hermana y secuestraste a mi sobrino recién nacido —añadió luego en francés.
Bernardette estaba más desconcertada que nunca, nada tenía sentido, todo era tan extraño y confuso.
—¿Cómo diste conmigo? —preguntó con furia Fabrizzio.
Geraldo miró por encima de su hombro derecho y se dirigió a alguien a quien los demás no podían ver porque aún no había entrado a la habitación.
—¡Ven aquí, hombre! Él ya no puede hacerte daño.
Al fin Marccelo entró tembloroso y angustiado.
—Debí suponerlo ¡Sabandija! —gritó Fabrizzio furioso, pero el oficial que lo sujetaba logró contenerlo debido a su corpulencia.
—Ya la policía lo sabe todo, yo mismo se lo conté con lujo de detalles —dijo Marccelo mientras sollozaba, luego miró a Bernardette—. ¡Niña! Ya estás a salvo.
Bernardette lo miraba con una expresión atónita, sin poder hablar todavía.
—Logré contactar a tu sobrino precisamente cuando te buscaba a ti —expresó con alegría Geraldo—, y desde entonces nos hemos estado viendo, planeando con mucho detalle este día, hasta que al fin llegó. La policía necesitaba pruebas y aquí están —resumió encogiéndose de hombros—, te capturaron en flagrancia.
—Él también... esa sabandija también debería ser arrestada ¡Él me ayudó! —escupió Fabrizzio con ira mientras señalaba a Marccelo.
—Él colaboró con su captura, supongo que merece indulgencia —alegó el oficial, mirando con el ceño fruncido la estatua de Obéck y todo a su alrededor.
—¿Por qué tardaron tanto en llegar? —quiso saber Jack.
—¡Pútrido traidor! —espetó su padre, intentando acercarse, pero el oficial volvió a contenerlo.
—Necesitábamos escuchar todo lo que el señor Buonarotti decía para usarlo en su contra —respondió el líder de la policía—. Así es, Monsieur Buonarotti, estuvimos mucho tiempo detrás de esa puerta y sus palabras y acciones lo hundieron al igual que a sus cofrades.
—¿Por qué? —preguntó Bernardette, abandonando al fin el refugio de los brazos de Amélie para acercarse a su mentor—. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué sentido tenía?
Él parecía no escucharla, había abandonado su actitud hostil y siniestra. Esbozando una expresión de alegría casi infantil, posó los ojos llenos de ilusión sobre el horrendo rostro de piedra de Obéck.
—¡Mírenlo! —expresó con ese semblante que nadie, y mucho menos Bernardette, había visto nunca—. Al fin se mueve.
Todos intercambiaron miradas de extrañeza, incluso los caballeros de la orden del falso dios.
—¡Fabrizzio! —lo llamó Fred con preocupación—. No pudimos completar la misión.
—De seguro ya pasó el eclipse —añadió Faustin—, y no pudimos cumplir la profecía.
—¿De qué están hablando? ¿Acaso están ciegos? —preguntó su líder con aire ofendido—. Se está moviendo —con un enérgico movimiento logró zafarse del gendarme que lo sujetaba. Aunque las manos continuaban atadas por detrás de su espalda, se acercó a la estatua que, pese a sus palabras continuaba impasible, entonces siguió mirándola con admiración, regodeándose en el paroxismo de la alegría—. ¡Despierta, Obéck! ¡Despierta, mi señor! ¡Cumple con lo que prometiste!
—La estatua sigue inmóvil, igual que siempre —advirtió Lucas.
—Y así continuará —aseveró Marccelo—, tú lo sabes bien, Fabrizzio.
—¡Cállate, no quiero oírte!
—Tú mismo me ordenaste esculpirla.
—¿Qué? —preguntaron a la vez los caballeros de la orden.
—La esculpí con mis propias manos y luego tuve que huir lejos de él porque sabía que iba a matarme para que no revelara nada.
—¡Obéck es real, Obéck existe! —repetía Fabrizzio una y otra vez, refugiándose en sus palabras, buscando la verdad en ellas.
—¡Se ha vuelto loco! —susurró Bernardette con un tono compasivo.
—Creo que siempre lo estuvo —respondió Geraldo—, te prometo que te contaré lo que sé, pero antes salgamos de aquí, la pesadilla terminó.
Los oficiales tomaron a Fabrizzio y lo arrastraron al exterior de la habitación mientras él volvía a tomar una actitud hostil y agresiva.
—¡Déjenme en paz, imbéciles! No lo entienden, deben dejarme con él, es el único que me comprende...
Amigos ya nos acercamos al final de esta historia, quiero agradecer a los que la han venido siguiendo desde el primer capítulo. Al final les dejo una lista con los capítulos anteriores. Muchas gracias por su apoyo.
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