Bernardette llegó pálida, asustada y confundida a La Fantaisie, era tal su estupor, que no permitió que Jack la acompañara, fue Amélie junto a Marccelo quienes la acompañaron de vuelta mientras Fabrizzio y los demás eran escoltados por la policía.
Al día siguiente, no solo los comentarios acerca del eclipse colmaron los periódicos, sino también la noticia de que el exitoso y próspero dueño del famoso circo, La Fantaisie, había sido sorprendido junto a otros caballeros por la policía cuando intentaba asesinar a su «Protegida» en un extraño rito pagano llevado a cabo en un recinto ubicado en nada más y nada menos que la catedral.
En el circo, así como en toda la ciudad había mucha confusión, demasiadas preguntas y casi ninguna respuesta, había un extraño silencio.
María se sobresaltó cuando su marido Branco le llevó el periódico con la noticia en pleno desayuno, tanto ella como Renzo y Luna corrieron hasta la carpa de Brnardette y se sintieron tan aliviados de verla allí, como confundidos al verla acompañada de una extraña.
Bernardette no hablaba, solo lloraba, estaba dolida, confundida, decepcionada y excesivamente molesta por haber creído en la palabra de Fabrizzio durante todos esos años.
—Es... es usted, la secretaria del alcalde —la reconoció al fin Luna.
—Lo era —respondió la aludida, esbozando una sonrisa triste y luego añadió con la falsa determinación del decepcionado—, pero no volveré a serlo jamás.
—¿Usted la trajo? —preguntó Branco con curiosidad.
—Así es, por favor cuiden de ella, yo... debo regresar a casa, volveré luego para saber cómo está.
—Creo que sería bueno que buscaras a Marcel, Luna —dijo Renzo acercándose a Bernardette y mirándola con preocupación—. No sabemos cómo está... si está herida o...que pudo haberle hecho ese desgraciado infeliz.
—¡Lo sabía! —aseveró María mientras se secaba las lágrimas, contemplando a Bernardette sentada en su cama mientras se abrazaba las piernas, manteniendo una mirada perdida—, siempre supe que él era una bestia.
—Iré por Marcel pero antes me gustaría saber qué sucedió. Amiga, por favor habla... —Luna se sentó en la cama intentando obtener una respuesta.
—No la presiones, hija, déjala —aconsejó Branco y al instante una voz angustiada se oyó en el exterior de la tienda.
—¡Bernardette! ¿Estás ahí? Soy Danitza.
—¡Oye Berni! Somos nosotros también —dijo otra voz.
—Es Aramís —aseguró Renzo—. Danitza y Aramis.
Cuando Renzo fue hacia el vestíbulo de la carpa y abrió la cortina que servía de puerta, descubrió que no solo Aramis y Danitza estaban en el exterior, sino el resto de los mosqueteros y también los hermanos islandeses.
—¡Hazlos pasar, por favor! —solicitó Bernardette, sorprendiendo a todo el mundo una vez que hubo identificado las voces de los recién llegados—. Son mis amigos... todos ustedes son mis verdaderos amigos.
Renzo los hizo pasar y se dirigieron a la habitación de la muchacha para escuchar absortos cuando ella se decidió al fin a narrar lo que había ocurrido en el templo durante la madrugada, incluso las confesiones de Fabrizzio y la manera astuta y arriesgada en que Jack consiguió salvarla.
—Entonces él asesinó a tus padres... Eso quiere decir que mi padre tenía razón a pesar de sus alucinaciones —conjeturó Branco, pasándose una mano por el cabello.
Bernardette asintió mientras un par de gruesas lágrimas le caían por las mejillas.
—Él me lo dijo aquella noche en que murió, y también me advirtió que... sería la próxima víctima, pero yo... jamás pensé que monsieur...
—¿Cómo no pensarlo, Berni? A mí no me sorprende —dijo Renzo—. Siempre fue un crápula, un maldito. Ahora todo tiene sentido, con razón te desmayabas con frecuencia...
—No puedo creer que haya estado bebiendo tu sangre —comentó D'Artagnan—, es un enfermo.
—Está loco —simplificó Bernardette.
—Sin duda alguna ha debido estarlo para hacer todo lo que hizo —añadió Helga negando con la cabeza.
—En verdad lo está —insistió Bernardette—, sonreía tontamente y hablaba como si de verdad esa horrible estatua estuviese viva.
Amélie llegó a su casa, exhausta y sobre todo confusa, sus padres la esperaban con angustia luego de notar su ausencia y leer el artículo del periódico, pero ella se excusó diciendo que más tarde les daría una explicación de por qué se había ausentado la noche entera, asegurando además que no había estado junto al alcalde como ellos sospechaban. La sola mención de su nombre la hizo estremecer y recordó con alivio que de camino a la habitación donde se encontraba Bernardette, aquellos hombres italianos, Geraldo y Marccelo le habían dado una resumida, pero nutrida explicación de lo que realmente sucedía, quien era Fabrizzio, qué pretendía, cuál era su obsesión, y el nombre de Rosbespierre no salió a colación, salvo que tal vez debía pertenecer a la logia masónica que el dueño del circo también presidía. Sin embargo, la existencia de aquella logia la mantenía un poco inquieta y aunque algo muy dentro de sí le decía que no debía preocuparse, sentía también una enorme necesidad de hablar con Rosbespierre al respecto.
En casa de los Bienvenue, Rosbespierre no dejaba de pasarse las manos por la cabeza en actitud preocupada e incrédula, un ejemplar del periódico descansaba sobre la superficie de la mesa, sin fotografía, pero con un artículo que provocó que su sangre se helara de estupefacción, donde lo que más resaltaba era el hecho de que su amigo había intentado matar a su protegida dentro de una iglesia. Lo más probable es que las autoridades hubiesen descubierto ya lo de la logia masónica, pero... ¿Qué rayos le había pasado a Fabrizzio? —se preguntó—. ¿Por qué intentó asesinar a esa muchacha?
Aquella tarde no había preparativos para la función porque simplemente no habría espectáculo esa noche, sin embargo un gran tumulto de gente ansiosa y sedienta de información, entre los que figuraban reporteros, se apostó detrás de las verjas de la entrada del circo mientras llegaba la policía que se disponía a inspeccionar la carpa de Fabrizzio.
Patrick Le'Blanc había vencido el impulso de visitar la carpa de Bernardette para preguntarle como estaba, no quería importunarla, pero estaba tremendamente impactado, aunque nada lo podía preparar para lo que escucharía luego...
Jack por el contrario no quería salir de su carpa, ni ser interrogado, todavía tenía grabada en la mente la expresión de horror en el rostro de Bernardette, no sentía miedo de la policía que en aquel momento registraba la carpa de Fabrizzio sacando cajas con objetos y carpetas con documentos, pero sentía verdadero horror de ser repudiado por ella, por esa mujer que no había visto desde la noche anterior, pero que sabía que estaba deshecha por todo lo que había ocurrido, entonces permaneció en su carpa, sumido en sus propios pensamientos sin saber qué sucedería a continuación. En un abrir y cerrar de ojos su vida había cambiado de forma abismal y eso no era algo fácil de asimilar.
En los días sucesivos la policía se negaba a darle a la prensa más noticias de lo ocurrido en la catedral, no obstante los encargados de templo elevaron su voz de protesta ante el burgomaestre, acusándolo de hereje ya que ahora era del conocimiento público que él pertenecía a la orden masónica, y muchos llegaban a perderse en el mar de confusión entre la masonería y La Orden de los Caballeros de Obéck, sin embargo él logró defenderse, alegando que muchos políticos y otras personalidades del mundo habían pertenecido a logias masónicas sin que ello determinara que fuesen malas personas, explicó también la diferencia que había entre la masonería y la herejía, y que él no tenía que ver en lo absoluto con los ritos que su otrora amigo había llevado a cabo en el interior de la catedral.
La Fantaisie por su parte continuaba cerrado, todo el mundo se preguntaba qué sucedería a continuación y qué rayos habría sido de la vida del Vampiro, pero la respuesta llegó aquella mañana, tan certera como los rayos del sol que comenzaban a aliviar la tristeza de Bernardette, que en ese momento desayunaba en compañía del patriarca de los gitanos y su familia.
—¡Eh!... ¡Berni!... Te buscan en la entrada —anunció Porthos con un poco de timidez, venía en compañía de Helga.
—¿Quién la busca? —inquirió María, rodeándola con un brazo.
—¿Quién la busca? —inquirió María, rodeándola con un brazo.
—Es el jefe de la policía —respondió la joven islandesa—, dice que tiene información importante que darte... ¡Eh!... darles, quiere hablar también con Patrick.
—¿Con Patrick? —repitió Bernardette extrañada—. ¿Qué rayos tiene él que ver en todo esto?
Tanto Helga como Porthos se encogieron de hombros al no poder darle una respuesta.
—Pero lo más extraño es que el jefe de policía ha venido acompañado de Marccelo, el antiguo domador, y también por un hombre que dijo ser el tío de Jack —añadió Porthos—. Es un tipo italiano.
—¿Qué querrán? —se preguntó a sí mismo Renzo con curiosidad.
Bernardette se limpió los labios con una servilleta y se levantó de la silla frente a la mesa.
—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Luna, mirándola con expectación.
—No hace falta, descuida —la tranquilizó Bernardette negando con la cabeza—, luego les contaré.
La chica se dirigió hacia el vestíbulo del circo donde aguardaban Geraldo, Marccelo, Jack, Patrick y el jefe de policía, sentados frente a una mesa de madera con puestos incorporados que otrora Fabrizzio había dispuesto para recibir visitas, ya que no le gustaba recibir a nadie en su propia carpa.
—¡Señorita Lavoissier! ¿Cómo se encuentra? Soy el oficial Noel, Gauthier Noel, jefe de la policía de París, estuve en...
—En la catedral cuando me rescataron, lo recuerdo, oficial Noel —respondió la mujer estrechando la mano del policía.
—Bien, ¡eh!... creo que tanto usted como el señor Le' Blanc, aquí presente, merecen una explicación de lo ocurrido, y es por esa razón que me encuentro aquí.
—Oficial —intervino Patrick—, creo que debe haber un error, es decir, estoy evidentemente conmocionado con todo lo que sucedió, pero... no estoy involucrado, me refiero a que no soy directamente el afectado.
—Pues... escucha con atención y paciencia lo que hemos venido a relatar, y comprenderás que tuve razones de sobra para citarte también —dijo el oficial de policía en tono amable, luego miró a Geraldo y después de asentir, éste comenzó a relatar la verdadera historia de Jack, su procedencia y desde luego la forma en que Fabrizzio se lo había arrebatado a su verdadera familia luego de asesinar a Ludovica.
Jack, aunque visiblemente afectado, relató lo que sabía, es decir, la historia que Fabrizzio le había contado acerca de como había llegado a Inglaterra y como había sido adoptado allá por una pareja.
—Pero creo que las respuestas definitivamente las tiene Marccelo —añadió Geraldo con su marcado acento italiano.
Marccelo se mostró reticente, pero Bernardette estaba demasiado sedienta de información como para tener paciencia, de modo que lo tomó por los hombros y lo zarandeó con brusquedad...
—¡Vamos, Marccelo! Cuenta lo que sabes, necesito saber si lo que dijo el... Fabrizzio, es cierto o no. ¿Él asesinó a mis padres?
—No solo a ellos —respondió con voz trémula el hombre—, también a Ludovica.
—Eso ya lo sabemos, di lo demás que sabes —ordenó con vehemencia Jack.
Marccelo narró con lujo de detalles todo sobre La Orden de los Caballeros de Obéck y como Fabrizzio había utilizado la masonería para ocultar su propia logia siniestra.
—Todo esto es muy confuso —dijo Bernardette—. ¿Una logia masónica debajo de un templo cristiano? Esa gente... tengo entendido que no son buenas personas.
—No hay nada de malo en la masonería, ese no es el verdadero problema —aclaró Jack—. Soy el miembro más reciente de la orden y por ende puedo dar fe de lo que es. Solo se trata de un grupo de personas que se une en nombre del conocimiento, la hermandad y la igualdad.
—¿Comunistas? —inquirió Patrick con curiosidad, aun preguntándose qué tenía que ver él en todo aquello.
—No precisamente —respondió Jack—, aunque simpatizamos con algunos ideales sociales de libertad e igualdad, el caso es que... mi padre se vio obligado a continuar con la labor de liderar la logia parisina, labor que fue encomendada por su antecesor, el hermano Franccesco, quien había sido su mentor en el orfanato en el cual fue criado después de la muerte de sus padres.
—¿Cómo es que los monjes que viven en la iglesia no sabían nada de esa logia? Una logia masónica en sus propias narices —razonó Patrick.
—Tal vez lo sabían, me refiero a algunos de ellos, no lo sé —dijo Jack.
—Muchos miembros del clero aún le temen a las logias masónicas y las consideran herejes y paganas por su misterio y secretismo —explicó el oficial Noel—, por eso muchos prefieren ignorarlas más que combatirlas, no sé si sea este el caso, solo es especulación mía. Cuando fuimos a investigar allí, los monjes afirmaron no saber absolutamente nada.
—¿Hallaron algo en aquella inspección? —preguntó Bernardette.
—Encontramos un libro en una de las salas de aquel recinto en el cual hallamos una lista con todos los nombres de los miembros de la orden —respondió el oficial Noel—, y nos llevamos una sorpresa al descubrir que el alcalde Bienvenue también formaba parte de la organización, aunque por lo que hemos podido investigar realmente esa logia no representa ningún peligro.
—En absoluto —terció Jack con un tono de tedio—. Fabrizzio era el peligro, continuó con la logia quizá porque en el fondo le guardaba algún aprecio a ese tal hermano Franccesco, después de todo fue el único que lo tomó en cuenta y le brindó un gran conocimiento luego de la muerte de sus padres... Pero más tarde descubrió que allí, en una de las habitaciones de la orden se encontraba la gran estatua de Obéck... una que había sido destruida muchos años atrás, en ese mismo lugar junto con... el libro donde aparece la profecía que supuestamente aseguraba que él era el Brao, el Bienaventurado y Resplandeciente Amigo de Obéck, y yo... como su único hijo, el elegido para derramar la sangre de Bernardette.
—El caso es que investigamos y según los registros del templo, aquella estatua que usted menciona, señor Robinson, fue en efecto destruida mucho antes de la construcción de la catedral.
—Eso explica lo que dijiste, ¿no es así? —preguntó Jack a Marccelo—. Eso de que tú esculpiste esa estatua, no diste más detalles al respecto, pero creo que ahora es el momento.
—Sí, creo que el señor Pausinni podría explicar con más detalle lo que dijo el día del eclipse —añadió el oficial Noel.
Marccelo volvió a mostrarse un poco reticente, pero posteriormente, al ver que no tenía otra opción, comenzó a hablar:
—Todo fue... una mentira —dijo mientras Geraldo asentía con la cabeza—. Como saben, yo fui... la mano derecha de Fabrizzio por decirlo de alguna manera. Lo conocí en el circo de los hermanos Milanni, es decir el de Geraldo y sus hermanos, yo era domador pero también escultor. Fabrizzio vio mis habilidades y decidió reclutarme para su gran obra.
—¿Gran obra? —repitió Bernardette.
—Sí, cuando él llegó a Francia no llegó solo, yo vine con él pero antes fuimos a Inglaterra y te dejamos con tus padres adoptivos, al menos esa parte de la historia que Fabrizzio te contó es cierta, aunque haya obviado el detalle de que yo estaba presente —explicó Marccelo mirando a Jack—, luego, al llegar a Francia, entramos a La Fantaisie —continuó el hombre, ahora mirando a su alrededor—, él como payaso y yo como domador. Yo... lo admiraba...
Todos notaron que a este punto del relato, pese a la reticencia que mostraba al principio, Marccelo tenía un extraño brillo especial en la mirada. El tono de su voz era sedoso y denotaba una obsesiva fascinación por quien era su amigo.
—Lo hubiera seguido hasta el fin del mundo si me lo hubiese pedido —continuó—, pero él no hacía más que pensar en ese libro, era... su obsesión. Yo no quise involucrarme en la orden masónica, pero aun así me llevó al templo porque tenía un encargo para mí... Me llevó a esa habitación blanca y me pidió que esculpiera para él esa gran escultura del extraño demonio que aparece en su libro, lo hice a partir de un enorme pedazo de mármol sin pulir. Yo no sabía que estaba haciendo allí ese pedazo de roca hasta que Fabrizzio me explicó que era...
—La piedra bruta, la representación del profano —analizó Jack, todavía asombrado ante lo que escuchaba—. Recuerdo que él me lo dijo: todo templo masónico posee una piedra bruta, pero... ahora comprendo porqué yo nunca la vi, estaba en esa habitación a la que no me permitía entrar hasta que me habló de Obéck.
—Fabrizzio había perdido la testa (la cabeza) —añadió Geraldo—. Estaba obsesionado con esa cosa que ni siquiera existe.
—Él se sintió decepcionado cuando descubrió que la estatua original había sido destruida y fue cuando me pidió que creara una nueva, intenté, desde luego persuadirlo, traté enserio de hacerlo desistir de su propósito, sobre todo porque yo sabía que tenía como objetivo final ofrecer tu vida —dijo mirando esta vez a Bernardette, aunque no pudo continuar sosteniéndole la mirada, de modo que comenzó a mirar sus manos entrelazadas mientras seguía hablando—, y cuando el momento se acercó todavía más...
—Decidiste huir como un cobarde, ¿no es así? —espetó Bernardette con rencor.
—Tú no sabes cómo es él.
—Sí, sí lo sé, es un loco que asesinó a mis padres para quedarse con su circo y sobre todo conmigo, para utilizarme como carnero de sacrificio.
—Mató en realidad a mucha gente, no solo a tus padres y a mi hermana —soltó Geraldo—, también asesinó a un fraile que lo sorprendió en el jardín el mismo día en que asesinó al tuo papa (tu padre)
Ella se cubrió los labios con una mano.
—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Bernardette.
—Porque él mismo lo confesó —respondió el oficial de policía mientras Marccelo asentía con la cabeza y gimoteaba—, y hubo alguien más.
—¿Asesinó a más personas? —preguntó Jack con un hilo de voz.
El oficial de policía asintió con la cabeza y se quitó el sombrero mientras adoptaba un tono de aprensión.
—Uno de los miembros de la logia —respondió.
—No —intervino Jack—. Los Caballeros de la Orden de Obéck, a parte del Brao, es decir, Fabrizzio son: Fred, Lucas, Faustin y François, y todos están vivos... bueno, al menos hasta el día del eclipse, a menos que después...
—En efecto todos ellos están vivos y bajo mi custodia al igual que el señor Buonarotti —respondió el policía—, me refiero a uno de los miembros más recientes de la logia masónica, el más reciente antes que usted —se apresuró a añadir al ver que Jack iba a intervenir nuevamente.
Por un momento hubo un extraño silencio hasta que Jack lo rompió con una pregunta.
—¿Se refiere usted a?...
—Eso responde a su pregunta de por qué lo cité aquí, señor Le Blanc —lo interrumpió el oficial Noel para dirigirse esta vez a Patrick.
El joven domador alzó la mirada y la posó sobre el oficial de policía. Su corazón comenzó a latir más deprisa mientras asimilaba las palabras del hombre.
—Su hermano mayor, Leonard Le Blanc pertenecía a la orden, fue incluido por Lucas Mabeuf que a su vez, como ya saben todos, es miembro de Los Caballeros de Obéck y el encargado del popular cabaret Moulin Rouge, donde su hermano, Leonard desempeñaba labores como maestro de ceremonias.
Patrick se levantó como impulsado por un resorte.
—¿Cómo?... ¿Cómo dice? Él se suicidó... él...
—Eso fue lo que le hicieron creer a usted y a su familia, pero no fue así, señor Le Blanc. Lamento aclarar que su hermano fue asesinado por Fabrizzio Buonarotti después que sorprendió al muchacho espiando una de las conversaciones que mantenía con los demás miembros de la orden de Obéck, detrás de bastidores en el cabaret. Cuando todas las bailarinas se retiraron... tomó la soga del telón y con la ayuda de sus compañeros...
—¡Maldito! —bramó con dolor Patrick mientras pateaba la grava del suelo.
Bernardette comenzó a sollozar también, jamás lo había visto así, quería contenerlo pero sabía que nada de lo que dijese le serviría de consuelo. Ya no lo amaba, de eso estaba segura: la aridez de su indiferencia o tal vez el surgimiento de nuevos sentimientos que aún ella misma no lograba distinguir en su interior, habían acabado al fin con ese amor que desde un principio sabía que era absurdo y platónico, pero no podía evitar no derrumbarse al verlo así, ella lo comprendía más que nadie pues había pasado por lo mismo.
—¿Ese maldito loco lo mató? ¿Dónde está esa prisión? —preguntó el muchacho con desespero, tomando al oficial por las solapas (Jack y Geraldo trataron de contenerlo)—. ¡Dígame, oficial! Necesito que ese maldito me lo diga en mi cara.
—Sé cómo te sientes, Patrick —dijo Bernardette entre sollozos—, recuerda que él también mató a mis padres y de una manera muy cruel, me los arrebató cuando solo era una niña y lo hizo para consumar su plan macabro y descabellado, ambos perdimos a alguien por su locura.
Ella se levantó también del asiento y casi por instinto abrazó a Patrick que le correspondió el gesto. Era verdad, ella tenía razón, ambos tenían en común la desgracia, los unía el dolor. Permanecieron sollozando sin que nadie, ni siquiera Jack, se atreviera a interrumpirlos mientras una suave brisa les alborotaba el cabello y en parte los reconfortaba, trayendo un poco de sosiego al atribulado corazón del domador que aún no decidía qué había sido más doloroso, si saber que su hermano se había quitado la vida, o descubrir que había sido vilmente asesinado.
Era repulsiva la sensación de saber que había estado conviviendo durante todo ese tiempo con el asesino de su hermano, que había recibido sus condolencias y que incluso se había atrevido a correr con los gastos de traslado y entierro del cuerpo.
—¿Cómo se lo explico a mis padres? —preguntó mientras Bernardette se desprendía de él con delicadeza.
—De verdad lo lamento profundamente, señor Le Blanc —dijo el oficial—, pero le aseguro... les aseguro a todos, que ni Buonarotti ni sus cómplices van a quedar impunes, tenemos suficientes pruebas en su contra, sin contar desde luego con que los encontramos in fraganti. Hablé con el juez y él dice que los cuatro serán juzgados pronto.
—Oficial yo...
—Fuiste muy valiente, Jack —lo interrumpió Bernardette, advirtiendo lo que el hombre estaba a punto de preguntar—, me salvaste, fuiste un gran actor. Debió haber sido un infierno para ti haber soportado todo este tiempo su presencia y sus ideas descabelladas sin decir nada. Tomaste la decisión correcta y por eso estoy con vida hoy.
Aquellas benditas palabras eran todo lo que necesitaba el afligido corazón de Jack para sosegarse, para calmar su conciencia. Ella sonreía aunque con tristeza y le tomaba la mano.
—Usted está libre de cargos, señor Robinson —anunció el policía—, su colaboración y participación fueron sin duda alguna determinantes para la captura de esos delincuentes, pero en cuanto a usted, señor Pausinni... veremos qué opina el juez, recuerde que usted fue cómplice.
—Pero él también colaboró en el caso, oficial —intervino Geraldo—. Fui a buscarlo a Fontainebleau y confirmó mis conjeturas, usted lo sabe.
—Yo lo merezco... yo lo merezco —dijo Marccelo una y otra vez.
Bernardette no dijo nada pues no sabía lo que sentía con respecto a Marccelo, lo consideraba un cobarde por haber huido, pero también debía reconocer que, como dijo Geraldo, su testimonio había sido de gran ayuda.
—Por otra parte, señorita Lavoissier—, debo informarle que también se abrirán los trámites para devolverle su propiedad.
—¿Propiedad? ¿Cuál propiedad? —preguntó extrañada y un tanto confundida.
—Sí, su propiedad, la que está viendo ahora mismo —confirmó el oficial mientras paseaba su mirada alrededor de la carpa principal y las jaulas de los animales—. Este circo siempre le ha pertenecido, señorita. En el allanamiento que hicimos a la tienda del señor Buonarotti descubrimos este documento.
El oficial puso sobre la mesa un sobre color sepia que había extraído del bolsillo interior de su casaca.
—Es el testamento de sus padres —continuó el hombre—, donde le legan esta propiedad. Adjunto al documento se encuentra también otro que acredita a Buonarotti como su albacea, solo su albacea, hasta que usted cumpliera dieciocho años y supongo que ya alcanzó esa edad.
—De hecho la supero —respondió Bernardette, aun sorprendida—, tengo veintidós.
—Pues eso significa que es la dueña absoluta de este circo. En medio de toda esta conmoción... Permítame felicitarla ¡Ah! Casi lo olvido, también creo que usted debería conservar esto, hay varios recuerdos allí.
Junto con el sobre, el oficial Gauthier Noel puso la cajita raída de colores mustios que Fabrizzio guardaba con tanto celo debajo de su cama.
Amigos ya nos acercamos al final de esta historia, de hecho solo quedan un par de capítulos, pero quiero agradecer a los que la han venido siguiendo desde el primero. Al final les dejo una lista con los capítulos anteriores. Muchas gracias por su apoyo.
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